“Les dije que nos íbamos a salvar, que confiaran”

Video El País. 08.03.2018

180309 Cte en Mali

 

“Uno es militar las 24 horas del día. Nunca cuelgas el uniforme”, explica el comandante Miguel Ángel Franco Fernández (Valencia, 1974). Ni siquiera, podría añadir, cuando se queda en bañador.

 

Todavía no logra recordar qué música escuchaba a través de los cascos de su MP3, adormilado en una tumbona, cuando le sobresaltó una ráfaga de estampidos secos. No lo dudó un instante. Se puso en pie de un salto y vio cómo quienes le rodeaban se miraban inquisitivos entre sí, sin hacer nada. “Attack! Attack! Go! Go!”, empezó a gritar. Descalzo y en traje de baño rojo, guió a una docena de personas hacia la cima de una colina mientras las balas silbaban a su alrededor.

Eran las 15.40 del 18 de junio pasado y un comando yihadista había irrumpido a tiros en Le Campement, un resort a 45 minutos de Bamako al que acudían los domingos a relajarse los miembros de EUTM Malí, la misión europea de instrucción de las Fuerzas Armadas malienses. El ataque dejó seis muertos, incluido un militar portugués. Cinco yihadistas fueron abatidos.

El comandante Franco, jefe del centro de operaciones de la UE en Malí, tenía una deformación profesional. Cada vez que llegaba a un sitio buscaba las vías de evacuación. Su manía podía resultar cargante: “¿Qué haríamos si atacaran?”, preguntaba al entrar al restaurante. “¡Cállate ya, nos vas a amargar la cena!”, protestaban sus amigos. Aquel día le salvó la vida. Y no solo a él.

Guiado por el militar español, el grupo huyó campo a través. “Había una mujer de apariencia nórdica con una niña de unos siete años y un bebé”, recuerda. “La niña estaba gritando y le indiqué que le tapase la boca, para que no nos descubrieran”. Había que alejarse y esconderse en la maleza.

El comandante Franco no llevaba armas. Se suponía que la zona era segura (hacía más de un año del último atentado en Bamako) y, según las normas de la misión, bastaba con que uno de los militares europeos fuese armado. Franco se fijó en la mochila que llevaba un teniente coronel húngaro. “¿Tienes un arma?, le pregunté. Me contestó que sí. Pensé: si no la ha sacado hasta ahora, ya habían pasado cinco minutos del inicio del ataque, no va a ser capaz. No sé por qué, le miré a los ojos y le dije: préstamela. La sacó, metió el cargador, la montó y me la entregó: tiene 14 cartuchos y el seguro puesto”.

Un oficial italiano le avisó de que se acercaba un yihadista. Tenía el aspecto de los que se ven en televisión, “con turbante negro tapándole toda la cara, salvo los ojos”, recuerda Franco. Iba armado con un Kaláshnikov, frente a su pistola de 9 milimetros parabellum. Es decir, el yihadista podía dispararle a más 300 metros de distancia, mientras que él no le podría alcanzar hasta que estuviera a menos de 50.

“Les indiqué que cuando se produjera el enfrentamiento corrieran hacia la cima de la colina. Recuerdo que les dije que nos íbamos a salvar, que tuvieran confianza. Adopté una posición algo más estable y esperé a que se acercara lo más posible. Respiré, casi con ansiedad, porque quería saber cuanto antes el desenlace. Esperé mucho, más de lo que pensaba. Él avanzaba buscando personas escondidas. Hasta que nos vio. A escasos 15 metros se detuvo. Apuntó y abrió fuego”.

Franco aún no se explica cómo salió vivo. Y lo atribuye a la suerte. Respondió a los tiros y el yihadista se refugió tras un matorral. “Se quedó sorprendido. No esperaba ver a alguien en bañador disparándole”. Avanzó un par de metros, pero recibió los disparos de otro yihadista. “Empiezan a llover tiros y salgo saltando, corriendo, cayéndome, no lo sé”. Se une al grupo que sube la colina.

Se organizan en una posición más alta a esperar otro ataque. A los tres minutos de la primera ráfaga, Franco había avisado al cuartel de Bamako. La fuerza de reacción de la UE está en marcha. “A la hora y media escucho tiros que identifico como de los nuestros. Es un respiro, pero también una preocupación, porque estamos en la línea de fuego y empezamos a recibir disparos propios”.

Un equipo de militares españoles se acerca desde el otro lado de la colina. Franco no quiere abandonar la posición, para no delatar su presencia a los yihadistas. Pero el tiroteo está cada vez más próximo. “Les digo que vamos a subir, que las fuerzas de rescate están ahí. Me pongo en pie y caigo al suelo. No puedo andar. Tengo los pies destrozados. Les digo que se vayan. Recuerdo que las dos mujeres, como siempre las mujeres son más bravas y fuertes, se quieren quedar. Insisto en que estoy bien. Subí arrastrándome, cogiéndome a las ramas, con una sola mano y hacia atrás, como una sanguijuela. Cuando quedaban 15 metros para la cima, escuché hablar en español. Y susurré: “Estamos aquí”. La pesadilla había durado seis horas y media.

 

 

 

MÁS MEMORIA HISTÓRICA

FERNANDO SUÁREZ GONZÁLEZ ES MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS

CONOZCO, como se comprenderá, a muchos españoles admiradores del Generalísimo Franco y a otros muchos que sienten hacia su figura agradecimiento y respeto. Ninguno de ellos propone que se regrese a una situación en la que la Jefatura del Estado mantenga «la suprema potestad de dictar normas jurídicas de alcance general», que se recupere el Decreto de unificación, que se prohíban las huelgas o que se reimplanten la censura de prensa y el sindicalismo vertical, de modo que ya no es posible descalificar a ese tipo de franquistas, pura y sencillamente porque no los hay. Lo que pudo considerarse oportuno en 1939 no lo era, de ninguna manera, en 1975.

Quiere ello decir que la proposición de ley que ha presentado doña Margarita Robles en nombre del Grupo parlamentario socialista y que pretende castigar con la pena de prisión de seis meses a dos años a quienes justifiquen o enaltezcan por cualquier medio de expresión «el franquismo» utiliza unos conceptos que nos van a dar mucho que hablar.

Hasta 1992 no aparece en el diccionario de la Real Academia Española la palabra «franquismo» y es curioso comprobar que, considerado inicialmente «movimiento político y social de tendencia totalitaria», en 2014 se transforma en «dictadura de carácter totalitario impuesta en España por el general Franco a partir de la guerra civil de 1936-1939 y mantenida hasta su muerte». Una segunda acepción, algo más benévola, se refiere al «período histórico que comprende la dictadura del general Franco». Aparte de discrepar frontalmente de que esa dictadura del general Franco mantuviera hasta su muerte carácter totalitario –lo que, no sólo resultaría ofensivo para quien ejerció la Jefatura del Estado en sus ausencias, sino que hubiera hecho imposible la muy razonable y ordenada reforma que sus leyes propiciaron–, es obligado preguntarse qué se entiende por justificar y por enaltecer.

Siempre con el diccionario a la vista, justificar es «probar algo con razones convincentes, testigos o documentos» y son muchos los historiadores que han probado de ese modo que, partiendo de la dramática situación que España vivió entre febrero y julio de 1936, se explican las razones que movieron a una parte de españoles a abortar la dictadura del proletariado que otra parte pretendía, iniciándose una guerra terrible, en la que tuvieron también que participar quienes inicialmente no hubieran estado ni con unos ni con otros. Aún admitiendo que los orígenes de la guerra civil española sean objeto de una polémica inacabable, lo que es seguro es que si tal polémica se sofoca con penas de cárcel para quien no comparta la muy sectaria versión de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, que seguramente no suscribiría nuestra Real Academia de la Historia pero que la proposición del PSOE recoge en su preámbulo como dogma de fe, la libertad en que vivimos se va a ver otra vez muy lastimosamente cercenada.

Se prohíbe también enaltecer, que significa «ensalzar, alabar, manifestar aprecio o admiración», expresiones todas repletas de matices.

Sin ir más lejos, este mismo año 2018, y por utilizar sólo períodos quinquenales aun eludiendo aniversarios de mucha trascendencia, se podrían y deberían conmemorar el ochenta aniversario de la creación de la Magistratura de Trabajo y de la Organización Nacional de Ciegos Españoles, el setenta y cinco de la inauguración de la Escuela Naval de Marín y del Museo de América, el setenta de la primera transmisión de televisión en España, el sesenta y cinco de la fabricación del primer automóvil Seat y de la creación de la Filmoteca Nacional, el sesenta del ingreso en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial y de la inauguración de los pantanos de Entrepeñas y Buendía o del Centro Nacional de Energía Nuclear, el cincuenta y cinco del ingreso en el Gatt y de la apertura del túnel de Guadarrama, el cincuenta de las Universidades autónomas de Madrid, Barcelona y Bilbao o el cuarenta y cinco del establecimiento de relaciones diplomáticas con China.

Bien porque firmó los correspondientes Decretos, porque presidió las inauguraciones, o por ambas cosas, la figura de Francisco Franco es inseparable de tales acontecimientos y va a resultar harto difícil celebrar esas efemérides sin posibilidad de citarle, ante la eventualidad de que se considere enaltecimiento.

Un supuesto extremo, máximo, inapelable, es el de la instauración de la Monarquía. Cualquier español razonable, incluidos aquellos cuyas preferencias republicanas no surgen de un rencoroso revanchismo, tiene que aceptar que debemos al Rey Don Juan Carlos I uno de los más fecundos y libres períodos de nuestra historia, en el que se asentó la democracia y España alcanzó un prestigio mundial sin precedentes. Ahora mismo, todo el que no niega la evidencia está reconocido a la ejemplaridad y al acierto con que ejerce su función, en equilibrio exquisito de gallardía y prudencia, el Rey Don Felipe VI. Si alguien se atreve a decir que la recuperación de la institución que personifica los momentos cumbres de nuestra historia es inexplicable sin la voluntad personal de Franco, incluso frente a un entorno poco monárquico, ¿va a ser acusado de enaltecimiento por manifestar su aprecio hacia el estadista que así lo decidió?

Si esa proposición se convierte en Ley, ¿podré yo mismo decir públicamente que gracias a mi condición de exvicepresidente de uno de sus gobiernos tuve alguna autoridad para contribuir a convencer a las Cortes configuradas por sus Leyes Fundamentales de que era necesario y patriótico conseguir que la nueva Monarquía fuera parlamentaria y democrática?

Vamos a tener la fiesta en paz. Vamos a ocuparnos del futuro sin enredarnos en polémicas sobre el pasado que fomentan la discordia en el presente. Hace unos años, la lectura de esa proposición de ley y los planteamientos de la izquierda que se deducen de ella me hubieran producido indignación, porque rompen los acuerdos que considerábamos definitivos en los años 1976 a 1978. A estas alturas de mi vida, lejos de indignarme, me producen tristeza, porque demuestran que la actual dirección del Partido Socialista, en el que han militado y militan tantos ciudadanos serios y competentes –y tal vez por no contar con ellos– parece carecer de ideas sobre como abordar los candentes problemas que hoy planean sobre nuestra vida pública y quiere disimularlo recurriendo puerilmente a eliminar los respetables recuerdos de una época en que, entre aciertos y errores, se pretendía también una España mejor.

Con el argumento de que «los símbolos públicos sean ocasión de encuentro y no de enfrentamiento, ofensa o agravio» y con el propósito de «suprimir elementos de división entre los ciudadanos», se viene considerando exaltación de la guerra civil cualquier monumento, calle o plaza dedicado a quienes la ganaron, a la vez que se enaltece a quienes la perdieron, como si fueran completamente ajenos a esa misma guerra civil. ¿No sería más constructivo, más integrador y más razonable aceptar que tanto unos como otros forman parte de la historia y dejar el juicio que merezcan a los historiadores y a la opinión de cada cual? Ya sé que en algún momento se propusieron versiones unilaterales de los acontecimientos, pero ¿se atrevería alguien a decir que esa era una conducta democrática?

Hay quien lleva años revisando las actas de las corporaciones provinciales y locales para eliminar de ellas los acuerdos que concedían honores y distinciones al Jefe del Estado o a las personalidades e instituciones de la época, pero que no se pueden eliminar de las hemerotecas ni, por lo tanto, de la historia. Ya solo falta que se dirijan a la Asamblea General de las Naciones Unidas para que retire de sus actas el minuto de silencio que guardó cuando conoció la noticia del fallecimiento de Francisco Franco.

 

La Asamblea de la Real Orden de San Fernando aprobó en 2015 un dictamen positivo, pero el ministerio no ha elevado el real decreto al Consejo de Ministros.

La Legión, una de las unidades más carismáticas de las Fuerzas Armadas españolas, está a punto de cumplir cien años. Nació en 1920, para combatir en la Guerra del Rif, en Marruecos, donde sus primeros integrantes protagonizaron acciones que fueron considerados merecedoras de la máxima condecoración militar, la Laureada de San Fernando. Sin embargo, obstáculos y demoras burocráticas siguen frenando la concesión de esta medalla.

 

Desfile de la Legión.Desfile de la Legión.

Se contó en estas páginas en octubre de 2014. El teniente coronel, y antiguo caballero legionario, José Pérez Recena estaba promoviendo una campaña de recogida de firmas para solicitar al Ministerio de Defensa que reactivara y finalizara los trámites para distinguir a la Legión con una Laureada de San Fernando colectiva para toda la unidad.

No se trataba de iniciar de cero un expediente para dirimir si la Legión había realizado actos que merecieran ser reconocidos como “acciones excepcionales o extraordinarias, individuales o colectivas, siempre en servicio y beneficio de España”, tal y como establece el reglamento de la Real y Militar Orden de San Fernando.

Y es que ya en 1928 -ocho años después de la fundación del Tercio- se inició el llamado juicio contradictorio para esclarecer si la Legión en su conjunto merecía, por distintas acciones de guerra destacadas en la campaña de Marruecos, la Laureada de San Fernando, máxima condecoración militar en España, creada en 1911 por las Cortes de Cádiz.

Diversos avatares y finalmente la Guerra Civil impidieron que ningún gobierno llegara a aprobar de forma definitiva la concesión de la Laureada.

Petición: que tomen ya una resolución

El Confidencial Digital ha podido saber que, a principios de este mes de febrero, el teniente coronel en la reserva Pérez Recena remitió una carta a la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, interesándose por el estado de los trámites para aprobar la condecoración.

Se trata de la tercera carta que remite al ministro de Defensa -ahora Cospedal, pero antes Pedro Morenés- preguntando por este asunto, ya que sólo falta por cumplir el último trámite: que el Ministerio de Defensa eleve la propuesta al Consejo de Ministros, que este resuelva su aprobación por real decreto, y que el real decreto de concesión de la Laureada de San Fernando sea firmado por el rey Felipe VI y publicado en el Boletín Oficial del Estado.

Recena, y otros militares interesados en la recuperación del proceso de concesión de esta medalla a la Legión, se muestran extrañados por los retrasos que se están acumulando en este asunto. Y es que  la Asamblea de la Orden de San Fernando había ya aprobado el dictamen positivo sobre esta propuesta de Laureada en septiembre de 2015.

“Carácter de urgente”

Han pasado más de dos años desde que la propia Orden de San Fernando se expresó a favor de conceder la medalla a la Legión. Fuentes consultadas por ECDapuntan que el reglamento vigente de la Real y Militar Orden de San Fernando(aprobado por Real decreto 899/2001, de 27 de julio, y recogido en el BOE número 194, de 14 de agosto) establece que el Consejo de Ministros, previa deliberación, puede adoptar dos resoluciones: bien devolver el expediente al Ministerio de Defensa, “si considera que no han quedado suficientemente esclarecidos los hechos, o que procede el archivo del expediente, o la concesión de otra recompensa distinta”; o bien proponer al rey (soberano de la orden) la concesión de la Laureada por real decreto.

En todo caso, “el plazo máximo para dictar la resolución, contado a partir de la orden de incoación, será de seis meses. En su tramitación, el procedimiento tendrá carácter de urgente y gozará de preferencia en el despacho de cualquier otro asunto”. Por este motivo, el teniente coronel Pérez Recena, y otros militares de alto rango consultados por ECD se extrañan de que hayan pasado dos años y no se sepa nada de la Laureada.

El Confidencial Digital ha contactado con el Ministerio de Defensa para conocer la situación del expediente, y para saber si existía algún motivo que hubiera retrasado al Gobierno para adoptar una resolución, bien concediéndola o bien rechazándola. Al cierre de esta edición no había recibido respuesta alguna de Defensa.

Sin noticias durante dos años

Entre la aprobación del dictamen positivo por la Asamblea de la Real y Militar Orden de San Fernando, en septiembre de 2015, y el actual febrero de 2018, el teniente coronel Pérez Recena principalmente ha tratado de informarse de por qué el dictamen no llegaba al Consejo de Ministros.

Durante los largos meses de 2016 en que el Gobierno del PP estuvo en funcionespor la repetición de las elecciones generales, los impulsores de la Laureada a la Legión no insistieron demasiado en el tema: el Consejo de Ministros sólo despachaba asuntos ordinarios y apenas tomaba decisiones de algún calado político.

Eso sí, el teniente coronel lo comentó con el secretario general técnico del Ministerio de Defensa, cuando este alto cargo visitó a la Legión en Ceuta y ambos coincidieron. Recena le abordó y le entregó un sobre con documentación para recordar que el asunto estaba pendiente de la aprobación final.

Una vez que Mariano Rajoy fue investido de nuevo presidente, en octubre de 2016, Recena volvió a la carga. Escribió una carta a María Dolores de Cospedal, recién nombrada ministra, solicitando una audiencia para, en persona, poder interesarse por el estado del expediente que ya estaba en Defensa.

De Morenés a Cospedal

El gran maestre de la Orden de San Fernando había remitido el expediente en septiembre de 2015, tras recibir el visto bueno de la asamblea. Es decir, el expediente llegó en la época de Pedro Morenés, y cuando Cospedal tomó las riendas del departamento el teniente coronel quiso darle un nuevo impulso.

No hubo respuesta a esa carta, por lo Pérez Recena insistió con otra misiva en febrero de 2017. Tampoco Defensa dio respuesta, pero sí le llamaron de la Orden de San Fernando: se mostraban extrañados porque el ministerio les hubiera derivado su última carta, puesto que ellos ya habían cumplido los trámites que les correspondían estudiando el caso y aprobando el dictamen positivo.

Un año después, y como ya se ha dicho antes, el teniente coronel ha vuelto a escribir una carta a Cospedal para saber qué ocurre con la Laureada a la Legión. Y está dispuesto a emprender nuevas iniciativas para presionar a Defensa y que tome una resolución sobre esta la medalla. En todo caso, asegura que no va a abandonar su empeño por que se concluya el expediente que se inició en 1928, y espera que se resuelva antes de 2020, cuando se cumplirán cien años de la fundación del Tercio de la Legión.

Contactos de altos mandos

El Confidencial Digital ha podido consultar a otros altos mandos del Ejército de Tierra en la reserva que también se han interesado por este asunto. Aseguran que, a través de sus contactos, han conseguido que en el Ministerio de Defensa se haya originado cierto movimiento para conocer qué ha ocurrido con el expediente, que durante dos años ha estado completamente olvidado.

Además, muestran un optimismo cauto de que este nuevo impulso pueda llegar a buen puerto: apuntan que, actualmente, en los puestos de máxima responsabilidad de las Fuerzas Armadas hay militares que conocen la Legión por su experiencia y que pueden tener cierta simpatía por este empeño.

Sin ir más lejos, el Jefe del Estado Mayor del Ejército (JEME), el general de Ejército Francisco Javier Varela Salas, pasó por la Bandera de Operaciones Especiales de la Legión, y entre 2009 y 2011 fue general jefe de la Brigada de la Legión “Rey Alfonso XIII”. Confían en que, si estos altos mandos se implican, se dé el empujón definitivo para que Defensa eleve la propuesta a la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios, de ahí pase al Consejo de Ministros y se apruebe definitivamente la Laureada.

Acciones heroicas que salvaron Melilla

Las acciones de guerra concretas por las que ahora se solicita condecorar a la Legión sucedieron entre 1921 y 1925.

España acababa de sufrir el desastre de Annual, y las recién creadas por José Millán Astray banderas de la Legión se distinguieron por su valor y arrojo en los combates, llegando a perder en ocasiones hasta la mitad de los efectivos de alguna bandera. Entre otros logros, consiguió evitar que los rifeños llegaran a amenazar seriamente la ciudad de Melilla. Casabona, Sebt y Ulad Dau, Taxuda, Ambar, Tizzi Azza, Kobba Darsa, Kudia Tahar... son nombres de lugares donde tuvieron lugar algunas de estas acciones memorables para la Legión.

Durante el juicio contradictorio, el juez llamó a declarar a un gran número de testigos -legionarios, otros militares españoles, rifeños, marroquíes-, que detallaron lo que vieron en los combates en los que destacaron los legionarios. El juez concluyó que habían actuado con extraordinario valor y disciplina, y que habían sufrido más de 2.000 muertos y 6.000 heridos, lo que suponía más de un tercio de bajas respecto del total.

Con la Guerra Civil el expediente se perdió presuntamente. En 2012, José Pérez Recena, al preparar unas conferencias sobre la participación de la Legión en la campaña del Rif en los años 20, comenzó a indagar acerca de este expediente. También colaboraron otros militares como el general de Brigada Carlos Blond Álvarez del Manzano.

Una carta a Felipe VI

Tras iniciar una campaña de recogida de firmas, en octubre de 2014 Recena consiguió hacer llegar una carta al rey Felipe VI durante la recepción de los Premios Princesa de Asturias, en el Hotel Reconquista de Oviedo. Le explicaba sucintamente el tema y le pedía que, como soberano de la Orden de San Fernando, impulsara la reapertura del expediente.

Zarzuela remitió el asunto al Ministerio de Defensa, que derivó la cuestión a la Real y Militar Orden de San Fernando. La primera respuesta de la orden fue que no se había podido encontrar ese expediente sobre la Laureada a la Legión iniciado en 1928.

Pero un mayor empeño por parte de la orden dio resultado. En distintos archivos militares fueron apareciendo desperdigados documentos del expediente: por ejemplo, declaraciones de testigos llamados por el juez que lo instruyó.

Se llegaron a recopilar más de 200 documentos, fechados entre noviembre de 1928 y junio de 1936. Con todo ello, la Orden de San Fernando estudió de nuevo el caso y emitió su dictamen positivo de septiembre de 2015. Además, durante ese proceso Felipe VI se interesó por el estado del expediente de la Laureada a la Legión durante una visita a la sede de la Real y Militar Orden de San Fernando.

Ahora Pérez Recena y otros militares interesados esperan que se adopte pronto una resolución. Son conscientes de que quizá haya reticencias por parte de Defensa a abordar un asunto espinoso, ya que admiten que “la Legión es un cuerpo muy admirado pero también tiene detractores”.

En todo caso, esperan que se conceda la Laureada de San Fernando colectiva a tiempo para el centenario de la Legión Española, en 2020.

 

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REQUIEM POR UN COMPAÑERO INOLVIDABLE. CORONEL MARTÍNEZ-ILLESCAS 1

REQUIEM POR UN COMPAÑERO INOLVIDABLE. CORONEL MARTÍNEZ-ILLESCAS 2

 

EL 3er TERCIO Y LA MARCHA VERDE

Nace el Frente Polisario

Según hemos visto anteriormente, en la guerra de Ifni- Sahara de 1957-58 intervinieron varias Banderas expedicionarias (entre ellas la IX del Tercero), así como la XIII Bandera Independiente. Desde la finalización de este conflicto el territorio del Sahara permaneció tranquilo. Durante los primeros años el 3er Tercio sahariano, creado en octubre de 1958, se dedicó a realizar ejercicios tácticos y patrullas por el Subsector Norte de este territorio, asignado bajo su responsabilidad.

En 1970 se dictó una Resolución de Naciones Unidas, la número 2.711, aprobando la celebración en el territorio del Sáhara español de un referéndum para la independencia. A partir de entonces, Marruecos comenzó una intensa campaña diplomática para impedir, a toda costa, la independencia del pueblo saharaui. Hassan II quería el Sáhara para Marruecos y no estaba dispuesto a perderlo. España, trató de buena fe sacar adelante el referéndum, incluso elaboró en 1974 un censo electoral al respecto, pero los ataques diplomáticos (y militares) de Marruecos, y el hostigamiento que a partir de 1973 comenzaron a realizar las guerrillas del Frente Polisario llevaron a España a un paso de la guerra.

Todo empezó, precisamente, a partir de 1970 cuando nacieron ciertos movimientos independentistas con manifestaciones de diverso tipo. Así, el 17 de junio de 1970, ante los disturbios ocasionados por los elementos nativos en agresión a las fuerzas de orden publico, el General Jefe del Sector dio orden al Tercio de restablecer la normalidad en el barrio de Hata-Rambla del Aaiun. Se envió a la 6ª Cía que puso en fuga a los rebeldes, causando desgraciadamente varias bajas entre los saharauis. Este desagradable incidente fue una chispa más de las que ayudaría a estos movimientos para encender el polvorín de la rebeldía. Así nos describe los incidentes del 17 de junio de 1970 el Cte. Cruz que entonces era Suboficial:

“Ese día era festivo. No se por qué razón y cuando se produjeron los incidentes iniciales. Cuando llamaron a la Legión solo se hallaban en Sido Buya el Capitán de Cuartel, D. Carlos Díaz Arcocha (que luego fue el asesinado por ETA cuando era jefe de la policía vasca), que con la Sección de Retén (de la 6ª Cía), algunos Oficiales y Suboficiales de Semana y los rancheros, los enfermos y los que por cualquier razón se encontraban en el cuartel, formó una Compañía. Cuando llegaron a Hata-Rambla los revoltosos ya se habían organizado colocando a los niños y las mujeres delante de la masa, mientras los varones apedreaban con saña a la tropa. Esta se mantuvo en calma y prevengan durante bastante tiempo, hasta que una pedrada derribó al Teniente de la Sección de la 6ª en tierra. El caso es que cuando los legionarios de la citada Sección vieron a su Teniente herido y tirado en tierra no se lo pensaron más y abrieron fuego sin haber recibido orden para ello”.

Poco después nacería el Frente Polisario (Frente Popular de Liberación de Saguia Hamra y Río de Oro) en el que se integraron guerrillas armadas, contando con el beneplácito de Marruecos y Argelia. El Polisario fue organizándose y creciendo hasta que inició sus primeros ataques sobre pequeños puestos repartidos en medio del desierto, tanto de la Policía Territorial como de Tropas Nómadas, constituidas en su mayor parte por soldados nativos. Estas agresiones empezaron en mayo de 1973 y ya continuaron, según veremos, el resto de ese año y durante todo 1974 y 1975 en las zonas del norte de Sahara (Edchedeiria, Tifariti, Hausa, Amgala, Mahbes).

El combate de Tifariti

En efecto, el 20 de mayo de 1973 se produjo el primer ataque del Frente Polisario en el pozo de Janquel Quesat, a 42 km. al norte de Edchera, comenzando así los enfrentamientos con elementos pertenecientes a esta organización. Tras otras escaramuzas, unos meses más tarde, concretamente a partir del 26 de enero de 1974 se iniciaron diversos ataques y hostigamientos en la zona de TifaritiHausa y Edchera. Por otro lado, a partir de este año, debido no solo a las tensiones internas de la población saharaui sino también a las apetencias anexionantes de Marruecos, se ordenó reforzar la frontera norte y los destacamentos de esta zona. No en balde, las Fuerzas Armadas Reales (FAR) de Marruecos, habían comenzado a lo largo de 1974 a concentrar unidades (la famosa Brigada del Golán, que había combatido en Siria contra Israel) al sur del río Draa, en unas posiciones claramente provocadoras hacia las fuerzas españolas.

Las bases principales del Ejército marroquí se encontraban en Tarfaia, la antigua Villa Bens al norte de Daora, Abattih al norte de Sequen, Meseied al norte de la zona montañosa de Argan y en Zag al noroeste del puesto de Edcheiría. La profundidad de este despliegue venía dada por las unidades que ocupaban Tantán, Gulimin e incluso Agadir. La Presidencia del Gobierno dictó una Directiva (2/74), aprobada por la Junta de Defensa Nacional, estableciendo unas normas para elaborar una serie de planes de defensa para el Mando Unificado Canarias-Sáhara. Entre los objetivos prioritarios se encontraban: “defender la integridad de nuestros territorios africanos, su mar territorial y espacio aéreo y asegurar el ejercicio de la soberanía en ellos, haciendo uso de la fuerza si fuera preciso“. Por tal motivo el Tercio dio protección a numerosas bases en el interior como HausaEchedeiriaMahbes, etc.

Las unidades de la VII Bandera fueron alertadas y se turnaban en la defensa de estos destacamentos. Sin embargo el día 11 de septiembre se suspendió, por orden superior y de manera temporal, la protección a estos puntos, concentrándose las unidades en el cinturón defensivo alrededor de Smara temiéndose un ataque a la ciudad santa del desierto. Unos días más tarde, desde el 18 de septiembre al 24 del mismo mes la VII Bandera salió de nuevo, por orden del General Jefe del Sector, a cubrir una posición de espera en Gaada (cuello de Matgrada), replegándose posteriormente a su cuartel de Smara. A partir del 27 de septiembre de 1.974 se empezaron a realizar destacamentos en la zona de Saguia el Hamra.

No obstante, a la vista de cómo se iban desarrollando los acontecimientos, España fue modificando su actitud y anunció la organización de un referéndum, que debería celebrarse antes de julio de 1975.

Por su parte el General Jefe del Sector del Sahara ordenó la organización de una posición defensiva entre Daora y la Sebja de Um Debóaa para cerrar la posible penetración de fuerza enemiga desde el norte por al carretera que conducía desde Tah a El Aaiun, en el lugar conocido como Aguiul Tel-li. Las obras requirieron el concurso del Arma de Ingenieros. El lugar, tácticamente idóneo era pura roca bajo la capa de arena. Las unidades de la Legión participaron colaborando en el trabajo y proporcionando seguridad a los mismos. Así, el día 5 de octubre de 1974 dieron comienzo las obras. Por otro lado el 3 de noviembre se realizaron destacamentos en Sidi Ahmed Laarasi. El 21 de diciembre se suprimieron los destacamentos en Sidi Ahmed Laarasi, centrándose la actividad en dar de nuevo protección a la base de Tifariti y a los numerosos convoyes de combustible y material destinados a la construcción del nuevo helipuerto de Angala y Tifariti.

En la noche del 17 de diciembre de 1974 se produjo, por parte de un grupo de 19 saharianos del polisario, un hostigamiento al puesto de Tifariti. Los rebeldes pretendían atacar la sede del Gobierno y secuestrar al intérprete Kureina. No lo consiguieron y tras el tiroteo se retiraron en dirección a Mauritania. Al amanecer del día 18 salió en su persecución una unidad de la Policía Territorial (47 hombres) que cayó en una emboscada en la zona de Gleibat Akyeyemat y Gor le Freinina, a 8 o 10 km. de la frontera sufriendo un muerto, 8 heridos y 2 desaparecidos. Se solicitaron refuerzos y el General Jefe del Subsector mandó una patrulla de Tropas Nómadas a las órdenes del Teniente Rogelio García de Dios, dos aviones Saeta y dos Secciones de la IX Bandera al mando de los Tenientes Mariano Cuesta Nuñez (4º Tercio) y Enrique Alonso Marcili (3er Tercio). Los 19 hombres del Polisario se encontraban ocultos en una zona de cuevas fuertemente parapetados por las rocas.

Sobre las ocho y cuarto de la mañana del día 19, las dos Secciones legionarias reunidas bajo el mando del Capitán Fernando Enseñat y Sánchez Cruzat, de la VII Bandera, iniciaron el asalto a las cuevas jugando con ventaja los rebeldes por estar bien parapetados, pero los legionarios tenían ganas de entrar en combate y avanzaron con ímpetu y demostraron su valor, causándoles seis muertos y tres heridos. Un total de seis muertos y once heridos fueron las bajas propias. El entonces Teniente Alonso Marcili nos cuenta como vivió estos hechos:

“El 4º Tercio que se había desplazado desde el sur del Sahara al norte con motivo de la lucha contra el Frente Polisario, se mantenía de reserva en Edchera, mandando una Compañía helitransportada al Aaiún y otra motorizada a Smara, donde estaba yo. Hay que tener en cuenta que muchas unidades del 3er Tercio estaban destacadas fuera de esta base reforzando puestos. Al ocurrir el hostigamiento a Tifariti, hubo que salir de inmediato y ocurrió que aunque el Jefe de la VII Bandera era el responsable de esta acción por encontrarse en su zona de operaciones, la única unidad disponible en ese momento era la 3ª Cía de la IX Bra. del 4º Tercio en reserva, saliendo el Tte. Mariano Cuesta con una Sección y yo con otra, por no existir ningún Oficial del 4º Tercio. Ambas Secciones iban al mando del Capitán de la VII D. Fernando Enseñat Sanchez Cruzat con una pequeña PLM también de la VII Bra., entre los que se encontraba el Brigada ATS D. Antonio Belda Valero, un magnífico tirador de fusil, además de buen ATS.”

Por su parte el Coronel Enseñat que fue el Capitán de la VII que mandó las dos Secciones legionarias durante el combate, nos habla de los preparativos del mismo:

“En la tarde-noche del día 18 de diciembre habían empezado a llegar a la pista de Smara las bajas sufridas por la Policía Territorial, teniéndose ya conocimiento de la muerte de algunos de ellos. Ante la gravedad de los acontecimientos se propuso al Mando del Subsector que una Compañía motorizada de la VII Bandera se trasladara aquella misma noche al lugar del combate; pero éste, con buen criterio, consideró que era suficiente reforzar las tropas que allí se encontraban (una Sección de 3/IX/4 Tercio, Compañía destacada en Smara para reforzar la VII Bandera, con guarnición en la citada plaza, una Patrulla de Agrupación de Tropas Nómadas –ATN- y la Unidad de la Policía Territorial que había sufrido la emboscada) con otra Sección legionaria que al amanecer sería helitransportada a Gor le Freinina. Y es esta noche, la del 18 al 19 de diciembre, la que da motivo a contar lo que realmente pasó en el cuartel de Smara antes de salir hacia Tifariti.

Hacía tiempo que la Legión no combatía, el Credo Legionario brota a borbotones, pero ya no era el momento de recitar los Espíritus de combateacudir al fuego; ahora era la oportunidad de cumplirlos y ¡bien que se cumplieron!. Al pedir voluntarios, mandos y tropa daban el paso al frente y cada cual invocaba en su beneficio lo que más le favorecía para ir a combatir: antigüedad en la Bandera, antigüedad en su Tercio, en la Legión, en el empleo… Se decidió que debía ser otra Sección de la 3/IX/4 y su mando el Teniente D. Enrique Alonso Marcili, que alegó ser entre los de su empleo el que más tiempo de destino en la VII Bandera. Idea que fue inmediatamente aceptada por mí, como Capitán de la VII Bandera que mandaría las dos Secciones legionarias, puesto que era el mismo criterio que pensaba exponerle al Jefe de la VII Bandera, y que éste aprobó por considerarlo el más acertado.

Al amanecer del día 19, después de ser arengados por el Capitán que mandaría a los legionarios, ante el espíritu de la Bandera de España (en ese momento no izada) y el grandioso mosaico con el escudo de la Legión – en el pavimento inmediato a la entrada principal del Acuartelamiento -, fueron trasladados en los helicópteros al lugar previsto. Y aquí queda relatado desde mi emocionado recuerdo lo que ocurrió intima y discretamente en aquel acuartelamiento antes de acudir al fuego y en vísperas del combate

Por eso, no quiero terminar sin un recuerdo para el entonces Brigada ATS (hoy Cte.) D. Antonio Belda Valero, que ya había causado baja en la VII Bandera y su relevo precisamente en esos días se había incorporado, que exigió, como más antiguo, formar parte de la unidad helitransportada. Las bajas habidas hasta la noche del día 18 y el peligro de las que podían sufrirse, aconsejaban la presencia de un muy cualificado sanitario. También hacer mención al legionario Antonio Monreal Rueda, operador de radio, pues para el Capitán de la VII Bandera que iba a mandar las dos Secciones había que designar a un operador. Se pidieron voluntarios en la 1/VII para tal cometido, dieron el paso al frente todos los operadores y algunos que no lo eran; al cuestionarles por qué se ofrecían si no tenían la especialidad, manifestaron que estaban dispuestos a aprender su manejo aquella misma noche.

Un tercer recuerdo muy especial para el Sgto. Legionario fallecido D. José Carazo Orellana y los legionarios heridos Cabo D. Jesús Suárez González y Legionario Antonio Barrero Orta; para los Tenientes Alonso Marcili (VII/3), Cuesta Núñez (IX/4) y García de Dios (ATN), a los Suboficiales Legionarios – cuyos nombres no recuerdo, ni he conseguido averiguar- por su sobresaliente comportamiento frente al enemigo”

Por cierto, el dos veces mencionado Brigada ATS D. Antonio Belda Valero lo tuve luego de Teniente ATS cuando yo mandaba el Grupo de Operaciones Especiales Valencia III y certifico que es extraordinario en todos los sentidos, como persona, como militar, como sanitario, un figura del que me honro mantener su amistad.

Captura de una Cía. Meharista marroquí

Tras haber desplegado sus tropas en la frontera del Draa, Marruecos rehuyó un enfrentamiento abierto con el Ejército español, que mantenía a la Legión en primera línea de combate. Oficiales marroquíes comenzaron la identificación y captación de antiguos combatientes del Ejército de Liberación, que ya habían intervenido en la guerra de 1957-58, integrándolos en el que sería llamado F.L.U. (Frente de Liberación y Unidad) para recibir, durante seis meses, instrucción terrorista encuadrados en el 7º Batallón Meharista de Tantán. En los primeros meses de este año se calculaba en unos cuarenta los comandos que ya estaban preparados para la acción, encontrándose distribuidos a lo largo de la frontera en las bases militares marroquíes de Tarfaya, Abattih, Meseied y Mosbah.

En la primavera de 1.975, siguiendo con esta escalada de violencia, a través de las dunas existentes entre El Aaiún y la costa se empezaron a infiltrar grupos de saboteadores pro-marroquíes con fines terroristas. Así el 1 de mayo, dos Secciónes de Fusiles y la Sección de Armas de Apoyo de la 1ª Compañía de la VII Bandera, reforzaron los puestos de Hausa y Echdeiría. El día 4 se inició una acción de fuego con armas automáticas y pesadas contra el citado puesto de Echdeiría. Localizados los asentamientos de las armas al noreste y este del puesto, se contestó con fuego de armas automáticas y morteros pesados, cesando la acción enemiga a los 10 minutos de haber comenzado. La 6ª Compañía de la VIII Bandera salió urgentemente hacia la frontera. En los reconocimientos efectuados a la mañana siguiente, una patrulla del Tercio 3º de la Legión localizó la zona de asentamientos, encontrándose 200 vainas y la cola estabilizadora de una granada contracarro de fabricación rusa. El día 7 radio Rabat reconoció que el ataque había sido llevado a cabo por el F.L.U. estando coordinado con otro simultáneo contra el puesto de Mahbes. Del mismo modo, tambien en los primeros días de mayo de 1975 se detectó una gran actividad del Frente Polisario en el sector que cubría la VII Bandera, y se tuvieron que reforzar los destacamentos de Hausa Echdeiria y Tifariti.

El 10 de este mes dos Patrullas del Grupo de Smara de la Agrupación de Tropas Nómadas, denominadas Pedro y Domingo, recorrían la frontera en misión de vigilancia, y a la altura de Mahbes y de la Sfeia perdieron el contacto con la base. Los soldados indígenas, que habían sido captados por el Polisario, se sublevaron y capturaron por sorpresa a dos Tenientes y seis soldados europeos de la 1ª Patrulla, y a dos Tenientes, un Sargento y cinco soldados europeos de la 2ª. Murió el soldado Ángel Moral. A modo de respuesta y como unidad de reacción se constituyó el Subgrupo Táctico Matachel formado por la 3ªCia y dos Secciones de la 2ªde la VII Bandera. El Subgrupo Táctico se dirigió al Pozo Moslami sin que pudiese tomar contacto con el enemigo.

El día 12 de este mismo mes, dos días después de haberse producido las deserciones de las patrullas de nómadas, grupos saboteadores marroquíes intentaron infiltrarse a través de las cadenas de dunas existentes entre El Aaiún y la costa. Su pretensión de llegar a la ciudad fue evitado por las patrullas del Tercio 3º, que en diversos enfrentamientos les causaron varias bajas y algunos prisioneros. Del D. Juan de Austria las patrullas del Tercio tan sólo resultaron dos legionarios heridos.

Por su parte, una representación de la ONU se desplazó al Sahara en este mes de mayo para averiguar que estaba pasando realmente. El informe de la misión visitadora se redactó en Nueva York a finales de ese verano. En él se reconocía que la población estaba categóricamente a favor de la independencia y en contra de las reivindicaciones de Marruecos y Mauritania. El mismo día de la llegada de la misión, el 15 de mayo, tuvo lugar un incidente muy grave, debido a la escalada que se produjo en los medios empleados. Dos helicópteros españoles UH-1D de la UHEL II, en misión de vigilancia de la frontera norte, fueron atacados, dentro de territorio español, por dos misiles antiaéreos SAM 7, disparados por efectivos de las FAR. Los misiles fallaron por muy poco gracias a la pericia de los pilotos pero no sería el último incidente de esta clase.

Esa misma tarde, un grupo de marroquíes, que se disponía a atacar la emisora de El Aaiún fue detenido por la Policía Territorial. Otro grupo de las mismas características, pero con armas pesadas, intentó atacar el puesto de Hagunía, pero se retiró tras el envío de varias patrullas españolas que le causaron varias bajas. Las agresiones continuaron mientras que la visita de Naciones Unidas recorría todo el territorio. Otros comandos marroquíes fueron detenidos el 17 y el 20 de mayo, por fuerzas de la Policía Territorial, algunos dentro de El Aaiún cuando pretendían colocar bombas.

El día 23 se produjo la segunda gran deserción de tropas saharauis al servicio de España, a la que ya hemos hecho referencia. Ese día 16 agentes de la Policía Territorial, que hasta entonces habían luchado con una fidelidad y abnegación sin limite, desertaron del puesto de Guelta Zemmur previo acuerdo con elementos infiltrados del Frente Polisario. Al saberse lo sucedido, una Sección de la 8ª Compañía salió de El Aaiún para reforzar la base de Guelta, mientras que la VII Bandera enviaba desde Smara a Tifariti a la 3ª Compañía.

La situación creada obligó al Estado Mayor del Ejército a trasladar al territorio unidades de refuerzo procedentes de Canarias y la Península. Así, en 1.975 la guarnición Smara aumentó considerablemente al incrementarse con un Batallón del Regimiento Tenerife 49, mientras que en Villa Cisneros las pocas unidades de la Legión que habían quedado en la ciudad, tras la marcha del Tercio hacia el norte, fueron reforzadas por un Batallón del Regimiento Canarias 50 Fuerteventura 56. Sucesivamente llegaron al Sahara una Bandera Paracaidista (al final hubo hasta dos), dos Compañías de Carros Medios (luego llegó a desplegar un Batallón de Carros del Alcázar de Toledo) y un Grupo de Artillería Autopropulsada XII de la División Acorazada Brunete. También se envió Artillería de Campaña de los Regimientos 93 y 95 así con el Regimiento Mixto de Ingenieros nº 9.

Cabe señalar que diariamente la Sección de Operaciones Especiales (SOE) del 3er Tercio, al mando del Tte. Constantino García Palomo, encuadrada en la Cía de PLM, montaba emboscadas nocturnas en la cadena de dunas costera. Por otra parte, y en prevención de que los fellagah se apoyaran desde el interior del territorio en sus incursiones sobre el Aaiún, el Mando del Sector del Sahara decidió crear una zona vacía consistente en una franja de terreno de 25 km. de profundidad en la que se prohibió el asentamiento de población nativa con objeto de evitar que sus jaimasdispersas fueran refugio de guerrilleros. Para hacer efectivo el control sobre esta zona, se le encomendaba esta misión a un Subgrupo Táctico compuesto alternativamente por una Compañía de fusiles, a la que se le agregaba una Sección del Grupo Ligero de Caballería, o bien un Escuadrón Ligero con una Sección de fusiles.

Lo cierto es que es que resultaba bastante difícil la localización de los polisariosmediante este tipo de operaciones ya que el saharaui, con ojos y oídos acostumbrados al desierto, era capaz de detectar a gran distancia el mínimo destello de luz, interpretar perfectamente cualquier nube de polvo y percibir el ruido de vehículos a muchos kilómetros, determinado de inmediato la dirección en que se movían las patrullas motorizadas del 3er Tercio. A esto debemos añadir su profundo conocimiento de la zona, recorrida mil veces desde que siendo niños cuidaban del ganado. En definitiva, los guerrilleros, contaban con tiempo suficiente para abandonar rápidamente la zona y ocultarse. De hecho, las partidas sorprendidas, casi siempre lo fueron por alguna patrulla a camello, moviéndose en silencio y por zonas no aptas para vehículos.

El 8 de junio de 1975, mientras se celebraba en el Batallón de Instrucción de Reclutas (BIR) una Jura de Bandera, con la Enseña del Tercio, se alertó a la unidad porque se habían identificado unidades marroquíes que cercaron el puesto fronterizo de Tah, guarnecido por un Pelotón de Policía Territorial. . Por la noche se formó un Grupo Táctico, al mando del Teniente Coronel Traveseado, Jefe del Grupo Ligero (GLC) formado por el propio GLC, la 6ª Cía de la VIII Bra y una Batería de Artillería con la misión de ocupar, y si era necesario recuperar, el citado puesto fronterizo.

Ese mismo día la tensión en la frontera con Marruecos subió alarmantemente. La causa principal era la presencia de una Compañía Meharista marroquí en las inmediaciones de la base de Mahbes. Con la intención de evitar males mayores y en previsión de alguna acción hostil la 1 Cía, reforzada con una Sección de la 2 Cía, a las órdenes del Capitán. D. Federico Sáncho González, se desplegó en la zona. Poco después otras informaciones apuntaron el incremento en el movimiento de unidades marroquíes en el sector fronterizo. De nuevo y con intenciones disuasorias salió otra unidad, la 3 Cía, hacia la zona caliente instalándose en el puesto de Hausa.

Al amanecer del día 9, mientras los helicópteros armados de la UHEL certificaban desde el aire el repliegue de las unidades marroquíes, el Grupo Táctico de Tcol. Travesado ocupaba el puesto de Tah. El 10 de junio se presentó en el acuartelamiento de Smara la 3ª Sección de la 2 Cía, cumplimentado una singular misión: dar escolta a un sorprendentemente numeroso grupo de prisioneros. La Compañía Meharista marroquí que había hecho saltar la tensión en la base de Mahbes había sido apresada al completo en dicha zona por legionarios del 4º Tercio. El grupo de prisioneros lo componían un Capitán, tres Ayudantes, cinco Sargentos Primeros, once Sargentos, cinco Cabos y dieciséis soldados con su armamento, munición, equipos, material y vehículos, incluido un misil SAM.7.

Recuperar Tah a toda costa

El Coronel Adolfo Coloma, Tte. de la 6ª Cía durante la Marcha Verde nos cuenta alguna de sus vivencias, como la acción sobre Tah:

“En 1975, los actos terroristas sobre personas e instalaciones (voladuras de las estaciones de Fos-Bucraa) crearon en el Sahara un clima de intranquilidad y tensión. Las Fuerzas Armadas reforzaron los destacamentos y establecieron posiciones defensivas a lo largo de la frontera norte con Marruecos. En la VIII Bandera la 6ª y 7ª Cías se relevaban periódicamente en el control de las zonas A y B de la frontera. La 8ª Cía, helitransportada, efectuaba continuas salidas de reconocimiento sobre posibles zonas conflictivas. Durante todo el año, se produjeron muy a menudo alertas motivadas por distintas informaciones sobre movimientos y probables acciones del Polisario o de unidades marroquíes. Estas alertas suponían el acuartelamiento inmediato y, casi siempre, la salida de la Bandera en armas a la zona de posible conflicto. Agravaba la situación el hecho de que se estuvieran produciendo deserciones entre el personal nativo de la Agrupación de Tropas Nómadas y de la Policía Territorial, que culminaron con el apresamiento de dos patrullas de nómadas.

En el verano, la Bandera, fruto de una alerta, se encontraba establecida en las proximidades de Daora a falta de la 6ª Cía que realizaba control en las citadas zonas A y B formando parte de un Grupo Táctico de Caballería. A primera hora de la tarde del día 8 de junio de 1975, se personó en el Puesto de Mando el Capitán Jefe de una Compañía de la Policía Territorial, informando que se dirigía al puesto fronterizo de Tah porque noticias algo confusas hacían suponer que se había producido la deserción de los agentes nativos del puesto o que éste había sido ocupado por tropas marroquíes. En consecuencia, tenía orden de, manteniendo el enlace radio con al Bandera, atacar Tah si confirmaba la segunda hipótesis. La Bandera debía permanecer dispuesta a acudir en su apoyo. Por la noche se escuchó, desde el vivac de la Bandera, el sonido que producían las explosiones de los morteros y el tableteo de las ametralladoras y demás armas con que contaba aquella Compañía. Era evidente que se estaba produciendo el ataque y, fatalmente, se había perdido el enlace. Siguieron momentos de zozobra entre los componentes de la Bandera por carecer de noticias sobre el resultado de aquella acción.

Sobre las 02:00 horas del día siguiente se recibió orden de intervenir. Un mensaje del Cuartel General decía textualmente: Recuperar Tah a toda costa al amanecer. A las 04:00 horas comenzaron las unidades a disponerse para el movimiento, que se inició poco después con la 7ª y 8ª Cía. en primer escalón, las armas pesadas y el Puesto de Mando en el centro del despliegue y, en segundo escalón una unidad heterogénea constituida con personal de Tropas Nómadas y Policía Territorial de lo que era la guarnición de Daora. Proporcionaba seguridad a retaguardia la Sección de Reconocimiento. Al amanecer del día 9, Tah se encontraba a la vista y las Compañías de vanguardia comenzaron a proporcionar información, según la cual no se observaba actividad alguna, lo que quedó confirmado poco después al alcanzar las vanguardias de Tah. Con cierta decepción se recibió la orden de regresar a la zona de Daora y, finalmente, al día siguiente, retornar a El Aaiún.

Como curiosidad decir también que unos meses más tarde, el día 15 de octubre, la Bandera salió al completo de sus efectivos hacia la frontera con Marruecos, en la denominada operación Acampada, que tenía por objeto detener toda posible penetración marroquí en territorio español. El día 2 de noviembre se produjo una visita inesperada al territorio del Príncipe Don Juan Carlos de Borbón, siendo al 8ª Cía la encargada de rendirle honores en el aeropuerto de El Aaiún. La VIII Bandera formó en el patio de armas del acuartelamiento de Sidi-Buya junto con el Grupo Ligero Sahariano y la Plana Mayor del Tercio para ser revisadas por su Alteza Real”.

Explosión de minas en la 7ª Cía

Nuevamente la 6ª Cía fue alertada el día 21 de junio de 1975 y desplegó en las inmediaciones del Puesto de Tah, reconociendo la zona, que había sido minada por fuerzas marroquíes mediante trampas explosivas, siendo activada una de ellas por un vehículo del Regimiento de Artillería nº 64, que realizaba un reconocimiento artillero. En esta ocasión perdieron la vida el Tte. de Artillería Gurrea y dos artilleros, dando cobertura y seguridad la 6ª Cía a las operaciones de rescate.

El 25 de julio el puesto de Guelta Zemmur, en las montañas Doloa, que discurren en dirección norte-sur paralela a la frontera con Mauritania, fue atacado y saqueado por el frente Polisario. Se alertó a una Compañía de la VIII Bra que recorrió los 360 Km. que le separaban del fuerte, ocupándolo y dejando allí una Sección que se fue relevando mes a mes durante todo el verano. Así nos cuenta el Capitán Perote su experiencia:

“El 26 de julio de 1975, La 7ª Cía se encuentra por el Guenna. Sus tres Secciones están haciendo reconocimientos por las zonas asignadas, el Capitán está con su Plana Mayor y la Sección de Armas de Apoyo… mi Capitán acaba de llegar un telegrama urgente, me dice el operador radio, descífralo… ante posibles ataques libios concéntrese en RJ28. Pocos días antes habíamos sido informados de que Gadafi ofrecía todo su apoyo a Marruecos para expulsar a los expoliadores españoles del territorio de Sahara. Mi primer pensamiento fue pues si que se han dado prisa estos … RJ28 sabía que eran las posiciones que teníamos en la Sebja de Um Deboa para cerrar la penetración N-S Tarfaya, Tach, Daora Aaiun.

Por radio ordené a las Secciones que se dirigieran en la dirección RJ28 encontrándonos sucesivamente sobre la marcha. Mientras iba dando botes en el land Rover le repetía al operador que volviese a traducir el telegrama… está bien mi Capitán, es correcto. Como no acababa de creerlo le pido la clave y voy traduciendo ante posibles ataques tibios concéntrese urgentemente en RJ28 El operador había escrito libios pensando en tibios pero no había puesto la tilde de la t y encima parecía una l. Llegados a RJ28 el mando superior comunica que el puesto de Tach ha sido atacado viéndose obligada la guarnición a abandonarlo (12 hombres de la Policía Territorial), que una unidad tipo Compañía de la Policía irá a tomar contacto y tratar de recuperarlo y que yo con mi unidad cubra su retirada ante una reacción enemiga superior.

Efectivamente de madrugada llega la unidad de la Policía al mando del Capitán Sandino, me entrevisto con él y sigue en dirección a Tach, al poco tiempo oímos mucho fuego de armas automáticas, granadas de fusil y de mortero, tras el silencio enlazo con el Cap Sandino y me dice que regresa a su base y que no ha visto reacción enemiga valorable.

Al poco tiempo por radio el General Salazar, Jefe del Sector del Sahara, me ordena a través del Cap Reig de su E.M. que al amanecer ataque el puesto y que el resto de la VIII Bdra. irá en mi apoyo. Reunida la Compañía al amparo de unas grandes dunas cantamos El novio de la muerte (¡qué momento!).

Se inicia el avance, al principio protegidos por el terreno pero unos 500 metros antes de llegar es un llano sin ninguna protección, podemos ser blanco de armas automáticas. Quiero esperar a que la Sección de Armas ocupe unas posiciones al oeste para que con su fuego apoye nuestro avance, cojo un Cetme y me levanto, yo sólo quería ver bien la situación de mis hombres pero este gesto fue como “preparados, listos, ya ” toda la Compañía se lanzó al ataque y ya no había quien les parase, yo era uno más. Según nos acercábamos unos vehículos dentro del puesto se dieron a la fuga en dirección a territorio marroquí, después de esto aparecieron dos helicópteros al mando del Cap Muñoz- Grandes Galilea rudimentariamente armados con unas ametralladoras MG. Lo peor de este minicombate es que no se sabía que hacer una vez ocupado el puesto, y estuvimos pegados al terreno bajo un sol abrasador unas buenas horas”.

Luego Marruecos inició una campaña internacional con amenaza de invasión pacífica. En efecto, en su tradicional discurso del 20 de agosto el Rey alauita volvió a insistir sobre el mismo tema:

“En octubre o noviembre a más tardar, sabremos si vamos a entrar en nuestro Sahara por medios pacíficos o por las armas. Cuando llegue el momento, cuando llegue la hora, nos dirigiremos allí con nuestro uniforme militar, para encabezar a quienes quieran aceptar el sacrificio supremo en aras de la recuperación de la tierra usurpada y de la integridad territorial de nuestra patria”.

El entonces Capitán Perote habla de un hecho poco conocido:

” El 15 de septiembre de 1975, la 7ª Cía de la VIII Bandera salió de su base en el cuartel de Sidi Buya ,en la misión de patrulla de reconocimiento; 32 vehículos M-109, 2 Pegaso 30/45 diverso armamento y medios radio y 123 legionarios pero entre estos había unos de excepción:

Con motivo del tradicional Aniversario de la fundación de la Legión siempre se han acercado a los distintos acuartelamientos legionarios personas que han tenido o tienen por diversos motivos puntos de unión y afecto hacia este Cuerpo. El ex ministro Sr. Nemesio Fernández Cuesta, el Alcalde de Málaga Sr. Cayetano Utrera, el Subsecretario del Ministerio de Agricultura Sr. Juste Iribarren se encontraban entre estos invitados que con ilusión y curiosidad habían solicitado participar en esta misión. Vestidos con uniforme legionarios, con gorra, gafas y siroquera nadie podía distinguirlos. La Compañía con sus Secciones en orden de ,marcha y aproximación se dirigía hacia zona conflictiva. Se acercaba a la línea fronteriza con Marruecos, paralelo 27º 40´, con prismáticos se podía divisar una unidad marroquí dentro de su territorio; la emoción les embargaba, el adiestramiento de los legionarios les entusiasmaba, la dureza del territorio y la inusual experiencia les hacía sentirse transportados a otro mundo. Al término de la misión y de regreso a la base, con el corazón todavía acelerado se entró en el capítulo de las confidencias…me llamó aparte el Sr Juste y me dijo: “que pena Capitán, el riesgo que corren. La ilusión que ponen y la sangre que están dejando, cuando este territorio ya no es de España, ya está entregado a Marruecos”… mi cabeza voló a pocos días antes cuando unas minas habían destr0ozado 3 vehículos de una unidad de Artillería, un Teniente, un Sargento y tres artilleros murieron, mi cabeza también se llevó con la imagen reciente de un niño y tres policías destrozados por otro artefacto, la imagen de tantos muertos…

El Sargento Carazo de la Legión, e l Cabo 1º Irbaz de la Brigada Paracaidista.”

Si bien en el mes de septiembre de 1975 no hubo incidentes a destacar, el 20 de este mes se confeccionaba un plan de operaciones que contemplaba como acciones más probables, ataques de tipo guerrillero por parte de las fuerzas del Frente de Liberación, que, probablemente, intensificaría su actividad en caso de un acercamiento entre España y el Polisario. Recibió el nombre de Operación Trapecio.

El día 2 de octubre una patrulla de la 7ª Compañía penetró en una zona minada cuando efectuaba unos reconocimientos ordenados por la Sección de Inteligencia del EM del Subsector del Sahara en la Guenna, al sur de Sebjet Tah. Una de las minas destruyó uno de los land-rover, resultando heridos el Capitán Jaime Perote Pellón y el legionario conductor Diego Real Gil. A la semana siguiente, en una nueva salida para el control operativo de la zona esta misma Compañía, al mando del Capitán Martínez Illescas, que se había hecho cargo de la misma tras haber resultado herido el capitán Perote, inició una serie de reconocimientos de la zona de Hasi Tah, en la frontera. Tres vehículos de la PLM. de nuevo penetraron en un campo de minas. Desgraciadamente esta vez las explosiones causaron la muerte del legionario Manuel Torres Álvarez, y heridas de diversa consideración al Capitán de la Compañía, al Tte. Tapia, al Cabo 1º Francisco López Puente y a los legionarios José Luis Vázquez Arias y Bonifacio López de Alba Ruiz.

El Capitán Perote es uno de los muchos Oficiales líderes y de gran prestigio que han pasado por el 3er Tercio, auténtico conductor de hombres y al que tengo gran aprecio pues no en balde fue mi jefe del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) III cuando yo mandaba la COE-32 y con él iría al fin del mundo si hubiera que entrar en combate. En definitiva uno de los mejores jefes que he conocido en mi vida militar. Pues bien, hallándose convaleciente en el Hospital Militar de Canarias, sin esperar el alta, se incorporó al Aaiún haciéndose cargo nuevamente del mando de la 7ª Cía. La situación se agravaba cada día más. Pero en ese momento, el 3er Tercio, con sus 2.500 hombres y 500 vehículos de combate, era considerado junto con el 4º, una de las mejores unidades del mundo occidental y sus legionarios estaban deseosos de entrar en combate.

El entonces Capitán Perote nos relata el estallido de las minas de la 7ª Compañía:

” El 2 de Octubre de 1975 la 7ª Cía tiene que salir de patrulla hacia la zona vacía, el Capitán se presenta en la 2ª Sección del E.M. a recibir instrucciones, el Cte. Javier Pardo de Santayana me llama aparte y me dice : “Perote tú que siempre traes información de contacto, acércate al Puesto de Temboscai, puede ser que lo hayan vuelto a activar pues hemos captado una emisora nueva que puede venir de ahí” Es la 01h del día 2, dos Land Rover de la 7ª Cía a velocidad reducidísima con todas las luces apagadas e incluso quitados los indicadores de la puesta de contacto, atraviesan el Guenna en dirección S-N a Temboscai, atravesando la antigua pista llamada de petrolitos (por las prospecciones realizadas por los americanos) y considerada como frontera por los marroquíes, por seguir una línea más identificable y paralela al paralelo 27º40´ frontera real y unos 4 km,s al S.

En el momento en que al conductor le doy la orden de pare se produce una tremenda explosión en la que la parte del motor salta en mil pedazos, el ruido hace que los tímpanos se desgarren y la sangre salga por los oidos, la cabeza es un cúmulo de sensaciones incontrolables, el gas se hace asfixiante y sólo lo puede entender quien haya vivido algo semejante y lo pueda contar , se trataba de una mina contracarro MA-9 de procedencia americana, el ir despacio nos había salvado la vida, al pisar la rueda la mina, esta había hecho explosión y el efecto se produjo sobre la parte delantera, el conductor gravemente herido y yo con una fractura pequeña en la pierna. Cuando empiezo a reaccionar veo unas linternas que nos rodean y se acercan al coche, pienso que somos un blanco fácil por las llamaradas del motor y como puedo bajo del vehículo y con el chaquetón apago el fuego del motor, quedaban a unos 10 metros las dos petacas de gasolina de respeto que se llevaban siempre, una a cada lado en la parte delantera, me arrastro a una y la apago mientras veo como un legionario apaga la otra, de repente el silencio, la incertidumbre, nos replegamos sobre el segundo vehículo armado con una ametralladora esperando el ataque del enemigo invisible, que desaparece dejando un rastro de minas sin enterrar, picos y palas, en el segundo vehículo y por las mismas rodadas nos incorporamos al resto de la Compañía, organizada ésta nos dirigimos al puesto de Daora donde poco después llegan los helicópteros (¡qué gran unidad!) que nos evacuaron al Aaiún. El diario marroquí L´Opinion pocos días después publicaba… ” En un enfrentamiento armado nuestras heroicas tropas han causado varios muertos a una unidad del Ejército invasor español, entre ellos un Capitán y destrozado varios vehículos”…

Agrupaciones Lince, Gacela y Chacal

Dadas las circunstancias y ante las amenazas de Hassan II, se organizaron 3 Agrupaciones Tácticas y una potente Reserva para hacer frente a una posible invasión. La Agrupación Lince, a base del 3er Tercio bajo el mando del Coronel Timón Lara, ejercería el esfuerzo principal de la defensa consistente en cerrar cualquier penetración Tarfaya – El Aaiún. La Agrupación Gacela (del 4º Tercio), en el Subsector de Edchera, bajo las órdenes del Coronel Mariñas Romero, tenía como misión ponerse a la acción secundaria, cerrando cualquier penetración en dirección al poblado de Hagunia. La 3ª Agrupación, la Chacal, en Smara, cuyo núcleo principal era la VII Bandera de la Legión se opondría a las infiltraciones en la zona de Smara y en la línea de Hausa-Mahbes. Asimismo se establecieron los correspondientes obstáculos consistentes en campos de minas instalados por el Regimiento de Ingenieros nº 9, a los que los Tercios les prestaban seguridad.

A las 02:00 horas del día 4 de octubre de 1.975, estas Agrupaciones se trasladaron a su zona de responsabilidad. Los Grupos Ligeros Saharianos de Caballería I y II desplegaron sobre la línea de vigilancia que se apoyaba en la Sebja Um-Deboa (que significa la madre de las Hienas), en los escarpados del Joiat, y se cerraba con un campo de minas. Su misión era la de establecer contacto visual con la marcha, disuadirla de su avance y, en caso contrario, realizar una acción retardadora para frenar las fuerzas invasoras y destruirlas frente a la posición principal establecida sobre las alturas del Aguiul Tel – li y Aguiul Dohara, a la altura del poblado y fuerte de Daora. A su retaguardia, y a caballo de la posición defensiva, se situaron el resto de las unidades de las citadas Agrupaciones y de la Reserva. Permanecieron en situación de alerta hasta la mañana del 18 de octubre, que se ordenó el regreso a sus acuartelamientos.

Hassan II anuncia la “Al Masira”

Dos días antes, el 16 de octubre, el Tribunal Internacional de la Haya ya había emitido su dictamen. En la conclusión final y fundamental del mismo se decía: Los materiales e informaciones proporcionados al Tribunal, no establecen la existencia de ningún vínculo de soberanía territorial entre el Territorio del Sahara Occidental, por una parte y el Reino de Marruecos o Mauritania por otra. El dictamen constituía un nuevo descalabro para Rabat, cerrando la vía legal a las pretensiones mauritano-marroquíes.

Ante este definitivo frenazo a sus aspiraciones anexionistas, el rey Hassan II se vio obligado a dar un nuevo golpe de efecto ante el pueblo de Marruecos. El mismo día 16 de octubre, pocas horas después de la publicación del dictamen del Tribunal, el monarca se dirigió su país por radio y televisión. Haciendo caso omiso de los mandatos internacionales anunció que el Sahara, sería recuperado mediante una marcha pacífica en la que participaran 350.000 marroquíes tanto hombres como mujeres. Para ello se abrirían de inmediato oficinas de reclutamiento en todo el país, afirmando: Nos, seremos los primeros que nos inscribamos en las listas de voluntarios. A pesar de asegurar que los participantes en la Al Masira (marcha verde) llevarían como única arma el Corán, en una clara referencia a Argelia y al Frente Polisario añadía:

“Si nos encontramos con elementos extranjeros, que no sean españoles, no renunciaremos a nuestro derecho de defensa sin detener por ello nuestra marcha, ya que se tratará de repeler una agresión, lo que nos colocará en una situación de legítima defensa. Pero explícitamente rehuía en un enfrentamiento con las tropas españolas: Por el contrario si nos encontramos con los españoles les saludaremos y proseguiremos nuestro camino. Si desean abrir fuego sobre 350.000 personas, que asuman entonces la responsabilidad”.

Operación “Contra Marabunta”

Ante estas amenazas en la madrugada del día 4 de noviembre las tropas españolas del Sahara desplegaron de nuevo en la frontera con Marruecos. Por tal motivo, a la VIII Bandera se le ordenó, el citado día 4, que ocupara las posiciones al sur de la Sebja, donde se dirigía la marcha con la orden de detener la invasión enemiga. Esta operación fue llamada por las autoridades españolas como OperaciónContra Marabunta. Se tomó la determinación de que se impediría el paso de la marcha a partir deHausa. Se estableció la línea Laadeim-Aguiul Tel-li-Daora, prolongada hasta Smara, como infranqueable, para lo cual se dispusieron campos de minas y barreras de Artillería para abrir fuego en caso de amenaza.

La VIII Bandera permaneció desplegada y a la defensiva, divisando a su frente y a lo lejos la imponente masa humana. Ello no fue obstáculo para que Hassan II, que se encontraba en Agadir desde el 2 de noviembre, anunciara el día 5 el inicio de la Marcha Verde (Al Masira) para el día siguiente. Entre tanto continuó una intensa actividad política y el mismo 6 de noviembre, fecha de iniciación de la Marcha según lo dicho, se reunió en Nueva York el Consejo de Seguridad a las 3:15 horas, enviando un mensaje urgente al Rey de Marruecos en el que se pedía que se detuviera la invasión. El monarca respondió que el movimiento ya había comenzado, pero insistió en que tenía un carácter pacífico. Así nos describe la Marcha Verde el General Mariñas:

“El Gobierno alauita aseguró que si era necesario intervendrían de las Fuerzas Reales Armadas marroquíes, pudiendo llegarse a una situación de beligerancia entre España y Marruecos. Esta amenaza produjo efecto en el Gobierno español y al día siguiente, 7 de noviembre, el Consejo de Ministros decidió negociar la entrega a Marruecos de la administración del territorio. El Ministro de la Presidencia se entrevistó con Hassan II el día 8 de noviembre. El Monarca alauita ordenó, en consecuencia, la retirada de los peregrinos y España hizo entrega, a Marruecos y Mauritania, de todas las responsabilidades y autoridad en el Sahara Occidental”.

Al amanecer del día 10 de noviembre la Al Masira inició el regreso. Dos días después comenzarían en Madrid las conversaciones tripartitas. El 14 de noviembre se firmaban los acuerdos de Madrid que, ignominiosamente, entregaban la administración del Sáhara a Marruecos y Mauritania. En ellas se acordó que la presencia de España en el Sahara debería terminar definitivamente el 28 de febrero de 1976. Las apetencias territoriales de Marruecos sobre el Sahara habían culminado, según hemos visto, con una invasión pacífica de cerca de 300.000 personas, que transportadas en toda clase de medios de locomoción, acamparon al norte de la Sebja de Um Deboaa. Frente a los campos de minas establecidos se encontraban los Escuadrones del Grupo Ligero de Caballería, del 3er y 4º Tercio cuyos legionarios fieles a su credo, cumplieron y obedecieron, aunque nunca entendieron el por qué de todo aquello.

El entonces Capitán Perote nos relata su experiencia de la operación Marabunta:

” El 4 de noviembre de 1975, ante la inminente orden de avance a la muchedumbre 350.000 personas que se encontraban en la línea fronteriza con nuestro territorio, todas las unidades de la guarnición salimos a nuestras posiciones con la orden de la operación que se llamó Marabunta. En primera línea las unidades estáticas que se apoyaban sobre el terreno, en segunda línea las unidades mecanizadas y motorizadas que acudirían a cerrar posibles brechas. El día 6 la muchedumbre se lanza 10 km,s al S. para permanecer en territorio español 48 horas, era lo pactado entre los Gobiernos, (nosotros no sabíamos nada), ellos con la consigna de saludar a los españoles y la tranquilidad de que el peligro no vendría de parte española…

– En la parte española (véase orden de operaciones) prohibición de hacer fuego, campos de minas que no estaban minados y en los mandos superiores extraña tranquilidad respecto a la población que se había quedado indefensa en las ciudades del Sur. La 7ª Cía. había tenido que ir apresuradamente a cerrar un paso que se había abierto entre la cadena de dunas de Negritas y el O. de la Sebja De Um Deboa. Emplazadas las ametralladoras delante sólo teníamos una parte de esa muchedumbre que según los momentos gritaba, rezaba o… nos pedía comida y siempre enarbolando banderas de Marruecos y E.E.U.U. Yo seguía sin entender nada, recordaba las palabras del Sr. Juste en Septiembre Capitán el Sahara ya es de Marruecos por otra parte sabía que la Operación Golondrina estaba en marcha, entonces ¿por qué esto?”

El cambio de actitud de las Autoridades españolas propició un clima de descontento entre la población saharahui, que empezó a recelar de su futuro e, instigada por el Frente Polisario, inició una campaña de atentados destinados a atraer la atención de la comunidad internacional. Menudearon pequeños sabotajes, atentados con bomba y otras escaramuzas. Se decidió por parte de las autoridades militares organizar la Operación Otelo, consistente en el aislamiento y control de los barrios nativos de Corominas y Jatarrambla. Para ello, no se podía contar con la lealtad de los soldados saharauis por lo que en su mayor parte fueron licenciadas y disueltas. De esta manera se encargó al 3ª Tercio de la Legión el control de los barrios más conflictivos así como el registro del personal civil sospechoso que salía de ellos.

Con motivo de la destacada actuación en intervenciones armadas en las que fueron ocasionadas bajas en muertos o heridos, producidos por el fuego enemigo durante las operaciones del Sahara se le concedió la Cruz Roja al Mérito Militar al siguiente personal del 3ºTercio: Capitán Infantería D. Nicolás Perote Pellón, Capitán Infantería D. Angel Martínez Illescas Pichardo, Teniente Infantería D. José Tapia García, Teniente de Infantería D. Enrique Alonso Marcilli, Brigada A. T. S. D. Antonio Velda Valero, legionario D. Antonio Madonel Rueda. Siendo también propuestos los Cabo1º D. Francisco García Gómez y D. Francisco López Puente y los legionarios D. Bonifacio López de Alda Ruiz Galarreta, D. Diego Real Gil, D. Manuel Torres Álvarez y D. José Luis Vázquez Arias.

La Legión y la Armada: el “Conde de Venadito”

Desconozco la razón exacta del por qué entre la Legión y la Armada siempre han existido estrechos lazos de unión, de mutua simpatía. ¿Nació esta buena químicacuando la Legión, al poco de crearse embarcó en Ceuta para salvar a Melilla?, ¿ o cuando en 1925 se realizó el desembarco de Alhucemas?, compartiendo en ambos casos legionarios y marineros momentos de extrema emoción. Lo cierto es que las sedes de los cuatro Tercios de la época de Marruecos, Tahuima y luego Melilla, Ceuta, Larache y Villasanjurjo había puerto de mar, y lo mismo ocurrió cuando el 3er y 4º Tercio se convirtieron en saharianos, trasladándose al Aaiún y Villa Cisneros y más tarde a Fuerteventura.

El caso es que durante su permanencia en el Sahara los apoyos logísticos del 3er Tercio se hacían principalmente por vía marítima. Estos apoyos se incrementaron lógicamente al final de la estancia en el desierto con motivo de la Marcha Verde (en el que estuvo alertada la Flota y el Tercio de la Armada para realizar una operación anfibia), y especialmente durante la evacuación de las Fuerzas en lo que se denominó Operación Golondrina, según veremos posteriormente. El Segundo Comandante del Conde de Venadito, Julio del Cubillo nos cuenta como vivió estos momentos de tensión:

“El día 16 de octubre de 1975 nuestro barco el Conde del Venadito se encontraba atracado en Las Palmas, cuando escuchamos las últimas noticias: Hassan II anunciaba a su país la Marcha Verde sobre el Sahara a la que acudirán más de 350.000 personas civiles desarmadas que intentarían esa marcha hacia el interior del territorio español… A partir de ese día el Conde del Venadito efectuó operaciones de transporte entre Las Palmas, Villa Cisneros y El Aaiún con material y personal. El día 24 de octubre la Marcha Verde llegó a Tarfaya, último enclave marroquí antes de la frontera del Sahara. El 28 se implantó el toque de queda y comenzó la evacuación civil de El Aaiún. El 30 se anunció que la Marcha empezaría a andar entre el 4 y el 6 de noviembre… A nuestro buque se nos ordenó dirigirnos a Cádiz llevando material, atracando el día 5 y después de descargar nos alistamos para la siguiente comisión, que se presenta inminente e interesante.

La Marcha Verde se detuvo ante el primer campo de minas pero no se retiró… La noche del 6 al 7 los españoles no podíamos dormir pendientes de la radio que daba noticias constantemente… Lo que estaba sucediendo era alucinante y las Fuerzas Armadas españolas estaban preparadas para el combate. Las órdenes no tardaron en llegar al buque: el Conde del Venadito embarcó en Cádiz al Tercio de Armada de Infantería de Marinacon todo su material y una escuadrilla de helicópteros, para transportarlos a Las Palmas e integrarse en una Fuerza Anfibia Operativa (FAO) con fines disuasorios o de intervención. El 7 de noviembre, escoltados por un Destructor, salimos nuevamente hacia Canarias incorporándonos el 10 a la Flota.

Durante todo el mes de noviembre la Flota de la Armada se preparó para lo que viniese, incluyendo en su preparación una Operación Anfibia en las playas de Fuerteventura, que se canceló el día 20 a causa del fallecimiento de Franco. Como las negociaciones con Marruecos habían llegado a su fin, el Conde Venadito regresó a Cádiz al Tercio de Armada, que no tuvo necesidad de intervenir. A partir de aquí comenzó para nosotros un movimiento continuo de singladuras, cargas y descargas, transportes y traslado de las fuerzas entre CádizAaiúnLas PalmasVilla Cisneros y Arrecife, desde el 9 al 31 de diciembre.

El día 8 de enero de 1976 recibimos nuevas órdenes, el 10 ya estábamos de nuevo en Villa Cisneros; durante la subida por la ría hasta el puerto nos siguieron dos Patrulleros marroquíes que fondearon en las proximidades sin estorbar nuestras maniobras. Ya estaban preparados para tomar posesión del puerto al mismo tiempo que por tierra sus tropas se alojaban en nuestros acuartelamientos. Nosotros salíamos por un lado, la mar, y ellos entraban por el otro, el territorio. En Villa Cisneros estábamos nosotros y los transportes civiles Plus Ultra y Ciudad de La Laguna, y entre todos estos buques, a las órdenes del Coronel Payás, Jefe del 3er Tercio, que venía a bordo a desayunar con los Oficiales, nos repartimos el embarque de los últimos del Sahara Español. En el Conde Venaditoembarcamos durante los días 10 y 11 a 310 hombres y 81 piezas y vehículos. A las voces de ¡Viva España!, ¡Viva el Rey!, ¡Viva La Legión! Con una emoción especial, desatracamos del muelle de Villa Cisneros por última vez, al atardecer del día 11 de enero, escoltados por la Corbeta Villa de Bilbao.

Fuimos el último barco de guerra que abandonó el Sahara, sobrevolados por aviones F-5 marroquíes, que ya estaban atacando posiciones del Frente Polisario, contemplando desde a bordo los fogonazos en tierra al otro lado de la Ría. Por ello navegamos en situación de zafarrancho de combate hasta salir del canal, dirigiéndonos por derrota directa a Las Palmas, acompañados también por el destructor Marqués de la Ensenada, que estaba esperándonos fuera de la Ría. Atracamos en Las Palmas el día 12 a las 21:45 horas. Esta fue la última operación en nuestras aguas del Sahara; en la siguiente singladura pusimos rumbo a la base de Cádiz en donde terminamos nuestra misión de evacuación del territorio español el día 19 de enero de 1976″.

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180223 marchaverde

 

            EL ÚLTIMO DEFENSOR DE MANILA EN 1898

 

                                                             Agustín Ramón Rodríguez González

                                                             Doctor en Historia Contemporánea

                                   Académico correspondiente de la Real Academia de la Historia

180118 Capitán Faustino Ovide Gonzalez Ed Agualarga

Capitán Faustino Ovide González (Ed. Agualarga)        

La historia militar de España abunda en personajes que, protagonizando hechos de lo más encomiable, apenas han sido recordados con posterioridad a los acontecimientos. A paliar en lo posible una de estas injusticias dedicamos el presente trabajo, que nos permitirá, de paso, ofrecer algunas noticias sobre una de las campañas menos conocidas de nuestro Ejército, y la tan honrosa como heroica carrera de un hombre salido de las filas de tropa.

 

Unos modestos inicios

 

Nuestro protagonista, Don Faustino Ovide González, nació en la pequeña aldea asturiana de Villatejil, dependiente del ayuntamiento de Cangas de Narcea, el 15 de enero de 1863, siendo sus padres Don Francisco Ovide Menéndez y Doña Rosalía González Rodríguez, de bien modesta condición.

Nada sabemos de sus primeros años salvo que el 26 de junio de 1883 le corresponde ser soldado “por su  suerte”, como se decía entonces, constando entonces que se hallaba avecindado en Madrid, teniendo el oficio de herrador. El joven recluta, tras librarse por sorteo de Ultramar, fue destinado al Regimiento de Infantería de La Reina, n° 2, de guarnición en Jerez, y dentro de éste a la primera compañía del primer batallón, jurando bandera en agosto de aquel año. El 1 de junio de 1884 es ascendido a cabo segundo y el 1 de abril del 85 asciende a cabo 1°, recibiendo la licencia indefinida por Real Orden de 14 de julio. Allí hubiera acabado su servicio, de no ser por que, tras dejar correr los meses veraniegos en su pueblo natal, D.Faustino pidió y obtuvo el reingreso, contando como fecha de antigüedad desde el 1 de noviembre.

El 24 de mayo de 1886 ascendió a sargento 2°, pasando al segundo batallón del mismo regimiento, con el que se traslada a Ceuta el 21 de junio de aquel año, permaneciendo en dicha plaza hasta el 7 de julio de 1888, todo ello en unos difíciles años en que menudearon los incidentes con los marroquíes, e incluso se temió  que la frágil salud del Sultán terminara haciendo inevitable una intervención militar española ante el subsiguiente caos en el país vecino.

El 25 de junio de 1888 se reengancha por segunda vez, continuando en el mismo regimiento y en sus destacamentos de Algeciras y Tarifa hasta junio de 1890.

Los años siguientes son de rápido paso por varias unidades: el Regimiento de Los Arcos n° 18, el de Extremadura n° 15 y el de Canarias n° 42, con el destino de escribiente en todos ellos, hasta su pase en noviembre de 1894, cuando apenas se han apagado los rescoldos del reciente conflicto de Melilla, al Batallón Disciplinario de esta plaza, no por sanción sino por destino regular, hasta fines de octubre de 1895.

Para entonces ya ardía la insurrección separatista en Cuba, por lo que, aprovechando los incentivos ofrecidos a los suboficiales, el sargento Ovide solicitó un tan prometedor como peligroso destino a la isla, recibiendo así el ascenso a 2° teniente por orden de 3 de octubre, a contar desde 27 de julio anterior. Gracias al ascenso y tras el preceptivo permiso, Don Faustino contrajo matrimonio el 11 del mismo en Cádiz con Doña África Blanco Lladó. Una Real Orden del día 16 dejaba sin efecto el destino anterior, cambiándolo a las mucho más lejanas Filipinas, embarcando en Barcelona el 15 de noviembre en el vapor de la Compañía Trasatlántica “Isla de Panay” y desembarcando en Manila el 14 de diciembre.

Poco imaginaba entonces el recién ascendido teniente que el archipiélago filipino iba a ser el escenario de sus hazañas, que iban a cambiar espectacularmente su hasta entonces honrosa pero tranquila y modesta carrera militar.

 

El Ejército y la Armada en Filipinas

 

Resulta sorprendente lo escaso de los recursos militares con los que España defendía de agresiones externas y mantenía el orden interno en un territorio tan extenso como era Filipinas, un archipiélago de más de siete mil islas, poblado por más de 7 millones de habitantes, de los que apenas unos pocos miles habían nacido en España. Y a ese ya extenso territorio, aún con zonas poco exploradas y menos cartografiadas, se añadían los archipiélagos de Marianas,  Carolinas y Palaos.

Para guarnecer todo aquello la fuerza real se reducía a unos 13.291 hombres, (unos 16.700 según plantillas teóricas), incluyendo todos los cuerpos, servicios e institutos armados hasta Guardia Civil y Carabineros. De ellos, sólo 4.269 eran europeos, constituyendo en general los mandos hasta suboficial y cabos inclusive, siendo la tropa y algunos sargentos y cabos indígenas. El soldado filipino era muy estimado por su sobriedad, valor y resistencia, resultando especialmente indicado para operar en aquellos territorios, selváticos y accidentados, sin resentirse del clima y de las enfermedades que diezmaban a los europeos, así como de una habilidad proverbial para la guerra anfibia a la que le obligaba la multitud de islas.

El núcleo fundamental de la fuerza estaba compuesto por siete regimientos de infantería: Legazpi, Iberia, Magallanes, Mindanao, Bisayas, Joló y Manila, con numeración respectiva y correlativa del 68 al 74. Existía además  sólo un regimiento de caballería, de Lanceros de Luzón, con un único escuadrón. La artillería constaba de un regimiento de plaza, por excepción europeo en su totalidad, aunque solía utilizarse en misiones de infantería. La artillería propiamente dicha se encomendaba a un regimiento de montaña, articulado en dos grupos de 3 baterías con seis piezas cada una. Otras unidades eran un batallón de ingenieros y diversas tropas de maestranza, Estado Mayor., etc, entre las que destacaban algunas compañías disciplinarias.

Por su parte la Armada sumaba más de tres mil hombres, con menor proporción de indígenas, salvo en los cañoneros y unidades menores, en que constituían toda la dotación salvo el mando,  oficiales y maquinistas. Los buques  en 1895 eran cinco pequeños cruceros, una veintena de cañoneros (incluidos los fluviales y lacustres), tres transportes y diversas unidades menores y auxiliares. Su papel era transcendental, no ya sólo en sus específicas misiones, sino como  transporte obligado para las tropas del Ejército en un medio insular y con escasas o nulas vías terrestres de comunicación, apoyando sus acciones con la artillería, o coadyuvando en las operaciones anfibias con los trozos de desembarco de los buques.

En suma, aunque muy profesional y preparada, una fuerza tan limitada que apenas podía cumplir misiones policiales y de mantenimiento del orden interno, lo que para las Filipinas del XIX era ya decir mucho.

 

En la rebelde Mindanao

 

Lo cierto es que aquella pequeña fuerza, aunque apenas fuera necesaria en muchas de las principales islas por la sumisión pacífica de sus habitantes, tuvo una enorme tarea en dominar las zonas refractarias a la dominación española, especialmente en el sur y oeste del archipiélago, en que una importante población musulmana basaba su modo de vida en la piratería y en la esclavitud de indígenas paganos o cristianos. Tras una lucha secular, se había conseguido pacificar Joló, y entre 1889 y 1894, los capitanes generales Weyler y Blanco habían conseguido lo propio en la gran isla de Mindanao. Y cuando aún continuaban allí las últimas operaciones, nuestro biografiado fue destinado a Iligán, prestando sus servicios en el regimiento de tropas indígenas Joló n° 73, teniendo el honor de ser designado abanderado del regimiento. Allí tuvo su bautismo de fuego, en operaciones al parecer sin mayor relevancia, pero que le hicieron acreedor al pasador de Mindanao en su medalla de campaña de Filipinas.  Pero ya en septiembre de 1896 tuvo que volver el regimiento a Manila, y con él nuestro todavía flamante teniente, ante una necesidad mucho mayor.

 

La insurrección tagala

 

Articulados en la sociedad secreta de inspiración masónica Katipunan, los tagalos de Luzón, hasta entonces fieles al dominio español, se alzaron en agosto de 1896, siguiendo el ejemplo cubano del año anterior. Las escasas tropas españolas, diseminadas en aquel enorme territorio en numerosas y pequeñas guarniciones, pronto se vieron ante una situación crítica, y en la misma Manila no había más que tres mil hombres disponibles. La insurrección, bien planeada y seguida mayoritariamente por la población indígena de muchas provincias, consiguió dominar pronto la casi totalidad de las provincias de Manila y Cavite, de donde era originario su principal líder militar, Emilio Aguinaldo, cayendo pronto en su poder incluso localidades importantes como Noveleta y Cavite Viejo, y declarándose el estado de guerra en provincias como Bulacán, Pampanga, Nueva Écija, Tarlac, La Laguna y Batangas, extendiéndose rápidamente la contienda.

Para el capitán general, D. Ramón Blanco, la situación era casi desesperada: con la mayor parte de sus escasas tropas comprometidas en la pacificación de Mindanao, y aunque, como ya hemos dicho, fueron llamadas inmediatamente, los indígenas ya no eran fiables en la nueva lucha  (muy distinta de la librada hasta entonces contra sus enemigos religiosos y étnicos: los piratas moros del sur), aunque se pudieron alistar algunos tercios de voluntarios. El propio Blanco sufrió alguna derrota personal al intentar liberar las asediadas guarniciones, lo que le desacreditó ante una opinión que ya juzgaba lentas y poco idóneas sus  reacciones a la revuelta.

Ante la magnitud de la rebelión y sus primeros éxitos, se reveló indispensable enviar desde España un crecido número de tropas peninsulares. Pero el país estaba ya agobiado por el  tremendo esfuerzo que debía realizar en Cuba paralelamente, y que  había exigido el envío al Caribe de casi doscientos mil hombres. Los regimientos peninsulares habían agotado sus posibilidades de movilización, por lo que hubo que crear unidades provisionales, los llamados “batallones de cazadores”, con entrenamiento y cuadros de mando improvisados, así como muy escasas tropas de artillería, caballería (un único escuadrón también provisional) e ingenieros.  Las únicas tropas regularmente organizadas y encuadradas de las que se pudo disponer, y por ello mismo las primeras en llegar como refuerzo, fueron los dos regimientos de Infantería de Marina, verdadera reserva estratégica del último imperio ultramarino español. El total de los refuerzos procedentes de España sumó 25.456 entre generales, jefes, oficiales y tropa, y ello sólo entre septiembre y diciembre de 1896, llegando posteriormente algunos otros contingentes menores, lo que supuso un último pero muy notable esfuerzo para el agotado país.

Con ellos llegaba en diciembre el esperado relevo para Blanco, el general Don Camilo García de Polavieja, que se hizo cargo de la capitanía general del archipiélago el día 13, imprimiendo desde entonces a las operaciones la actividad y el éxito que solían acompañar a aquel gran militar español.

 

Las primeras distinciones

 

Pero ya antes de la llegada de Polavieja el segundo teniente Ovide se había destacado: tras su vuelta a Manila, solicitó el pase a la Guardia Civil, figurando desde entonces en el 20 ° Tercio,  uno de los tres existentes en Filipinas, con un total de unos 3.500 hombres (teóricos en plantilla) incluyendo los poco más de trescientos de la Veterana, siendo indígenas en cada compañía los números, cuatro cabos y un sargento, y el resto de los mandos europeos.

De nuevo al mando de tropas casi exclusivamente indígenas, se le dió el de una sección que formaba parte de la segunda línea del Tercio en Las Piñas. Con ella concurrió a los combates de los días 6, 14, 18 y 28 de noviembre entre los puentes de Baucusay y Zapote, mereciendo por su comportamiento el ascenso a primer teniente. El 15 de diciembre, al hacer reconocimiento con su sección, batió una partida de insurrectos, a la que causó cinco muertos vistos y recogió varias armas de fuego y blancas. El día 26, y a las 3’30 de la madrugada, vadeó el río Zapote, línea que separaba el territorio rebelde del controlado por los españoles, y atacó por sorpresa un campamento enemigo, al que causó muchos muertos vistos y recogió buen número de armas y municiones, al que prendió luego fuego. El propio Polavieja envió un telegrama de felicitación al teniente por su audacia y por convertir su labor defensiva en una ofensiva victoriosa.         

El año 97 le sorprendió en el mismo tipo de operaciones y en el mismo escenario: intentando evitar que el enemigo traspasara la línea del Zapote, y contraatacando en su territorio, rechazándole e incluso haciéndole pasar a la defensiva. El 11 de febrero, se señaló al mando de sólo 36 hombres, al rechazar y perseguir hasta los barrancos de Tong Tong a una fuerza muy superior armada incluso con algunas “lantacas”, pequeños cañones de avancarga de manufactura local. El día 15 del mismo mes, sirvió como “práctico” (guía), de la columna que atacó y tomó la localidad de Pamplona, sirviendo con su sección en la extrema vanguardia en labores de reconocimiento, lo que le valió ver confirmado su reciente ascenso. El 17, mereció la felicitación del jefe de la columna, general Galvis, por su perfecta retirada  pese a ser batido por sorpresa y a sólo cuarenta metros desde un reducto aspillerado del  enemigo.

Aquellos hechos le valieron sus dos primeras Cruces Rojas de primera clase del Mérito Militar con distintivo rojo, por reales órdenes de 27 de abril y 11 de noviembre, premiando respectivamente su papel en la toma de Pamplona, y la retirada descrita.

 

Nuevas distinciones

 

Pero aquellas cruces no serían las únicas, como pronto veremos. El 18 del mismo mes perdió su caballo en una emboscada, al conducir un convoy a Pamplona, y los combates, tanto de día como de noche, tanto destacado del resto como formando parte de la columna del general Barraquer, se suceden a diario. En una de ellos, el día 24 y tras desalojar al enemigo de sus posiciones sobre el Zapote, explotó el éxito persiguiéndole tan estrechamente que logró entrar en el pueblo de Bacoor, reconquistándole, lo que le valió su tercera Cruz Roja por orden de 7 de julio.

Su valor personal estaba más que acreditado en todos estos combates, pero por si faltaba alguna duda, resultó herido de arma blanca el 4 de junio al hacer personalmente un prisionero, tras batir a una partida enemiga. Tras una estancia en el hospital que sólo duró del 9 al 16 de aquel mes, volvió al combate.

El 22 de agosto, y al mando de 24 guardias, persiguió y derrotó por completo a una partida enemiga que había atacado el pueblo de Muntim, cogiéndole armas y haciéndole 14 muertos  en Parong Diablo. Aquello le valió su cuarta Cruz, concedida por orden de 6 de  diciembre.

Polavieja estaba más que satisfecho con la labor del teniente Ovide, por ello le llamó a Manila  al día siguiente y le dio el mando de una columna de 180 hombres (los efectivos de una compañía reforzada) para operar en la provincia de Cavite en combinación con otras. No se equivocaba el general, pues al aumentar la fuerza al mando del teniente, aumentaron los éxitos de éste, al derrotar en Palifarán una importante fuerza enemiga, a la que aparte de las bajas, capturó una lantaca y una ametralladora, así como un importante cabecilla, cayendo después en sus manos sucesivamente los llamados Miguel Hernández “Rey de Pamplona”, su ayudante y el jefe   Jorge Soriano.    

 

Una frágil paz y una nueva guerra

 

Polavieja había vencido a la insurrección, a costa de unos 300 muertos y unos 1.300 heridos en las fuerzas españolas en una durísima campaña de poco más de tres meses. Sólo quedaba poner fin a la tarea exterminando las últimas y dispersas guerrillas enemigas. Pero las ya agotadas fuerzas españolas precisaban refuerzos para acabar con la insurrección, refuerzos que el general estimó en no menos de 20 batallones, algo más de 20.000 hombres. Sin embargo, en la ya agotada España nadie quiso oír hablar de un esfuerzo suplementario. Un desairado Polavieja dimitió de su puesto alegando motivos de salud, embarcando para la Península el 15 de abril de 1897, y siendo relevado en su mando por Don Fernando Primo de Rivera, al que se le encargó que terminara la contienda por medio de un pacto que ofreciese un dorado exilio a los líderes independentistas. Y ya en diciembre de 1897 el pacto, llamado de Biacnabató, fue un hecho.

Que la paz conseguida era muy frágil resultó sin embargo pronto evidente: los insurrectos sólo esperaban mejor situación para volver a la carga y la intranquilidad y los choques aislados persistieron. Pero no podemos saber lo que hubiera finalmente ocurrido pues un nuevo factor entró en juego al estallar la guerra con los Estados Unidos a fines de abril de 1898.

Como es bien sabido, la escuadra del comodoro Dewey entró en la bahía de Manila y destruyó en la mañana del 1 de mayo a la del contralmirante Montojo, fondeada ante el arsenal de Cavite, apoderándose después de esta base. La escuadra americana no disponía de fuerzas de desembarco, pero Dewey se había entrevistado poco antes con el exiliado Aguinaldo, haciéndole vagas promesas de conceder la independencia al pueblo filipino si volvía a levantar la bandera de la rebelión. Así, y poco después de la derrota de Cavite, llegó a Filipinas en un buque americano Aguinaldo, acompañado de todo su estado mayor, no tardando en reactivar la rebelión, ahora ayudada por todos los medios por los estadounidenses.

Para colmo de males, y en tan críticos momentos, se había producido el relevo de Primo de Rivera por el general Don Basilio Augustín, poco ducho en las realidades filipinas y que pronto se vió desbordado por los hechos: temiendo perder el control de todo Luzón, persistió en dejar al ejército repartido en numerosas pequeñas guarniciones, que no tardaron en ser aisladas unas de otras y asediadas por el enemigo, mientras que la capital y centro administrativo y militar del archipiélago, Manila, debía hacer frente a la doble amenaza de la escuadra enemiga y del ejército rebelde en mala situación. Ésta empeoró aún más al caer en manos de los insurrectos la entera provincia de Cavite, rindiéndose el general Peña con sus casi tres mil hombres tras una heroica pero deslavazada resistencia el 8 de junio, al fracasar el socorro de dos columnas salidas de la capital, con  sólo unos mil hombres en total.

 

La defensa de Manila

 

La moral en la capital era muy baja, pues sólo se disponía de unos nueve mil hombres para su defensa, que tenían que guarnecer un circuito defensivo de no menos de 15 kilómetros. El total volvía a incluir no sólo tropas del Ejército, sino de Carabineros, Guardia Civil y hasta los supervivientes de la desgraciada escuadra de Montojo,  pero además, buena parte de estos hombres eran indígenas, de dudosa fidelidad, no faltando pronto las traiciones y deserciones. Desde el 1 de junio los combates se harían incesantes.

 Para entonces el teniente Ovide había dejado la Guardia Civil y había recibido destino en el 2° batallón de cazadores (casualmente la misma unidad que formó el heroico destacamento de Baler), no tardando en participar en el primer combate serio del sitio. El 5 de junio unos cinco mil rebeldes atacaron las defensas de la capital en la zona defendida por el Tercio indígena de Bayambang, pensando que así sería más fácil la victoria. Inevitablemente, la defensa cedió, y tuvo que enviarse una columna al mando del capitán de fragata Don Juan de la Concha, comandante que había sido del crucero “Don Juan de Austria” hundido en Cavite, y formada entre otras unidades por marinería de la escuadra. En ella formaba el teniente Ovide, quien tras participar en el combate, se incorporó a la compañía de su mando, que venía retirándose ante la presión enemiga en el escenario de sus antiguas hazañas: entre Las Piñas y el río Zapote. Tomando el mando de la unidad sobre la marcha, Ovide decidió tan rápida como certeramente que la retirada podía convertirse en desastre y que no se podía perder la línea defensiva del río, por ello ordenó atrincherarse en aquel mismo lugar, rechazando los sucesivos ataques hasta el 24 de junio. Su conducta le hizo  merecedor de la ¡quinta! Cruz de Primera Clase del Mérito Militar con distintivo rojo, ahora pensionada, concedida por Real Orden de 25 de abril de 1900.

 

El “blockhausn° 14

 

La excesivamente amplia línea defensiva en torno a Manila, de unos 15 km de desarrollo, estaba guarnecida por sólo las dos terceras partes de los defensores, debiendo el resto atender al frente marítimo amenazado por la escuadra enemiga, mantener el orden en la ciudad (donde pronto faltaron los víveres y hasta el agua al ocupar los rebeldes los depósitos de Santolán que la surtían) y constituir una reserva para acudir a los puntos del perímetro amenazados por los más de cincuenta mil insurgentes, dotados de fusiles modernos por los americanos, de las habituales lantacas y de no pocos cañones encontrados en el arsenal de Cavite. Los atrincheramientos, debido al terreno bajo y encharcado eran simples parapetos de sacos de arena y  troncos, sufriendo mucho los soldados por el clima, tan tórrido como húmedo. Recaía así todo el peso de la defensa en quince blocaos o casas fuertes, situadas a unos mil metros uno de otro. Pero tales construcciones no estaban ideadas para aguantar el fuego de los cañones  de que disponían los asaltantes, aunque la escasa y anticuada artillería de la plaza resultó decisiva para frustrar los ataques, llenar los huecos de la línea defensiva y contrabatir las piezas enemigas. Dos de los blocaos, los números 14 y 15, pronto se hicieron tristemente famosos, pues al estar situados al final de la línea, al sur y enfrente de Cavite, principal base enemiga, debieron sufrir lo peor de los embates.

Y como parecía ya costumbre, el teniente Ovide se vió implicado en lo más recio de la pelea, al relevar  el 29 de junio al comandante del n° 14, herido en uno de los bombardeos y asaltos que continuamente sufría la fortificación. El 18 de julio el enemigo lanzó su más fuerte ataque, dispuesto a tomar la posición, llegándose al cuerpo a cuerpo por la posesión de aquel ya ruinoso blocao. El hecho le valió al teniente Ovide la concesión de la Cruz de María Cristina de primera clase por su valor y acertadas disposiciones, condecoración entonces sólo inferior a la Laureada, y que lo fue por Real Orden de 19 de abril de 1899.

 

El ataque norteamericano

 

Mientras se sucedían estos combates, empezaron a llegar las fuerzas expedicionarias americanas desde principios de julio, pronto encuadradas en una división al mando del general Anderson, articulada en dos brigadas, al mando de los generales McArthur y Greene. Aunque incluían moderna artillería de campaña y de sitio, su nivel no era muy alto, tratándose generalmente de unidades de la Guardia Nacional con algunos regimientos regulares de profesionales. Tales tropas tardaron en entrar en acción, y cuando lo hicieron no se les confió grandes tareas, indudablemente se prefería que españoles y filipinos se desgastaran mutuamente. 

El 5 de agosto el general Augustín, cuyo mando había sido muy criticado, fue sustituido por el segundo jefe, Jaúdenes, pero la moral era ya muy baja en Manila, pues se sabía que la expedición de socorro del almirante Cámara había recibido órdenes de volver a España tras la derrota de la escuadra de Cervera el 3 de julio ante Santiago de Cuba y la posterior capitulación de aquella plaza. Manila parecía ya perdida y sólo se esperaba el asalto final. Pero en una cosa estaban de acuerdo españoles y americanos: en impedir que las tropas de Aguinaldo entraran en la capital, los primeros por temor a que se entregaran a la venganza y el pillaje, los segundos porque ya planeaban quedarse con el archipiélago y no querían dar mayor relieve a sus circunstanciales aliados. Así que en la mañana del 13 de agosto, las únicas tropas que atacaron fueron las de Anderson.

El plan de ataque no podía ser más sencillo: tras una preparación artillera, las tropas de infantería atacarían la línea española al sur de la ciudad, línea que sería batida de flanco y retaguardia por la escuadra americana, que poco tendría que temer de las anticuadas piezas de costa que defendían Manila. La resistencia española era prácticamente imposible en tales circunstancias y apenas quedaban opciones salvo una honrosa defensa seguida de una pronta capitulación para evitar bajas innecesarias.

La suerte, pues, estaba echada, y no parece fuera una ocasión muy propicia para lucirse, pero el teniente Ovide, consiguió de nuevo hallarse en el ojo del huracán, y dejar  constancia de su valor y decisión. Según el relato de su Hoja de Servicios, los hechos sucedieron así:

 

“…roto el fuego por la escuadra americana sobre nuestras líneas avanzadas y ordenada la retirada por el jefe del sector, se quedó voluntariamente mandando el último escalón. Recibida orden de recuperar una de las trincheras abandonadas al objeto de detener al enemigo y para proteger la retirada de otras fuerzas, retrocedió con treinta hombres y al observar que ya estaba ocupada por fuerzas  americanas, atacó a éstas con tal ímpetu que las obligó a abandonarlas precipitadamente, dejando varios muertos, en cuyo ataque resultó herido de bala en el labio inferior con fuerte contusión en la dentadura, siguiendo no obstante al mando de la fuerza, sosteniendo vivísimo fuego para detener al enemigo y salvar la retirada de estas fuerzas, hasta llegar próximo  a las murallas de  Manila, donde recibió orden de rendirse por haberlo efectuado y hacía ya tiempo la plaza, siendo entonces felicitado por el general americano Greene, quien puesto al frente de sus tropas le tributó los honores de la guerra”.

  

    Creemos que los hechos se comentan por sí solos,  y pese al laconismo de la prosa oficial son altamente significativos. No sabemos si se llegó a abrir juicio contradictorio para la concesión de la Laureada, pero aquello merecía más que una nueva Cruz Roja o incluso una de María Cristina, por  tanto, y siguiendo una costumbre de la época, se le concedió la Cruz de Carlos III libre de gastos por Real Orden Circular de 22 de agosto de 1899.

No podemos tampoco dejar de señalar la caballerosidad de Greene, consignando de paso que las tropas a su mando eran del 18° de Infantería regular, del 1° de California, 1° de Colorado, 1° de Nebraska y 10° de Pennsylvania.

 

Una valoración

 

Como es bien sabido, el conflicto no tardó en estallar entre los norteamericanos y los filipinos, aliados sólo circunstanciales frente a España. Los norteamericanos querían controlar las islas bajo su protectorado, los filipinos querían la independencia por la que tanto habían luchado.

Y esta nueva guerra, cuando apenas había finalizado la anterior, pues de hecho muchas tropas españolas seguían esperando la evacuación y la heroica guarnición de Baler continuaba su resistencia, nos ofrece una curiosa comparación con la anterior campaña, que puede servir para establecer una valoración  de la conducta de nuestras Fuerzas Armadas, tantas veces criticadas en exceso y con poca objetividad, como correspondía al amargo clima que siguió a la derrota del 98.

Las hostilidades entre americanos y filipinos se rompieron en la noche del 4 al 5 de febrero de 1899, y se prolongaron en durísima guerra hasta el 4 de julio de 1902, es decir, nada menos que tres años y cinco meses, tras los  que y finalmente, los EE.UU. consiguieron la victoria.

Para esa contienda las fuerzas americanas dispusieron de recursos materiales y financieros sin comparación con los que dispusieron los españoles en la campaña entre 1896 y 1897: nada menos  que 400 millones de dólares (por el tratado de paz compraron Filipinas por 20 millones) se gastaron en la guerra. No hay ni que hablar de la superioridad aplastante de las fuerzas navales americanas, comparadas con la escuadra de Montojo, además la de Dewey fue reforzada con nuevos buques, parte procedente de los EE.UU., parte con los cañoneros españoles supervivientes, que fueron vendidos a los nuevos dominadores tras la evacuación del archipiélago, dado su nulo interés para nuestra Armada, con los apresados o capitulados durante la campaña o con los hundidos y reparados posteriormente.

Pero el capítulo principal fue el Ejército, obviamente, prestando servicio a lo largo del conflicto más de 125.000 soldados americanos, de los que murieron en acción 4.200 (aparte del duro tributo impuesto por las enfermedades) y resultaron gravemente heridos otros 2.800. Ni que decir tiene que estas tropas estaban mucho mejor armadas y equipadas que las españolas, especialmente con profusión de ametralladoras, armas casi desconocidas en nuestro Ejército por entonces, artillería, etc.

A ellos se unieron las tropas auxiliares filipinas a su servicio, los “exploradores” y la “polcía”, con otros casi 20.000 hombres más.

La guerra conoció una primera fase de enfrentamientos regulares, que pronto ganaron las muy superiores fuerzas americanas, pero al pasar a la guerrilla, Aguinaldo y sus hombres dieron de sí todo lo que eran capaces.

Al mando americano no le quedó otra opción sino la de recurrir a las “aldeas estratégicas”, reconcentrando la población rural en campos fortificados y vigilados para aislarla de la guerrilla. Era la misma táctica que había empleado el Capitán General de Cuba, D. Valeriano Weyler en Cuba, y que tantos reproches y hasta acusaciones de genocidio había producido en los EE.UU. siendo uno de las excusas para su intervención militar. Claro que ahora, y pese a las críticas de alguna prensa independiente, la decisión les pareció muy diferente.

El coste para el pueblo filipino fue enorme, calculándose más de 20.000 muertos  entre los combatientes filipinos, y más de 200.000 entre los civiles, tanto por represalias como por las sórdidas condiciones de los campos de reconcentración, llamados por uno de sus generales “suburbios del infierno”. Incluso se recurrió en amplias zonas a la táctica de la “tierra quemada”, incendiando viviendas y cosechas, así como matando al ganado.

Aunque se procuró “echar tierra” a atrocidades cometidas por tropas americanas, al menos en 54 ocasiones llegaron a ser juzgadas éstas por tribunales.

Y finalmente, el acosado Aguinaldo sólo pudo ser apresado gracias a un acto traicionero, aunque la lucha siguió todavía largo tiempo.

Si comparamos estos datos con los de la campaña de Polavieja   que concluyó algo después de su marcha con el pacto de Biac Na Bató, creemos que podemos formarnos una idea de las efectividades reales de las tan denostadas Fuerzas Armadas Españolas y la de las tan enaltecidas de los Estados Unidos.

Y no sólo por los medios y hombres empleados y por el tiempo necesario en alcanzar la victoria, sino incluso por las bajas de ambas partes y los sufrimientos de la población civil.

Es cierto, y sin ello cualquier comparación carecería de rigor, que las fuerzas de Aguinaldo habían ganado mucho en experiencia, organización y armamento tras la corta campaña de 1898, en que se habían incautado de mucho armamento y munición a las tropas españolas que capitularon, y absorbido a muchos profesionales indígenas de ellas que se pasaron a sus filas.

Pero, incluso contando con estos factores, resultan muy llamativos los hechos y cifras expuestos, cuya exacta valoración dejamos al lector.

Finalmente, y como hemos visto, a comienzos de 1898 se dieron por pacificados los territorios de Mindanao y Joló, cuya población musulmana era muy refractaria a cualquier tipo de dominación. La guerra reactivó aquí igualmente la rebelión, debiendo empeñarse las tropas americanas a fondo desde 1902 a 1913 para conseguir su completa victoria.

   

Los últimos años de un soldado

 

Pero debemos volver a la narración de la vida de nuestro biografiado.

Repatriado tras la paz, el teniente Ovide volvió a la oscura vida de guarnición en España, con destinos en Cataluña y Baleares, hasta su pase a la reserva en 27 de febrero de 1925 tras casi 42 años de servicios. Sufrió la pérdida de su esposa a poco de la guerra, el 23 de marzo de 1899, pero contrajo segundas nupcias el 16 de marzo de 1909 con Doña Rosa Fort Puig. En 1903 aprobó el examen para el ascenso a capitán de Infantería, pero el casi colapsado escalafón de la época le impidió alcanzarlo hasta el 18 de diciembre de 1906. Nada menos que 11 años después ascendió a comandante, aunque había sido declarado apto para el ascenso en 1912, y por fin, el 2 de junio de 1917 llegó a teniente coronel, graduación con la que se retiró ocho años después. Pese a todo, no era poca carrera en la época para alguien que había ingresado en ella desde la clase de tropa.  Aparte de las recompensas ya mencionadas, recibió la Medalla de la Campaña de Filipinas, con los pasadores de Mindanao y Luzón, la Medalla de Alfonso XIII, la de Plata de los Sitios de Gerona, y la Cruz sencilla y la Placa de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

Pero recompensas aparte, D.Faustino Ovide mostró unas cualidades poco comunes: casado ya y con una hija, familia que le acompañó a Filipinas, y pasada la treintena en una época en que los años pesaban más que ahora, no dudó en solicitar destino en un por entonces lejanísimo ultramar, demostrando una insólita capacidad para el mando de tropas indígenas en un escenario que debía ser para él no ya exótico, sino fuera de toda experiencia y preparación anterior y por completo extraño. Y debemos recordar que su mando de pequeñas unidades, de sección a compañía, se dio en circunstancias bien exigentes, pues se trataba de misiones independientes o tan comprometidas como la vanguardia de una columna.

Cuando estalló la guerra del 98 y ya con un enemigo muy distinto, mostró nuevas capacidades en  la heroica defensa del blocao o con la decisión que mostró frente al decisivo ataque americano, en que no dudó en contraatacar a un enemigo crecido, mientras la resistencia y la moral de lucha españolas se derrumbaban a su alrededor. Y ello por no hablar de su valor personal, acreditado con las dos heridas que recibió en combate, ninguna de las cuales le hizo abandonar el mando y la lucha, o la pérdida de su caballo. Basten para confirmarlo las felicitaciones de sus más altos superiores y hasta el caballeroso homenaje de sus propios enemigos.

No tiene muchos paralelos el que un simple teniente consiga no menos de siete condecoraciones por méritos de guerra en apenas año y medio  de campaña, y dos de ellas de muy alto rango. Pero, y por encima de todo, para D. Faustino Ovide González tuvo que ser un motivo de legítimo orgullo y satisfacción personal el hecho de haber sido el último y denodado defensor de Manila, rechazando al victorioso enemigo y cesando sólo la resistencia ante órdenes superiores. 

Nuestro biografiado murió en Barcelona en enero de 1937, a los 73 años. En su esquela, publicada en “La Vanguardia”, no se hace mención alguna de su profesión militar ni de sus méritos, refiriéndose sólo a sus familiares. No eran tiempos propicios para ello en la España republicana, y menos en el enrarecido ambiente de Barcelona, en la que anarquistas y comunistas y republicanos no iban a tardar en enfrentarse violentamente entre ellos. Tal vez ello mismo haya contribuido a que su recuerdo haya permanecido en un casi total olvido.

180118 Esquela de Faustino Ovide

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                      BIBLIOGRAFÍA y FUENTES

 

ARCHIVO GENERAL MILITAR, Segovia. Expedientes Personales. D. Faustino Ovide González.

MILLETT, Allan R. y MASLOWSKI,  Peter, Historia Militar de los Estados Unidos. Por la Defensa Común, San Martín, Madrid, 1986, especialmente pp.321-331 y 356-357.

MOLINA,  Antonio. Historia de Filipinas, ICI, Madrid, 1984, 2 vols.

RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín Ramón, Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica, Actas, Madrid, 1998.

Del mismo autor.- La caída de Manila. Estudios en torno a un informe consular, Asociación Española de Estudios del Pacifico, Madrid, 2000.

SASTRON,  Manuel. La insurrección en Filipinas y Guerra hispano-americana en el archipiélago, Minuesa de los Ríos, Madrid, 1901.

TORAL,  Juan y José. El sitio de Manila en 1898. Memorias de un voluntario, Manila, 1898. 

Más información sobre este héroe en las siguientes páginas web:
Un historia denla Policía Nacional. D. Faustino Ovide González 

 

 

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