1921: La Legión salva Melilla de las garras de Abd-el-Krim

El 28 de enero se cumple el 97 aniversario de la fundación de la Legión española, originalmente bautizada Tercio de Extranjeros". El valor fue una de sus señas: su intervención en 1921 tras el desastre de Annual fue clave para salvar Melilla de los rebeldes de Abd-el-Krim.

170128 Legion

Una llamada despierta al comandante Francisco Franco en mitad de la noche. Es el 21 de julio de 1921, y lo que no sabe Franco es que se está produciendo el Desastre de Annual, en la zona de Melilla, al sublevarse los rifeños de Abd-el-Krim. Será una de las páginas más dolorosas en la historia del ejército español.

El teniente coronel José Millán-Astray ordena al joven Franco –jefe de la I Bandera de la Legión- que abandone Rokba el Gozal, al oeste de Marruecos, y se dirija al Fondak de Ain Yedida.

Las rifeños liderados por Abd-el-Krim están sembrando el caos en el Protectorado español. Las posiciones españolas cercanas a Melilla van cayendo una tras otra y la ciudad costera se antoja como objetivo final de los rebeldes. Un botín que ni legionarios ni regulares van a regalar como si nada.

El calor es sofocante pero ni siquiera el sol abrasador frena la caminata de la I Bandera de la Legión, que recorre 100 kilómetros a pie en apenas 30 horas.

Lo hacen con dificultad, exhaustos y sedientos, pero todos llegan al Fondak, la tierra prometida en la que al fin cogen un tren hasta Ceuta.

Los legionarios conocen la trágica noticia: los rifeños han logrado aniquilar a las tropas del general Silvestre en Annual. Dicen que han caído cerca de 10.000.

La terrible noticia golpea la moral de los legionarios, pero sólo por momentos… Millán-Astray les dedica una encendida arenga:

“¡Legionarios!, de Melilla nos llaman en su socorro. Ha llegado la hora de los legionarios. La situación allá es grave, quizás en esta empresa tengamos todos que morir. ¡Legionarios!, si hay alguno que no quiera venir con nosotros que salga de filas, que se marche, queda licenciado ahora mismo… ¡Legionarios!, ¿juráis todos morir si es preciso en socorro de Melilla?”. Todos responden: “¡Sí, juramos! ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva La Legión!”.

Empujados ladera arriba

Allí se encuentran con el batallón del Regimiento de la Corona y los regulares, que llegan desde Málaga y Ceuta respectivamente. El día 26 de julio el general Sanjurjo toma el mando de la defensa de Melilla.

La empresa no es fácil: el enemigo ha ocupado posiciones en el cercano monte Gurugú desde el que castiga con fuego de cañón y fusil las posiciones españolas.

Es el momento de los legionarios, que demuestran su gallardía en combate. La 5ª compañía de la II Bandera resiste en un blocao la lluvia de balas procedente de las laderas del Gurugú. 

Los rifeños tienen todas las de ganar: conocen el terreno, muy propicio para el emboscada, y aguardan el momento de tomar los convoyes que parten desde Melilla.

El 8 de agosto los moros atacan por sorpresa uno de ellos pero legionarios y regulares no se arredran y, a pesar de la desventaja, rechazan la ofensiva empujándolos ladera arriba.

“Sólo alabanzas hemos oído de las cualidades militares y dotes de mando de este jefe que defendió la posición de Sidi Hamed”, escribe Franco del comandante Arias

El comandante Franco da testimonio de la gesta -no será la única- en su obra Diario de una Bandera: “En uno de los convoyes a Sidi­ Hamed el enemigo nos prepara una fuerte emboscada. Es el día 8 de agosto. Al efectuar el paso por la segunda caseta y cuanto toda la Legión ha entrado en el camino, una nutrida descarga hecha sobre nuestros caballos nos sorprende. Al momento, la fuerza se ha tendido y rompe el fuego sobre las peñas y chumberas de la barrancada, los legionarios y regulares escalan rápidos las laderas, y el enemigo huye escarmentado, el fuego ha sido intenso, pero milagrosamente sólo nos han matado un perrito”.

Cuadro que representa la derrota de los españoles a manos de Abd El Krim.
Cuadro que representa la derrota de los españoles a manos de Abd El Krim.

 

En la defensa de Sidi Hamed destaca el comandante Arias, jefe de la posición y del batallón de Toledo. “Sólo alabanzas hemos oído de las cualidades militares y dotes de mando de este jefe que defendió la posición de Sidi Hamed”, escribe Franco.  

Que viene el tren

Todas las unidades de la Legión que pasan por este destacamento muestran un valor extraordinario. Algunos rozan la heroicidad, como el puñado de hombres que resiste durante la noche del 17 de agosto en el blocao de Dar Hamed, más tarde bautizado como “de la muerte”. 

Apenas 12 legionarios a las órdenes de un cabo parapetados detrás de unos sacos terreros aguantan la embestida rifeña nocturna: los autóctonos aprovechan la superioridad numérica y la incertidumbre que otorga la oscuridad.   

Esta ventaja, sin embargo, no es suficiente para tumbar a los legionarios, que aguantan toda la noche el asedio de los hombres de Abd-el-Krim. Con el amanecer los atacantes quedan al descubierto y pierden el factor sorpresa: se retiran.

Regimiento de Alcántara
El Regimiento de Alcántara protagonizó una carga heroica en el desastre de Annual / (Augusto Ferrer-Dalmau).

 

De inmediato llega una columna de refuerzo en el momento más oportuno. Lo que ven al llegar es lo más parecido a una escena de película: los legionarios, casi todos heridos, siguen en sus puestos en lo que queda de blocao. Las alambradas están deshechas, los sacos terreros esparcidos por el suelo y la munición escasea. Todo ello propicia que el cabo sea ascendido a suboficial legionario.

A la semana siguiente más de lo mismo: el 23 de agosto las banderas legionarias atacan las barrancadas de Frarhana, muy cerca de Zoco el Had, y dos días después hacen lo propio en Tizza, algo más lejos.

Esto requiere la ayuda de provisiones a través de los convoyes. El enemigo lo sabe y espera agazapado para atacar el tren blindado que sale desde Melilla para abastecer Sidi Amed y el Atalayón.

Los rifeños no han dicho la última palabra

A los legionarios les toca ahora escoltar el tren que regresa a Melilla. Los rifeños llegados desde Nador aguardan cerca de las vías y atacan a los legionarios. Por suerte una sección legionaria aprovecha el talud de las vías para salir de allí sin ser vista por el enemigo. El factor sorpresa cambia de bando y los españoles atacan a la bayoneta aprovechando la irrupción del tren, desde el que se hace fuego contra los hombres de Abd-el-Krim.

Dar Hamed suceso terrero
Homenaje al cabo Suceso Terrero López por su heroica defensa del blocao de Dar Hamed / Ejército de tierra

 

Apenas unos días después los legionarios son reemplazados con la satisfacción del deber cumplido: Melilla sigue siendo española.

Pero los rifeños no han dicho la última palabra. Un mes después Dar Hamed vuelve a ser hostigado. El 13 de septiembre llega a la guarnición una sección reducida de la Brigada Disciplinaria de Melilla a las órdenes del teniente Fernández Ferrer.

Dos días después las bajas son numerosas en el blocao español. La gravedad de los hechos obligan al teniente a pedir refuerzos. Poco después él mismo muere alcanzado por la metralla.

La petición de socorro llega a la guarnición legionaria de la segunda caseta y el teniente del tercio Agulla Jiménez-Coronado pide permiso para acudir a Dar Hamed, pero el mando lo cree muy arriesgado, así que sólo envía a un pelotón de 15 hombres al frente del cual está el cabo en funciones Suceso Terrero López.

Es la hora del legionario Suceso Terrero, al que el deber llama en el momento más crítico: nadie parece a salvo de la muerte ante un enemigo que, superior en número y munición, ataca el blocao de Dar Hamed

Muerto el teniente Fernández Ferrer queda al mando del blocao el suboficial Cadarso, que dirige la defensa incluso tras haber sido herido en la cara. Poco después un disparo de artillería impacta en el blocao y Cadarso muere. Al frente se coloca el cabo Sergio Vergara, del Batallón Disciplinario, pero corre la misma suerte que el primero.

Es la hora del legionario Suceso Terrero, al que el deber llama en el momento más crítico: nadie parece a salvo de la muerte ante un enemigo superior en número y munición. Los legionarios luchan hasta la última gota de sangre y así se lo hace saber al mando en la segunda caseta, a la que llegan como mensajeros el legionario Miralles y el soldado Mediel.

Los cuerpos sin vida de los héroes

Es cuestión de horas que el blocao Dar Hamed salte por los aires. Con la esperanza de llegar antes de que eso ocurra desde la segunda caseta parte veloz una fuerza de legionarios al mando del sargento Valle.

El esfuerzo es en vano: al llegar a Dar Hamed la artillería rebelde -aunque ya en retirada- ha acabado con el blocao y allí no hay más que los cuerpos sin vida de unos héroes que lograron frenar el avance hacia Melilla.

La Legión apenas tiene un año de vida, pero su leyenda acaba de comenzar. Su bautismo de fuego en Marruecos ha sido exitoso dentro del desastre general de Annual, y eso lo sabe el fundador, Millán-Astray, que entona unas emotivas palabras a los “más preclaros héroes de la Legión”.

“Al mando del cabo Suceso Terrero, marcharon voluntarios al blocao de la muerte, en Melilla, y en él perecieron gloriosamente entre sus escombros cuando fue destrozado por el cañón enemigo; estos heroicos legionarios cumplieron con el espíritu de acudir al fuego, que nos manda nuestro credo. Son gloriosas las hazañas de la primera y segunda banderas en Melilla, y cada día escriben una nueva página, que aumenta nuestros laureles”, recita orgulloso Millán-Astray.

 

 

 

 

 

CORSARIOS Y PIRATAS VASCOS

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Cuando los piratas y corsarios vascos sembraban el pánico a ambos lados del Atlántico


Todos conocemos a Blas de Lezo, Juan Sebastián Elkano, Miguel López de Legazpi, Andrés de Urdaneta… Grandes navegantes de origen vasco y fama mundial que conforman un importantísimo capítulo de la Historia Universal.
Sin embargo, también existieron lobos de mar de peor fama, piratas y corsarios vascos temidos y sanguinarios que hacían temblar a los buques europeos, y cuyas fechorías también han aportado mucho a la historia marítima.

Corsarios y Piratas


Antes que nada, conviene aclarar los conceptos de corsario –o corso- y pirata. Aunque en esencia la actividad sea la misma, los corsarios eran “legales”, por así decirlo; se ajustaban a una serie de formalidades, recogidas en las cartas de marca o en las patentes de corso que los monarcas otorgaban a los capitanes de las embarcaciones. Consistían en permisos para saquear barcos enemigos, una actividad controlada por las autoridades.
Por otra parte, la piratería se practicaba al margen de los ordenamientos legales y era –y sigue siendo- una auténtica lacra para el comercio marítimo de la época.

He aquí la patente de corso otorgada a la fragata donostiarra “Nuestra Señora del Rosario”, en 1690.


“En virtud de la presente, permito al dicho capitán, Pedro de Ezábal, que en conformidad de las Ordenanzas del Corso, de 29 de diciembre de 1621 y 12 de septiembre de 1624, puede salir a corso con la referida fragata gente de guerra, armas y municiones necesarias, y recorrer las costas de España, Berbería y las de Francia, pelear y apresar los bajeles que de la nación francesa encontrare, por la guerra declarada con aquella Corona; y a los demás corsarios turcos y moros que pudiere; y a otras embarcaciones que fueren de enemigos de mi Real Corona, con calidad y declaración que no pueda ir ni pasar con su fragata a las costas del Brasil, islas de las Terceras, Madera y Canarias, ni a las costas de las Indias con ningún pretexto…Dada en Madrid, a 28 de agosto de 1690. Yo, el Rey”.


 

Algunos hitos históricos del corso vasco

Ya en 1304 los piratas vascos se echaban a la mar para asaltar barcos mercantes. Los primeros piratas conocidos fueron Antón de Garay y Pedro de Larraondo, ejecutados por piratería en el Mediterráneo en los siglos XIV-XV.
En el siglo XIV, Eduardo III de Inglaterra se enfrentó a los corsarios y piratas vascos, temidos en las costas europeas. Así relataba el monarca:

“Tanta es su soberbia que habiendo reunido en las partes de Flandes una inmensa escuadra, tripulada de gente armada, no solamente se jactan de destruir del todo nuestros navíos y dominar el mar anglicano, sino también de invadir nuestro Reino”.


 


En un primer momento los piratas y corsarios, actuaban hasta el Canal de La Mancha, en Inglaterra; pero poco a poco fueron extendiéndose hasta el norte de Europa, las costas americanas y las costas de Berbería en el norte de África.
San Sebastián y Hondarribia fueron las dos principales plazas corsarias de la península ibérica en el siglo XVII, auténticos nidos de corsarios. Las tripulaciones de las embarcaciones corsarias eran proporcionalmente más numerosas que las que incluían las embarcaciones de la Armada Real.
Fue la época dorada del corso y los vascos, especialmente guipuzcoanos, estaban a la cabeza por su estratégica situación: muy cerca de Francia, el enemigo, y en plena ruta comercial que comunicaba la Península con los puertos europeos.


Entre el siglo XVII y el siglo XVIII, los vascos fueron los principales corsarios de las aguas europeas. El señorío de Vizcaya contaba nada menos que con 77 buques corsarios. Obviamente, la población vasca no era tan numerosa como para llenar todos esos buques, por lo que se solía recurrir a levas.

Cuando estalló la guerra de Holanda, en 1621, y hasta 1635 fecha en la que comenzó la guerra hispano-francesa, las dos localidades guipuzcoanas se convirtieron en las principales suministradoras de corsarios al servicio del rey.

¡Al abordaje!


El método más utilizado por los piratas y corsarios vascos era el abordaje –cómo no- combinado con el uso de artillería. Sin embargo, aunque sí eran violentos, no iban excesivamente armados, ya que no les interesaba destrozar el barco apresado, pues luego tenían que venderlo. Normalmente preferían el merodeo al acecho, es decir, navegar en busca de presas en vez de esperarlas en un punto fijo, aunque se combinaran las dos tácticas.
Tras el apresamiento de los buques, siempre se celebraba una vista para decidir si había sido legal o ilegal. Si era ilegal, se devolvía la carga. En el caso de la piratería, nada de esto ocurría, pues se trataba de una actividad al margen de la ley.



En cuanto a las víctimas, sólo un bajo porcentaje de quienes sufrieron ataques en el mar sobrevivió a las tropelías de los vascos, que eran principalmente abandonados en islas desiertas. Otros, hábiles navegantes, eran obligados a formar parte de la tripulación pirata.
Muchos corsarios ejercieron la piratería, bien por llevar la licencia caducada, porque decidieron ir por libre, por no esperar a la bula real, o en periodos de paz entre España y sus enemigos.

Los piratas vascos más temidos




No fueron pocos los piratas vascos de temida fama. Lope de Aguirre, apodado El Loco o El Tirano, fue uno de los corsarios vascos más crueles. Puso rumbo a Perú en busca de los tesoros que escondía el país, donde se ganó una oscura fama gracias a su violencia y crueldad. Fue condenado por un juez a ser azotado públicamente por incumplir las leyes que protegían a los indios (1551), y decidió vengarse de dicho juez persiguiéndolo hasta matarlo.
En 1560 emprendió otra expedición junto a Pedro de Ursúa en busca de las legendarias riquezas de El Dorado, pero al no toparse con tesoro alguno, enfadado, organizó un motín para asesinar a Ursúa y tomar el mando de la expedición, siguiendo con los crímenes por el Amazonas. Durante 10 meses Lope de Aguirre llegó a asesinar a 72 personas de su expedición que él consideraba que no eran útiles o que no cooperaban en la empresa.



Michel Etchegorria, apodado Michel le Basque, fue un pirata vasco-francés que sembró el terror en las costas del Caribe a mediados del siglo XVII. Según cuentan, tenía por costumbre arrancar el corazón de sus víctimas y comérselo cuando aún palpitaba.


Pedro de Larraondo fue un mercader bilbaíno reconvertido a corsario, uno de los primeros corsarios conocidos. Solía ser víctima de los saqueos de los catalanes, por lo que decidió hacerse pirata y ser el terror de quienes le habían acosado. Durante el siglo XIV sembró el pánico en el Mediterráneo.

Finalmente, los catalanes decidieron pactar con los enemigos naturales, los moros, para así deshacerse del bilbaíno de una vez por todas. Existen varias versiones sobre su apresamiento final. Hay quien cuenta que fue capturado por los barceloneses y entregado a los moros, y quien dice que fue un barco árabe, armada del Sultán, quien lo apresó. El Sultán le ofreció el perdón a él y a su tripulación a cambio de que se convirtieran al Islam. Pero Larraondo se negó, y fue decapitado.

IÑIGO ARTIETA



Natural de Lequeitio, se dedicó a la construcción de barcos y comercio por el Mediterráneo. Durante estos viajes realizó también actividades corsarias como apresamientos de naves. También compraba tanto telas como otros artículos por encargo de la Iglesia de Santa María de Lequeitio.


En 1482, Iñigo de Artieta cargaba su nao en el puerto de Palermo con paños de comerciantes genoveses, cuando tuvo que enfrentarse a Luis de Pexo que trataba de impedir la transacción por considerar a los genoveses enemigos de la Corona Española. En la pelea Artieta se apoderó del barco de Pexo. Los armadores de barcos lequeitianos pagaban el 1% de sus beneficios a la fábrica de Santa Maria de Lequeitio, Iñigo Artieta declaró 500 ducados de beneficio por el citado apresamiento del barco de Luis Pexo, por lo que ingresó 5 ducados a la fábrica de Santa María.



El 20 de septiembre de 1487, el Teniente Preboste de la villa de Lekeitio se presentó en la torre de Iñigo de Artieta con una carta de los Reyes Católicos donde se le acusaba de haber asaltado y robado, cuatro meses antes, todas las mercancías de un barco propiedad del rey de Nápoles que se encontraba en el puerto de Otranto (Reino de Nápoles), ascendiendo todo lo robado a 60.000 ducados de oro. La defensa del corsario fue, que había sucedido el 12 de febrero de 1486, que el apresamiento se había producido en la costa de Tarento (Reino de Nápoles) y que el barco era propiedad de Cide Amed, moro alejandrino. Por este apresamiento, Iñigo de Artieta, declaro 5300 ducados de beneficio, por lo que ingresó 53 ducados a la fábrica de Santa María

VICENTE ANTONIO DE ICUZA Y ARBAIZA


Natural de Erenteria donde nació en 1737.


A los 20 años embarca en un navío guardacostas de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. En abril de 1765 el Gobernador y Capitán General de la Provincia de Caracas le concede patente de corso, con categoría de Capitán Comandante.


En 1772 es nombrado Comandante de Corsarios. Capitaneó varios barcos, como Nuestra Señora de Aranzazu, Nuestra Señora del Coro y La Prusiana.



En 1782 regresa a España, desembarcando en Cádiz, y un año más tarde es nombrado Teniente Coronel de Infantería. Murió en 1785, en Santa Marta de Colombia.

SÁNCHEZ DE ARBOLANCHA


 


Fue asesinado en 1424, en las costas de Portugal, cuando lo abordaron los genoveses, quienes echaron al mar a toda la tripulación.


Pero los puertos eran un terreno abonado al espionaje, y pocas cosas se podían ocultar por mucho tiempo. El hijo de Arbolancha esperó ocho años en tramar la venganza. Quizá el paso del tiempo hizo sentirse confiado a Luquetio Genovés, que era el capitán de las naves piratas responsables del asesinato. El caso es que el vizcaíno lo mató en las mismas gradas sevillanas de Santa María.



Los episodios rocambolescos se sucedían en aguas tan turbulentas y con legislaciones poco estables y claras. 

GASPAR ANTONIO


Soldado en el presidio de Fuenterrabía, al pedir su parte correspondiente de los beneficios obtenidos por las capturas del San Joseph, fragata de guerra, relata que el encuentro del que se derivó la ganancia se produjo en las costas rebeldes de Portugal.


Se apropiaron de dos navíos franceses con carga de azúcar y diacitrón, provenientes de Madeira y con Saint Malo y La Rochela como destino, y de otra fragata inglesa que dichos franceses traían a su vez apresada y cuyo cargamento consistía en vinos de Málaga.


Ante semejante situación, el soldado-corsario aventura que la actuación de la dicha fragata inglesa parece piratería, pero no cuestiona su propia postura y legalidad en un asunto en el que hicieron negocio de carambola, robando a ladrones. 

 



JUAN ARRIOLA


Fue un donostiarra que salió con un barco de guerra a corso el año 1630 y trajo varias presas.


Una de las presas llevaba mercaderías enemigas pues procedían de Irlanda, país aliado de Inglaterra. Se trata del barco San Buenaventura, y aunque es época de paz, y el barco sea francés, resulta que la hacienda es irlandesa, lo que ya la convierte en posible y legal botín.




ALONSO DE IDIÁQUEZ



Superintendente de la Escuadra del Norte y armador de Pasajes.


Nació en Amberes entre 1594 y 1596 cuando su padre era teniente de la fortaleza. Padre vasco y madre santanderina. Tras una carrera militar en los tercios de Flandes, hacia 1620 fue nombrado Superintendente de Fábricas y Plantíos de Guipúzcoa. Desde entonces residió en Pasajes.


Como armador se interesó en el corso en 1623 y en varias ocasiones propuso varios proyectos. Hasta que no sugirió una escuadra armada por particulares y apoyada por empréstitos reales, no lo escucharon.


Real Orden de 24 de enero de 1633 por la que se nombra a Idiáquez superintendente de la Escuadra del Norte. Se le llegaron a ceder atribuciones para conceder patentes de corso. La escuadra inició sus ataques a los holandeses bajo el mando de Lizardi.


Idiáquez construyó y armó tanto galeones como naves menores con hombres como Francisco de Escorza o Cristian de Echevarría al frente. Entre 1633 y 1635 se habían armado en la escuadra 32 bajeles y se habían tomado 47 presas buenas.


Tras la derrota de España en las Dunas, la carrera de corso comenzó a tener problemas. La Corona exigió la devolución de los empréstitos para armar barcos reales y la acción de los guardacostas y buques de guerra holandeses complicaron la vida corsaria.


Como recompensa de todos sus servicios pidió en 1641 y en 1643 el título de vizconde. No se le concedió, como tampoco el de capitán general de la Armada del Norte (la Real, no la Escuadra que dirigió él mismo) o de la de la provincia de Guipúzcoa.


Murió en Pasajes en 1645. Fue la figura esencial para la creación y desarrollo del corso en el Cantábrico.


PEDRO DE EZABAL

Vecino de San Sebastián, fue almirante de una fragata de guerra de 42 piezas de artillería, llamada Nuestra Señora del Rosario y Ánimas, construida para la seguridad de la costa guipuzcoana y su comercio marítimo en 1690. Apresó diferentes embarcaciones franceses del mar Cantábrico.




PEDRO AGUIRRE


Alias el Campanario, originario de San Sebastián. De simple paje en el galeón “Jornada de Inglaterra” pasó a capitanear un navío de 150 toneladas y en 1623 el buque corsario “San Pedro”, con una tripulación de gentes de mar y de tierra muy experimentada. Con el botín obtenido de sus correrías fletó un barco mayor que se convirtió en la pesadilla del Canal de la Mancha.


La Corona española recibió muchas quejas de los armadores extranjeros, acusando a Aguirre de maltratar a las tripulaciones apresadas. La Corona no sólo no lo amonestó, sino que le dio permiso para apresar naves en las playas abiertas de Francia e Inglaterra. En 1630 es mencionado como capitán de infantería y de mar en la nueva flota de corso del duque de Maqueda.


Pedro Aguirre nunca fue apresado.



JUAN BERNARDO LIZARDI



Había servido desde 1618 en diversas armadas reales hasta que en 1633 se inclinó por la carrera de corso al frente de cuatro naves.


En una de sus incursiones se topó con cinco navíos holandeses y cuatro franceses armados con cañones de bronce. El capitán Lazardi, con astucia y valor, abordó la nave capitana con sus hombres ante la atónita mirada de sus enemigos, mientras sus otras naves capturaban otro de los navíos de trescientas toneladas.


La acción le valió el reconocimiento real y le encargaron misiones más peligrosas.


En 1637 llevó cinco galeones a La Coruña para la escuadra corsa de Lope de Hoyos. En 1638 se halló entre los socorros que enviaron durante el sitio de Fuenterrabía, bajo el mando de otro corsario, Francisco de Escorza, y participó en la batalla naval de las Dunas.


Fue de los pocos que consiguió el título de capitán de mar y guerra de un galeón.



PEDRO DIÚSTEGUI


                                                    

Tras años de servir en la Armada Real y de practicar el corso, en 1631 el mal tiempo le obligó a refugiarse en Belle Île con varias presas. Sorprendido por tres navíos de la armada francesa entró en combate en alta mar. El vasco Diústegui se rindió, pero los franceses lo asesinaron en su propia cámara junto al piloto, el condestable y varios marineros. Enviaron al resto a galeras, salvo al capellán, el cirujano y uno de los hijos de Diústegui, Agustín, que escaparon.

En 1638, el armador Zárraga menciona como presos al remo para un canje a otro hijo de Diústegui que navegaba como teniente, al maestre y al contramaestre (hijo del almirante Pedro de Londres). En 1639, estos hombres obligaron a la galera francesa donde se encontraban como galeotes a rendirse ante la española Santa Bárbara que los encadenó de nuevo hasta que llegó el indulto.


La viuda de Pedro Diústegui pasó miseria al no serle concedida una pensión de limosna.



AGUSTÍN DIÚSTEGUI



Fue uno de los armadores más importantes de San Sebastián a mediados de siglo. Tras la aventura con su padre en 1631 y su huida, sólo se sabe que participó en el corso hacia 1636. Vuelve a haber datos concretos en 1652 como armador reconocido y asentado.


Su éxito fue espectacular y en 1664 adquirió el grado de capitán general de la Armada de Barlovento, gracias al préstamo de 50.000 pesos a la Corona. Falleció en Madrid en 1670 en la parroquia de San Martín.


FRANCISCO DE ESCORZA


Sirvió durante más de veinte años como cabo de la escuadra del norte de Idiáquez. En 1633 mandó el navío San Lorenzo y barrió el canal de La Mancha. En uno de los viajes a Flandes con despachos reales fue perseguido por los enemigos y encalló en Gravelinas, para salvar los despachos los llevó sobre la cabeza nadando hasta tierra.


Le entregaron un nuevo barco, La Liebre, con el que logró numerosas capturas. Durante el sitio de Fuenterrabía, entró con socorros y se quedó a ayudar como cabo de nueve chalupas con las que salió a recoger información sobre el enemigo.


En su larga trayectoria apresó a más de cien navíos, saliendo victorioso de todos los combates que entabló. Idiáquez pidió el título de capitán de mar y guerra para Escorza, pero no se le concedió.


Falleció peleando contra un navío holandés que retornaba del Brasil entre 1643 y 1647. Casado con doña Gracia de Garate, tuvo dos hijos y una hija, a la que se le concedió como limosna tres reales diarios y una plaza para el menor de los hijos.

 



CRISTIAN ECHEVARRÍA


Nació en Roscoff, Bretaña, y se asentó y casó en San Sebastián. Fue uno de los cabos y armadores más activos y estaba muy relacionado con Idiáquez. Armó 10 navíos de guerra y apresó a más de 36 barcos holandeses, ingleses y franceses.


Tuvo dificultades con la Corona por su nacionalidad francesa. En 1635 se le embargó alhajas y parte de una presa por esta causa. En 1641 suplicaba que no se le embargara de nuevo y que se le tuviese por natural del reino. Fue recomendado por Idiáquez.


En 1644 capturó un navío inglés con tabaco de contrabando y se vio obligado a entrar en Castro Urdiales, donde el alcalde se apropió de la cuarta parte por ser contrabando, además de apresar al subdelegado de Idiáquez. El propio Idiáquez intervino y exigió que se castigase el exceso del alcalde. Sin embargo, el fiscal le dio la razón al alcalde de Castro y lo consideraron contrabando.



FRANCISCO DE ZÁRRAGA BEOGRÁN

 


Hijo de un armador de cierta importancia. Se dedicó al corso e hizo suficiente fortuna como para armar su propia escuadra que tomó el nombre de Escuadra del Rosario, en 1641. En 1642 pedía los títulos de capitán de mar y guerra para sus capitanes, entre los que se encontraban dos hijos de Pedro Diústegui.



A la muerte de Idiáquez pidió la Superintendencia de la Escuadra del Norte, pero no recibió contestación.

 

 

 

Monumento a los corsarios y navegantes vascos en Bidarte (Lapurdi)

 

 

 

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161216 Ultimos de Filipinas

 

1898. Los últimos de Filipinas o como enturbiar la Historia

 
 
Por Jesús Villanueva Jiménez (Publicado en La Opinión el 12 de diciembre de 2016).
 
 
          En estos días se expone en los cines españoles la película 1898 Los últimos de Filipinas, del productor Enrique Cerezo, dirigida por Salvador Calvo, basada en una gloriosa página de nuestra Historia, escasamente conocida. Yo, como tantos, creí una magnífica iniciativa llevar a la gran pantalla esta Gesta, como hacen desde siempre y de continuo tantos realizadores anglosajones. Bien es cierto que me temía lo peor -pues muchos precedentes hay al respecto-, y es que la historia se distorsionara, mostrando una versión acorde con la ideología progre que domina el panorama cinematográfico de nuestro país. Es decir, hagamos que la heroicidad de unos patriotas no sea otra cosa que el borreguil comportamiento del ganado que conduce al matadero el descerebrado líder. Porque eso es lo que plantean el guionista y el director de la cinta. 
 
          Desmenucemos el despropósito. El 30 de junio de 1898, en Baler se hallaban tres oficiales (incluido el teniente médico), y 54 cazadores, además de un fraile al que se unieron dos más, al poco del comienzo del ataque tagalo. Para empezar, en la película se nos presenta un franciscano -que interpreta Karra Elejalde- adicto al opio, que induce a fumar a un soldado; y se sugiere que, al saberse enfermo de beri-beri el religioso, acelera su trágico final con una dosis extra de droga. ¿A cuenta de qué se plantea esta circunstancia? ¿Será que queda muy chulo mostrar un misionero drogata? Por cierto, Karra Elejalde declaró que se alegra de que en la actualidad solo aquellos que gusten de “dar o recibir órdenes” lleguen a verse en esas circunstancias. ¿Dar o recibir órdenes? ¿Se referirá Elejalde al cirujano que da órdenes al sanitario que le asiste en el quirófano, las cuales atiende de inmediato el sanitario, conscientes de la vida que tienen en sus manos? ¿O quizá al director de orquesta que, batuta en mano, “ordena” que entren tales o cuales instrumentos, en plena interpretación musical, a cuyas órdenes obedecen los maestros todos a una? ¿O es que el fraile drogata hizo y deshizo en la película según le vino en ganas, sin atender a las “órdenes” del director? ¿Será que la memez la soltó el actor aún con el efecto residual del último colocón opiáceo?
 
          Sigamos desmenuzando el despropósito. Aparece en escena el sargento Jiménez (Javier Gutiérrez) -personaje de ficción, pues no existió-, individuo psicópata sanguinario que afirma que “matar envicia”, y que se pasa el tiempo conspirando contra el capitán Enrique de las Morenas (hasta que éste muere), al oído del teniente Martín Cerezo, que se lo permite. Sujeto que, de un machetazo, echando espumarajos por la boca, amputa el brazo a un desertor, y que, en su “coherencia”, comienza la película gritando ¡Viva España!, para terminar la misma espetando un “mierda España”. Dado lo despreciable del inventado personaje, que deseara que un cocodrilo se comiese al perro del capitán es una minucia. ¿A cuento de qué viene este personaje detestable? ¿A sumar al menosprecio que se vierte sobre los héroes de Baler en esta película? No veo otra razón.
 
          Desmenucemos más. Se presenta un teniente Saturnino Martín Cerezo como un hombre obcecado irracionalmente con no rendir la plaza. Tan obcecado que, antes del ataque tagalo, ya se muestra una escena en la que el capitán De las Morenas le dice a Cerezo, a modo de reproche visionario, “En la guerra hay dos tipos de militares, los que quieren medallas y los que quieren volver. ¿Cuál de ellos es usted?”, a lo que responde el interpelado que él es de los primeros. ¡Cómo no! Por tanto, el cineasta pone en boca de De las Morenas una afirmación contundente, que no deja lugar a otras posibilidades. Se me ocurre, por ejemplo, que un militar ame a su patria, y sea consciente de la responsabilidad que en él se deposita, tales como la defensa de la integridad de la misma y la seguridad de sus compatriotas. ¿O es que, quizá, no comprendan estos cineastas que haya hombres y mujeres con honor, y con orgullo de vestir el uniforme de nuestro Ejército, y enarbolar la bandera de nuestra Nación en nuestro suelo o en las misiones encomendadas lejos de España, sin pensar sólo en medallas o en volver a casa? Pues no, señores cineastas, los hay y son la inmensa mayoría. 
 
          Martín Cerezo, el de verdad, el auténtico, creyó falsas aquellas informaciones que apuntaban a que el Gobierno español había firmado un acuerdo de cesión a EE.UU. de aquellas ultimas posesiones en ultramar. Porque de no creerlas ciertas y haberse tratado de un irracional obsesionado con no rendir sus tropas, no lo hubiera hecho cuando, en efecto, encontró en la prensa una noticia que no podía haber construido el enemigo (la del nuevo destino de un amigo íntimo en Málaga). Por el contrario, se hubiese mantenido hasta acabar muerto o hecho prisionero. Sin embargo, el guionista dibuja un ser encorajinado, que dice haber deseado estar lejos de España. Un hombre malvado que mata de un disparo a una joven prostituta filipina que canta en la distancia, aturdiendo a la tropa. Martín Cerezo, ateniéndose a las ordenanzas en tiempos de guerra, ordenó fusilar a dos desertores. Pero dudo mucho que lo hiciese como se muestra en la película, cuando ellos duermen. Y para colmo de despropósitos, el soldado protagonista (que interpreta Álvaro Cervantes), exige al teniente que reconozca que los tagalos tenían razón, cuando el oficial le informa (a él antes que a nadie) que ha descubierto la noticia que le saca de dudas. Claro está, cómo no, el teniente, muy afligido, agacha la cabeza. Es entonces cuando el soldado le amenaza con que a su regreso a España contará lo que allí ha pasado y hará todo lo posible para que le echen del Ejército. Y allí queda, compungido, el humillado oficial del Ejército español. Así trata el cineasta a nuestro héroe, a un hombre con honor, que no hizo otra cosa que cumplir con su deber; así trata al teniente Saturnino Martín Cerezo.
 
          Y es que aquellos héroes de Filipinas no fueron tales, según se presenta en la película, puesto que desde un principio actuaron exclusivamente obligados por la obcecación del oficial al mando. Porque ésto es lo que se plantea en la cinta desde que se hace el primer disparo. “Somos cincuenta tíos acojonaos metidos en una iglesia”, afirma un soldado, que deserta a las primeras de cambio. “No vais a morir por España, no… ¡Vais a morir por imbéciles!”, grita el desertor desde las trincheras enemigas. Lindezas como “cobarde”“inútil” y otras, dedicadas por el sargento Jiménez a los soldados, no paran desde que aparece este personaje, hasta la conclusión de la película. Los comentarios de los soldados, hombres humildes de finales del siglo XIX, parecen pronunciados por jóvenes imberbes del siglo XXI, que se cuestionan, desde un principio, qué hacen allí, lejos de sus casas. Ese es el planteamiento de Salvador Calvo, que afirma -como lo hacen algunos de sus actores- que su película es un canto al anti-belicismo. Y llegados a este punto, me pregunto por qué el señor Calvo, si quiere rodar una película con tal o cual mensaje -donde haya un personaje sanguinario y contradictorio, otro que se empecine sin sentido, y otros que actúen como le venga en ganas-, no escribe una historia, crea los personajes estrafalarios que se les ocurra, y la titula como le salga de las narices. Luego irán a verla cuatro o cinco, o miles, no sé. Pero no. Calvo, a sabiendas del tirón en taquilla que puede tener una película basada en tal Gesta, ávidos que estamos muchos españoles de ver cine donde se cuenten bien páginas de nuestra Historia, la utiliza a su libre albedrío, manipulando los hechos y ensuciando -una vez más de tantas otras en nuestro cine- la memoria de los héroes, menospreciando la Gesta de los últimos de Filipinas.
 
          Recomiendo la lectura del artículo de Miguel Ángel Noriega, "José Hernández Arocha, el héroe tinerfeño de 'Los últimos de Filipinas'", que se puede leer en la página web de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, (www.amigos25julio.com), donde se reproduce la carta que Hernández Arocha escribió, 21 años después, a un camarada superviviente de Baler, el mallorquín Antonio Bauza Fullana. En la misiva, le dice el canario al balear:
 
                    “Tú sabes muy bien que durante los 11 meses que duró nuestro martirio que es increíble, éramos los amigos inseparables, que nos contábamos nuestras penas, nuestras desdichas, nuestros sufrimientos, nuestras calamidades y nuestras amarguras ¡que eran muchas por desgracia!
 
                   Me dices en tu carta que soy un héroe y que debo estar entre laureles porque es la flor con que debo estar adorado; tú también, amigo Fullana, debes estar aún más que yo entre laureles, porque fuiste un héroe de verdad, un valiente y un mártir de nuestra patria.
 
                    Yo recuerdo, amigo Fullana aquél triste y amargo día en que hallándose el destacamento muerto de hambre, dispuso nuestro Jefe don Saturnino Martín Cerezo (dices muy bien en tu carta) el mil veces héroe y mártir de la Patria, una salida al bosque de uno de nosotros para ir en busca de unas hojas de calabacera para poder comer aquel día tan amargo y tú al oír que era menester que uno se separara (lo que nunca) de nuestro lado, para traernos que comer, dirigiéndote al Teniente te oí decir: 'mi Teniente, yo voy en busca de comida para V. y para el destacamento; sí muero, bien está, es por mi patria, pero si escapo viviré satisfecho de haber salvado la vida de todos mis compañeros (…)”.
 
          Y concluye nuestro paisano:
 
                    “Ven lo antes posible a verme que quiero abrazarte. No sé si tendré fuerzas para ello porque estoy muy viejo pero me conformo con que tú me abraces y entonces los dos juntos, eso sí que tengo ánimo para hacerlo, daremos ese grito que tú dices quieres repetir y que mientras viva no lo olvidaré jamás y aún antes de morir si tengo alientos lo gritaré: ¡Viva España! José Hernández Arocha. Taco (Tenerife) 19 Octubre 1919." 
 
          ¿Es ésta la carta que escribiría un hombre desencantado o asqueado de una experiencia de tal calibre y de su comandante? 
 
          En Baler hubo héroes conscientes de lo que hacían, los últimos de Filipinas; los miserables y descerebrados están en otra parte
 
 
No destroceis nuestros heroes
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