NOTICIAS MILITARES Y DE GUARDIAS CIVILES

ARTÍCULO DE LA COMUNIDAD VALENCIANA.

 

El milagro de Cella

 

Virgen de Loreto y Junker 52. Fuente: MDE.

El 21 de octubre de 1951 un avión Junker del Ejército del Aire perdía la comunicación radio en medio de la noche mientras regresaba a su base en Alcalá de Henares. Pero ocurrió un milagro

 

En la Sierra de Albarracín está Cella, uno de esos pequeños pueblos donde parece que nunca pasa nada hasta que ocurre lo nunca visto. Tiene como patrona y protectora desde el siglo XVI a la Virgen de Loreto, algo que comparte con nuestro Ejército del Aire desde 1920, cuando Alfonso XIII puso bajo su patrocinio al entonces llamado Servicio de Aeronáutica Militar.

La tarde noche del domingo 21 de octubre de 1951 sus habitantes estaban terminando de ver la película en el cine del pueblo cuando comenzaron a escuchar el ruido de un avión que daba vueltas en círculos alrededor de la villa. Desde “abajo” no sabían muy bien qué ocurría, pero intuían que algo no iba bien.    

El avión era un Junker Ju-52, matrícula 1-26, perteneciente al Regimiento nº 1 del Ejército del Aire en Alcalá de Henares. Volvía a su base tras una misión de transporte en Jerez cuando -a la altura de Pozoblanco- su radio dejó de funcionar. La noche cerrada y la falta de transmisiones convirtieron aquella aeronave en un pájaro ciego que enseguida se desorientó mientras los dos tenientes pilotos a los mandos del avión comprobaban con angustia cómo se quedaban sin combustible. Eran siete el número de militares cuyas vidas estaban a punto de estrellarse contra un punto desconocido del mapa. Ni siquiera estaban seguros ya de estar sobrevolando España.


¡Pónganse todos los paracaídas y prepárense para saltar!” ordenó el teniente López-Viciana. “¿Saltar?” pensaron todos ellos. No eran paracaidistas, jamás antes lo habían hecho. Compartían base, eso sí, con unidades paracaidistas en Alcalá de Henares, así que conocían los típicos trucos y chascarrillos que se comentan en la cantina entre el bocata y el café: que si unir los pies, que si preparar el cuerpo para aguantar el golpe….

El peligro real, sin embargo, más que la inexperiencia, el miedo o el viento, era la oscuridad. Saltar a ciegas en esas condiciones era precipitarse a la muerte. Sin algo de visión, aquel lanzamiento sería trágico.

Aun así, y como tampoco quedaban más opciones, los militares se enfundaron sus paracaídas y sus “chichoneras”. A punto de dar la orden para aquel salto suicida, el otro piloto, el teniente Garrido Jiménez vio unas luces al fondo. Dirigió el Junker hacía allí y atisbó algo parecido a unas casas… era como un pueblo…. ¡sí! Era un pueblo. “Tiene pinta de tener cura y médico”, dijo en voz alta. Una traición de su subconsciente que –sin quererlo- estaba preparándose para un aterrizaje imposible.

De repente, comenzaron a salir de las casas gente con antorchas guiando al avión a las afueras, hacia una zona sembrada que balizaron para que los “paracaidistas” improvisados pudieran saltar.

Uno tras otro -excepto los dos pilotos que seguían a los mandos- fueron dejando atrás el Junker con la mirada, y la esperanza, puesta en aquel sembrado iluminado. “¿Es España?”, Fue la primera pregunta al tocar suelo. “Sí, es España” contestó un vecino. Y allí se fundieron todos en un abrazo.

El momento de euforia y alegría duró pocos segundos. El Junker seguía en lo alto dando vueltas en círculo. La lluvia de aquella noche apagaba las llamas, pero los habitantes de Cella sacaban más y más antorchas para que los pilotos no se desorientaran. Unas vueltas más para agotar el combustible y que no arda el avión en caso de accidente, y a por el aterrizaje.

A las dificultades de la falta de visibilidad por la noche cerrada y la lluvia se habían unido las manchas en la cristalera de la cabina. El aceite de los motores –tras más de cinco horas de vuelo- se había incrustado en aquellos ventanales y apenas se veía nada obligando a los pilotos a abrir las ventanillas laterales para asomar la cabeza.

Comenzaron a bajar altura dirigidos hacia el fuego salvador. Volando ya a cotas más bajas, distinguieron entre las antorchas las señales que les hacían desde tierra sus compañeros con jerséis a modo de balizas. El Junker dio un primer bote sobre el sembrado y tras rodar 100 metros, un muro que cruzaba el campo arrancó el tren de aterrizaje.

El avión siguió avanzando apenas 50 metros más –ya sin las ruedas- y se frenó justo antes de unas terribles rocas cuyo impacto habría sido trágico para los pilotos.

De manera increíble, ni los que saltaron del avión ni los que lo aterrizaron de emergencia a ciegas, con lluvia y en medio del campo, sufrieron daño alguno.

El teniente López Viciana, tras comprobar el perfecto estado en el que se encontraban sus subordinados, pidió un teléfono para poder llamar a su base y dar novedades de lo ocurrido. El alcalde –con el cura y el médico como mandaba la costumbre de la época- se constituyó en comitiva oficial acompañándolos al casino para poder llamar a Alcalá de Henares.

Tras dar cuenta a sus superiores, llegó el momento de una sencilla celebración, brindando juntos. “Nos ha salvado la Virgen de Loreto, nuestra patrona”, dijo el teniente. “La nuestra”, contestó el cura. Los militares del Ejército del Aire no podían creer lo que escuchaban. “Habéis sobrevolado su capilla justo antes de aterrizar” apuntó el alcalde.

Unos años después, el 22 de junio de 1958, una comisión del Regimiento nº 1 se desplazaba a Cella para entregar una placa y una maqueta de aquel avión Junker 52. El lugar escogido para su colocación fue, cómo no, la capilla de la Virgen de Loreto.

Desde aquel día, los pilotos del Ejército del Aire no pueden evitar mirar al suelo con cariño cuando sobrevuelan Cella, y sus habitantes, elevan la vista con una sonrisa en la cara al verlos pasar. Hay pactos que duran toda la vida. La Historia quiso unirlos para siempre.

Y hasta aquí los hechos tal y como ocurrieron. Habrá quien diga que fue todo una casualidad y quien crea que ese día la Virgen de Loreto estaba de guardia en Cella.

Yo lo tengo claro.

*Experto en Seguridad y Geoestrategia.