Blog del General Dávila

            En julio del año 1974 con motivo del ingreso del Caudillo en el hospital por una flebitis se aplica por primera vez el artículo 11 de la Ley Orgánica del Estado de 1967 y el Príncipe de España, Don Juan Carlos de Borbón, asume las funciones del Jefe del Estado. Un momento delicado. Aquellos días los ojos de ciertos personajes empezaron a bizquear; mientras un ojo miraba a El Pardo y sonreía, el otro miraba a La Zarzuela y hacía una mueca. Faltaba, acababan de asesinarlo, quien jamás dudó, quien siempre miró de frente, el intérprete fiel y justo de la voluntad de Franco: el Almirante Carrero Blanco.

            Y se notaba. Se notaba en el ambiente enrarecido de aquel Madrid que tomaba posiciones. La realidad del Príncipe Don Juan Carlos, en la que algunos nunca creyeron, se materializaba definitivamente. Hubo intentos para volver a jugar con las cartas marcadas que el Almirante descubrió en su momento, pero no se atrevieron.

            El 9 de agosto de 1974 Don Juan Carlos preside el Consejo de Ministros. El primero de su vida.  Lleva unas notas manuscritas con varios puntos a destacar. Lee, antes de comenzar la parte formal del Consejo, y lo hace recordando la figura de Franco:

            ‹‹Conocéis mejor que yo su gran personalidad y su obra. Pero quiero resaltar una característica suya que, a lo largo de su vida ha sido enormemente significativa y que está por encima  de todos los elogios o de todas las críticas que pudieran hacerse, y es, la serenidad con que ha afrontado todos los problemas que se le han presentado. En esta serenidad, está la clave de la confianza que en él tiene el Pueblo [sic] español. Esta Fé [sic] en su persona es fruto del acierto en las resoluciones, pero también de la tranquilidad en los momentos difíciles. Esta cualidad es la que Hoy [sic] más que nunca, debe presidir las decisiones, pues estoy seguro que será la clave del éxito en las etapas que se avecinan››. Significativos subrayados y mayúsculas.

            Aquello fue como un ensayo. Sirvió para probar los mecanismos de sucesión y ver las reacciones de unos y otros. También fue un susto, aunque breve. Las razones para asustarse, las de unos y otros, eran diferentes. Unos bizqueaban de El Pardo, otros, menos, de La Zarzuela; el Pueblo en mayúscula, como lo escribió el Príncipe, estaba en su sitio, el más sensato. Todo duró algo más de cuarenta días. Están por escribir.

            Jueves 30 de octubre de 1975. La situación es muy distinta

-¿Qué tengo? Pregunta Franco. Se hace un eterno silencio. Desconcierto, ¿quién responde?

-Ha padecido usted un infarto de miocardio y, además, una complicación intestinal grave.

            Franco se queda en silencio. Después, emocionado, dice con energía: -¡Artículo 11; que se aplique el artículo 11!

            Franco dejaba de ser Jefe de Estado. Hace ahora cuarenta años.

            Así lo cuenta su médico de cabecera, el doctor Vicente Pozuelo Escudero, en el libro: ‹‹Los últimos 476 días de Franco››.

            A las tres de la madrugada del día 2 de noviembre la hemorragia se agudiza. Franco pasa el día en la cama de su dormitorio, sondado, medio inconsciente. Por la tarde hay un momento en que entre la sonda y la faringe un coágulo le impide respirar. Se lo extraen pero no se puede detener la hemorragia. Hay que operar, urgente, no hay tiempo. El Regimiento de la Guardia de SE. está pegado al Palacio y en su botiquín hay un quirófano que nunca se ha usado como tal. El equipo médico consulta a la familia y deciden el traslado a aquel vetusto quirófano.

            Muchas historias se han contado sobre el traslado de Franco. Lo que escribo es fruto de lo vivido por los que allí se encontraban y participaron, en uno u otro nivel, en los acontecimientos de aquellos largos días. Se lo contaré a grandes rasgos.

            Tomada la decisión se llama al Regimiento y todo se pone en marcha. Son aproximadamente las nueve de la noche. Un Simca1200 ambulancia, con matricula del Ejército de Tierra, sale hacia Palacio. De su interior, el conductor y algunos escoltas, extraen una camilla de lona que suben a la habitación de Franco. La colocan en el suelo, junto a la cama, y cogiendo los extremos de las sábanas ensangrentadas bajan a SE. hasta depositarlo en la camilla y trasladarlo entre cuatro hombres hasta el vehículo ambulancia. Franco va entubado, inconsciente, pálido, y sangrando por la comisura de los labios.

            Se ha ordenado cortar el suministro eléctrico en El Pardo y Mingorrubio, colonia donde viven los Guardias del Regimiento; toda la energía la necesita el quirófano.

            Primer y grave problema: el foco del quirófano lleva una clavija para enchufarlo tipo americano y los enchufes de la pared son de tipo europeo. Jamás se había probado. Son ya más de las diez de la noche. Se busca en la ferretería de El Pardo un adaptador. Pasa el tiempo, llega gente, todos preguntan. Están los Príncipes de España, los primeros, pendientes, inamovibles del lugar. Doña Carmen espera en Palacio. El equipo médico habla, discute y espera. Llega el material quirúrgico y… el adaptador para el foco. Aquel quirófano solo disponía de material digno de museo. Falta de todo, incluso para extraer la sangre que inunda al enfermo durante la operación se utiliza una jarrita de acero inoxidable de la cafetería del Regimiento. De El Pardo a Madrid no para de ir y venir un vehículo con plasma y suero. Es el conductor de este vehículo el que lleva al doctor Hidalgo Huerta a su domicilio una vez finalizada la operación. En el trayecto le pregunta sin rubor: -¿Doctor, como está el Caudillo?

            Regresa el conductor de dejar al médico y, rendido, se sienta en un banco, en la puerta del botiquín. No se da cuenta que hay dos personas sentadas junto a él; son los Príncipes de España.

-Perdón Altezas.

-¡Siéntese, por favor! Tiene que estar agotado. ¿Qué le ha dicho el doctor?, pregunta la Princesa.

-Señora, me ha dicho que tenemos Caudillo solo para cuarenta y cinco minutos.

            Durante la operación había llegado una ambulancia de la Seguridad Social, una Dogde Dart, para el traslado de Franco a Palacio. Está helada por dentro y durante un buen rato los escoltas intentan calentarla utilizando secadores del pelo.

            Todo, lo más parecido a una intervención en campaña. Eso sí, con más de veinte especialistas en aquél reducido botiquín. Los médicos sabrán. A las doce y media la operación había terminado. Franco era trasladado de nuevo a su cama en Palacio.

            Después llegaron días de tensa calma, en cualquier momento se podría precipitar el desenlace. No fueron 45 minutos los que sobrevivió a la operación como dijo el doctor Hidalgo Huerta, aunque él sabía muy bien lo que decía.

            La vida política en España se detuvo y algunos de sus más activos personajes quedaron aparentemente desconcertados  y desconcertantes. Entre bambalinas, hombres del segundo y tercer nivel lograron acuerdos y pactaron sosiego. En el primer nivel era más difícil.

            En todos los organismos de la Administración llevaban tiempo funcionado las llamadas  ‹‹Plataformas Democráticas›› de funcionarios – con más o menos visto bueno- y empezaron a dar señales de actividad con reuniones, cambios de punto de vista y actitud a tomar. En estas plataformas estaban desde Directores Generales a simples funcionarios.

            El día 5 de noviembre el estómago de Franco vuelve a sangrar. En la mente de todos está el dantesco espectáculo de la noche en el botiquín del Regimiento. No se puede volver a repetir semejante espectáculo. La situación se convierte de nuevo en un acto de vida o muerte. Una ambulancia le lleva a la Ciudad Sanitaria de La Paz donde directamente entra en el quirófano. Tres días después de vaticinar que le quedaban cuarenta y cinco minutos de vida, Franco estaba de nuevo en manos del doctor Hidalgo. Eran las cuatro de la tarde. Madrid se convertía en el centro de las noticias del mundo. Pero en la Ciudad Sanitaria de la Paz el espectáculo era folclórico. Curiosos, periodistas, médicos amigos de…, gente que se tenía que hacer ver, todos hablaban y difundían lo que no sabían, como si  de primera mano fuese su información. Solo una cosa era segura: Franco se moría. También se supo que el que allí mandaba era su yerno, el doctor Martínez-Bordiú.

            Está sedado pero consciente. El día 12 entra a verle Carlos Arias Navarro. Franco se da cuenta, no abre los ojos. Le ha molestado. No quiere ver a nadie. En cualquier caso nunca le gustó Arias Navarro. Fue un remedio impuesto por circunstancias personales y la debilidad de los últimos momentos.

            El día 15 de nuevo aparece la hemorragia. Una peritonitis gravísima. Vuelve al quirófano y a las manos del doctor Hidalgo.

            La mañana del día 16 el Príncipe recibe la noticia: la situación es irreversible. Está en fase terminal.

            Los siguientes días hay una gran angustia. Máxima tensión que produce fuertes discusiones, acusaciones y gestos torcidos. Ya no solo se piensa en la muerte de Franco sino en la posición a ocupar cuando fallezca. El día 18 ya está absolutamente inconsciente y el 19 se corre por Madrid que Franco ha muerto.

            A las seis y doce minutos del día 20 el ministro de Información y Turismo, León Herrera leyó el comunicado con la muerte del Caudillo.

            La noche del día 19 los escoltas de doña Carmen estaban, como siempre, en los sótanos/garajes del hospital de La Paz. Fue una sorpresa para ellos ver a doña Carmen que llorando se acercaba a ellos. Sin intermediarios, directamente, de manera insólita, doña Carmen entra en los garajes y se dirige a su jefe de escolta: -Vayan a El Pardo y recojan una caja que allí les entregarán.

            Era el uniforme de capitán general de gala del Caudillo, la mortaja. Aquella noche, sobre las 2200 horas el uniforme llegó al hospital de La Paz. No debía, ni podía, haber indiscreciones hasta el momento acordado.

            Franco dejaba de ser Jefe de Estado. Definitivamente.

            Se establece la seguridad de la muerte a las 5,25 del día 20. El doctor Vicente Pozuelo firma el certificado de defunción a las seis de la mañana. Absoluta discreción, tanta que la duda sigue rodeando las horas, algunos hechos, y así seguirá para siempre.

 

El Mundo 03.04.2017

 

 

EAlberto Asarta.

 

13 aniversario de la contienda de Nayaf: La verdadera batalla del 4 de abril

 

General de División retirado. Era el coronel jefe en Nayaf en 2004, cuando se produjo el ataque más violento hacia soldados españoles. Ahora califica la actuación de las fuerzas estadounidenses como la más "desleal" que han padecido "nunca" nuestras tropas.

·        
GERVASIO SÁNCHEZ
·         Zaragoza
·         @gervasanchez

¿Cuál fue el principal cometido de la Brigada Multinacional Plus Ultra II (BMPU II) en Irak?

De acuerdo con la Resolución 1483 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de 22 de Mayo de 2003, las tropas españolas y centroamericanas en Irak tenían como misión el apoyo a la reconstrucción de Irak y proporcionar seguridad para facilitar una transición política en un ambiente estable. Gracias a nuestra labor, la población local mejoró notablemente sus condiciones de vida y se consiguió implicar a los iraquíes en su propia seguridad. Este ambiente de relativa calma permitió la rehabilitación de 101 centros de enseñanza, 20 centros sanitarios, 20 subestaciones eléctricas, 20 edificios municipales, siete plantas potabilizadoras, ocho mataderos, cinco bibliotecas y también asegurar el suministro de combustibles. Además, se destruyeron más de 60.000 artefactos explosivos que representaban un grave peligro para la población y se realizaron 13 acciones antiterroristas no exentas de riesgo como pudo comprobarse con la pérdida en una de ellas del comandante de la Guardia Civil, Gonzalo Pérez García. Otra de las misiones importantes encomendada a la BMNPU II fue la formación del futuro Ejército de Irak en dos centros, uno en Diwaniya, a cargo del batallón español, y otro en Nayaf, bajo responsabilidad del batallón salvadoreño Cuscatlán.

¿Había rencillas entre los diferentes destacamentos?

Las relaciones entre todas las unidades de la BMNPU II fueron de buena colaboración durante toda la misión. Hasta los ataques del 4 de abril de 2004, las relaciones con la docena de miembros de la compañía de seguridad Blackwater, encargadas de la seguridad del representante del Gobierno Provisional de la Coalición (CPA) para la provincia de Nayaf y su equipo de personal civil, fueron correctas y cordiales. A partir de ese día, se produjo un grave deterioro. En los días posteriores, intenté integrarlos en la disciplina militar y la defensa de la base, pero se convirtió en misión imposible porque actuaban a su aire y desobedeciendo mis órdenes continuamente. Tuvimos desencuentros en varias ocasiones.

¿Fue informado del apresamiento de Mustafá al Jacubi, lugarteniente del líder chii Muqtada al Sader, considerada la principal causa que provocó la batalla de Nayaf?

El apresamiento de Mustafá al Jacubi se realizó en una zona de responsabilidad de la BMPU II sin conocimiento de Fulgencio Coll, general de nuestra brigada, ni tampoco de Mieczyslaw Bieniek, general en jefe de la división multinacional en la que estábamos encuadrados. Ninguno estaba al corriente de los planes de esta operación ni de su ejecución. Hay que señalar que los equipos de operaciones especiales que actuaban en todo Irak tenían un carácter estratégico y recibían órdenes directas del Mando Aliado Conjunto en Bagdad. 
Esta falta de información se puede considerar como una deslealtad del Mando Aliado hacia nuestro general y, por lo tanto, hacia las fuerzas de los diversos contingentes bajo su mando. De haber tenido conocimiento previo de la operación, se habrían establecido los planes necesarios para evitar o minimizar la revuelta, adoptando medidas que, con toda seguridad, hubiesen reducido considerablemente el número de muertos y heridos propios y de civiles iraquíes. Nunca antes ni después se ha producido una actuación tan desleal en ninguna otra misión en la que han actuado soldados españoles.

¿Qué órdenes dio a los soldados de las diferentes unidades cuando empezó el ataque?

Ordené a todos los efectivos españoles destacados en la Base Al Ándalus acudir a los puestos asignados según el plan de defensa revisado y aprobado unas semanas antes y que había sido ensayado con anterioridad. Dicho plan contemplaba, entre otras amenazas, la posibilidad de un ataque a la base y habíamos establecido la defensa en coordinación con la sección salvadoreña que permanentemente nos daba protección. Al jefe de la Sección de Reserva española le ordené que ocupara posiciones con sus seis vehículos blindados y artillados frente a la entrada principal de la base. Mis consignas, de acuerdo con nuestras reglas de enfrentamiento y el Derecho Internacional de los Conflictos Armados, fueron muy claras: «Disparar sólo contra orígenes de fuego que sean claros y contra personal armado que constituya una amenaza para nuestras fuerzas».

¿Cómo se comportaron los soldados españoles, salvadoreños, hondureños y americanos?

Los soldados a mis órdenes tuvieron un comportamiento ejemplar, actuando en todo momento con profesionalidad, serenidad, disciplina y sentido común en el uso de la munición. A los soldados bien entrenados (y los españoles lo son) no es necesario recordarles que la disciplina de tiro exige no malgastar munición. 
Los miembros de Blackwater y unos pocos soldados estadounidenses que se encontraban con ellos en el edificio de la CPA reaccionaron con rapidez y eficacia en los primeros momentos, por lo que fueron de gran utilidad. Sin embargo, sus actuaciones fueron casi siempre desproporcionadas. La falta de disciplina de tiro provocó que se quedasen sin munición. Tuvimos que suministrarles 4.000 cartuchos de 5,56 mm que formaban parte de nuestras reservas. También aprovecharon que la Sección de Reserva española había abandonado la base para sustraer más munición de 5,56 mm y cuatro lanzagranadas C-90, tres de los cuales fueron encontrados en el edificio de la CPA. El cuarto nunca apareció.

¿Los atacantes consiguieron en algún momento entrar en la base militar?

Ni uno sólo de los atacantes consiguió poner un pie dentro de la Base Al Ándalus gracias a la eficacia de la defensa perimétrica y, sobre todo, a la potencia de fuego de las ametralladoras y cañones de nuestros blindados que ejercieron un gran poder de disuasión.

¿En algún momento ordenó a sus soldados abstenerse de disparar contra los atacantes? Se ha dicho que algunas ametralladoras de los blindados no funcionaron?

Nunca. ¿Por qué iba a hacerlo? Eran atacantes y había que defenderse con todas nuestras armas. Las ametralladoras pesadas de 12,70 mm, que van montadas sobre los blindados, pueden ser operadas desde el interior del vehículo con el tirador a cubierto y protegido y también desde el exterior con el tirador a descubierto; en el primer caso, se producían interrupciones frecuentes mientras que en el segundo no había ningún problema; esta circunstancia se solucionó utilizándolas en todo momento con el tirador por fuera y desprotegido, asumiendo mayores riesgos.

¿Hubo peligro de quedarse sin munición o sensación de que estaba escaseando?

En ningún momento tuvimos escasez de munición, y como ya he dicho, prestamos munición a los Blackwater. Con los primeros refuerzos que llegaron de Diwaniya (Base España, cuartel general de la Brigada), recibimos munición para ir reponiendo lo consumido y, al día siguiente por la tarde, un helicóptero español nos trajo más munición y suministros varios.

¿Recibió ayuda de la coalición durante el ataque?

Una hora después de comenzar los ataques aparecieron en el aire dos cazas F-16. Por dos veces anulé la intención de bombardear el hospital. Desde el comienzo de los ataques, solicité al general Fulgencio Coll apoyo de helicópteros con el fin de batir objetivos puntuales y con mayor precisión, tratando de evitar al máximo los daños colaterales. Helicópteros Apache protegieron el avance de nuestros blindados a la antigua cárcel para rescatar a unos 30 soldados salvadoreños, 14 hondureños y 38 reclutas iraquíes, además de los dos fallecidos y algunos heridos. 
A las cuatro horas del inicio de la batalla, llegó a la base una sección de refuerzo de nuestra brigada enviada desde Diwaniya. Sobre esta hora, aproximadamente, recibí un equipo estadounidense Anglico de marines, especialistas en comunicaciones para solicitar cualquier tipo de apoyo aéreo. A este respecto, quiero significar el comportamiento profesional, disciplinado, eficaz y ejemplar de estos soldados al mando de su capitán Matt Brannen. Este equipo me fue muy útil y permanecieron en contacto permanente conmigo durante varios días en la azotea de uno de los edificios de la base. Una vez regresamos a España, dicho capitán y el sargento Suarez fueron recompensados por nuestro gobierno con la Cruz del Mérito Militar con Distintivo Blanco.

¿Se le dio alguna orden que usted se negó a cumplir?

No recibí ninguna orden que me obligara a no cumplirla; me correspondía la autoridad militar y, por lo tanto, sólo recibía órdenes de mi general Coll. Convencí al mando aliado que era un error bombardear el hospital tal como había solicitado el responsable de la CPA. Entendieron las razones.

¿Cuál fue la valoración del mando de la coalición sobre la actuación en la base durante el ataque?

El teniente general estadounidense Ricardo Sánchez, jefe supremo de todas las tropas en Irak, voló a nuestra base de Nayaf la tarde de los ataques y yo mismo le expliqué las órdenes y las decisiones que tomé durante toda la jornada y las razones por las que desestimé el bombardeo del hospital aledaño a nuestro acuartelamiento. Su valoración fue muy positiva y así se la transmitió al general Coll, que también estaba en la reunión. Sin embargo, informes falsos, enviados desde la oficina de la CPA, por correo electrónico y atentando contra la seguridad de las comunicaciones militares, han circulado sin control por las redes haciendo mucho daño a las tropas españolas, hasta tal punto de que el señor Paul Bremer en su libro My year in Irak, en el que intenta justificar su incompetencia y fracaso en la gestión de la CPA, los copia casi textualmente sin corregir nada.

Se ha dicho en algunas publicaciones que los soldados españoles no quisieron combatir y que hubo graves insultos contra ellos por parte de soldados de otras nacionalidades. ¿Eso es cierto?

Es completamente falso y quedó aclarado en el transcurso de la reunión con el teniente general Sánchez. El problema es que desde el Mando de la Coalición en Bagdad no se molestaron en desmentir los primeros informes falsos del personal civil de la CPA de Nayaf. La falta de un desmentido oficial ha hecho que personas con poco criterio -opinión tiene todo el mundo, criterio en temas de seguridad y defensa, muy pocos- y escudadas en el anonimato especulen y cuenten una historia distorsionada para buscar notoriedad. En cuanto a los insultos, puedo asegurar que nunca los escuché en mi presencia.

Incluso se ha dicho que las reglas de enfrentamiento del Ejército español impidieron a los soldados combatir con la contundencia necesaria. ¿Eso es cierto?

Nuestras reglas de enfrentamiento, así como la organización y el equipamiento de nuestras unidades, eran acordes con las misiones para las que fuimos desplegados, entre las cuales no se contemplaban las acciones ofensivas. Ello no significa que no se actuase con la contundencia necesaria cuando, en legítima defensa, tuvimos que hacerlo, pero siempre, con proporcionalidad, aplicando la mínima fuerza necesaria, respetando las reglas de enfrentamiento y tratando de proteger la vida de los civiles no implicados directamente en los combates.

¿Cree que el gobierno español actuó correctamente al ordenar una retirada inmediata o quizá se tenía que haber hecho de una forma más escalonada y pactada con el Mando de la Coalición para sustituir con tiempo suficiente a los soldados españoles que se marchaban?

El repliegue de nuestro personal y material se realizó con éxito de forma escalonada y en condiciones muy difíciles debido a la situación general de conflicto en la zona. No obstante, los batallones hispanoamericanos se quedaron sin apoyos fundamentales (sobre todo en transmisiones y comunicaciones con los iraquíes) que les proporcionaba la BMPU II. Muchos de los intérpretes iraquíes contratados por nosotros se quedaron sin trabajo. Algunos de estos intérpretes pudieron ser acusados de colaboracionistas por los insurgentes. 
Desde mi punto de vista, sin entrar en las decisiones del Gobierno de España, la retirada de las tropas españolas de Irak debió hacerse con más tiempo y pactada con el Mando de la Coalición a fin de dejar cubiertas todas las necesidades de las unidades centroamericanas que trabajaba con nosotros y que se quedaron en Irak.

¿Por qué todos los gobiernos españoles se han desentendido de lo que pasó aquel día y las semanas posteriores?

Esta pregunta debería de formularla a dichos gobiernos. Lo que está claro es que Irak ha sido un tema tabú tanto para el Gobierno del ex presidente José María Aznar, que tomó la decisión de enviarnos, como para el del ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que ordenó el repliegue. Esa falta de información oficial y creíble a los ciudadanos ha traído consigo que se escriban falsedades y mentiras, unas veces por ignorancia y otras con maldad, sobre el comportamiento ejemplar de nuestros soldados. Una vez más, nuestro ejército demostró a la sociedad, que es una herramienta al servicio de los españoles, actuando con la misma disciplina para trasladarse a una zona en conflicto y con un determinado cometido asignado, como para replegarse cuando se lo ordenaron.

¿Cree que el Ministerio de Defensa, encabezado por el ministro José Bono, presionó a los medios para que evitaran hablar de aquella retirada?

No le puedo responder a esta pregunta pues desconozco si hubo o no consignas al respecto. Lo que es evidente es que el silencio oficial le ha hecho daño a la imagen de nuestros soldados tanto fuera como dentro de nuestro país. Por lo que a mí respecta, he procurado siempre ser un ejemplo de soldado disciplinado, y es por ello que no he querido hablar nunca de este asunto de Irak sin la autorización debida y cuando lo he hecho (en muy pocas ocasiones), ha sido midiendo mis palabras para no crear conflictos que, usados partidariamente, pudiesen dañar la imagen impecable de nuestras Fuerzas Armadas.

¿Siente que en aquellos días y semanas tan duras el Ministerio de Defensa no estuvo a la altura de las circunstancias tanto con el Gobierno de Aznar como el de Zapatero?

Como persona tengo mi opinión al respecto, pero por el cargo que ejercí en Irak y por mi condición de ex militar (ya estoy retirado) me va a permitir que no haga valoraciones políticas al respecto.

 

 

Asarta, coronel entonces de la Base Al Ándalus, se dirige a las tropas durante la batalla de Nayaf. | G. S.

 

 

 

El Connfidencial

(Nunca hubo más de 5.000 soldados españoles en el Suroeste de EEUU, en una línea que va de Vancouver a Carolina del Sur).

Gaspar de Portolá: el español ignorado que conquistó California

Este soldado leridano, compañero y amigo de Fray Junípero Serra, fue enviado al frente de un regimiento por el marqués de Croix, virrey de Nueva España, a pacificar la región de Sonora en 1767

 

 

Foto: Estatua de Gaspar de Portolá en Monterrey. http://3www.ecestaticos.com/image/clipping/480/386aa8bf31cc271513cb04a9ec6b744e/gaspar-de-portola-el-espanol-ignorado-que-conquisto-california.jpg 480w">

 

Estatua de Gaspar de Portolá en Monterrey.

 

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 – 05:00 H. - ACTUALIZADO: 08.03.2015 - 16:00H.

–Por la ignorancia se ha dominado más que por la fuerza.

Séneca

Suele ocurrir con frecuencia en la historia que los que deciden qué es importante y qué no, o padecen un acusado e interesado estrabismo, o cuando cogen la pluma para relatar los hechos, más parecen navegar en una destilería que en un razonable y deseable sentido crítico.

A pesar de que nuestra impronta y su huella histórica, colonial y cultural, todavía hoy supera en tiempo discurrido al que ha recorrido la gran nación americana que es EEUU desde su fundación en 1776, hubo más recursos y sangre derramada por parte de España que, por ejemplo, la de Francia, en el proceso de independencia del actual hegemón mundial. Sin embargo, curiosamente, franceses e ingleses son los que se han llevado el reconocimiento de los americanos.Ironías del destino.

Hasta incluso se le ha negado a España la procura original del nacimiento del dólar, o lo que es lo mismo, su alumbramiento como moneda derivada (el Pillar Dollar) y su estrecha relación con la primera fábrica de moneda y timbre en el continente americano, la de la ceca mexicana. Tan capital fue la ayuda económica española en su guerra de liberación contra el Imperio Británico, que su moneda, el dólar, llegó a coexistir en partes de la Union, puesto que al no poseer moneda propia, esta adoptó con carácter provisional el muy español doblón.

Parece ser que lo hispano, a la luz de la desmemoria que habita ese vasto país, no da pedigrí y sin embargo, todavía hoy, no han doblado en su tiempo de existencia como nación el que nosotros invertimos en colonizar más de la mitad de aquellos vastos territorios. Una cicatería propia de quienes no conocen la palabra "agradecimiento", y además, tienden a buscar la espalda. Pero mal que les pese a muchos, España, durante muchos siglos, tocó sin necesidad de partitura. Hoy la cosa ha cambiado. Hemos abandonado aquella brillantez coral en detrimento de los “amables consejos” de Telefunken.

No obstante, y no se sabe si con efecto profiláctico ante los agravios del futuro o quizás como reparacion ante esta peculiar, recurrente y deplorable conducta inserta en la genética diplomática norteamericana, ocurrió que George Washington, en un gesto  que le honra, compartió con Bernardo de Gálvez, mano a mano, recorrido y loas el cuatro de julio, durante la celebración del Día de la Independencia. Al parecer, entre ellos, había un caballero.

Un buen funcionario, en toda la extensión de la palabra

De entre los muchos que dejaron su huella indeleble en aquella épica conquista, hay uno que, quizás más olvidado que los otros, administró con sabiduría para su rey una extensión de más de un millón de kilómetros cuadrados en el balcón del Pacifico, hoy llamado California y en su tiempo configurada casi íntegramente por la Baja y la Alta California .

Cuando llegó a México hacia 1764, Portolá era ya un experimentado militar curtido en Italia y en la campaña de Portugal durante la Guerra de los Siete Años, conflicto en el que, inicialmente y para variar, estaban enzarzadas una vez más Francia e Inglaterra.

Discreto, eficiente, humilde y buen funcionario en toda la extensión de la palabra, este hombre era un compendio de virtudes que aunaba bajo un uniforme militar los mejores valores. Para el monarca, era un súbdito leal y de confianza probada. Se llamaba hasta su muerte y después, Gaspar de Portolá.

Una de las primeras órdenes sería la de impedir el colapso de la prédica del cristianismo en aquellas latitudes

Este soldado leridano, compañero y amigo fiel de Fray Junípero Serra, fue enviado por el marqués de Croix, virrey de Nueva España, al mando de un regimiento para pacificar la región de Sonora hacia el año del Señor de 1767, donde había una melee formada entre campesinos, indios, colonos y misioneros intentando ora pacificar, ora echar leña al fuego, y que a consecuencia de ello, habían montado un follón de cuidado. Sin embargo, la expulsión de los jesuitas, ordenada por Carlos III a través de la Pragmática Sanción ese mismo año, obligó a los integrantes de dicha expedición a Sonora a desdoblarse para deportar a estos hombres de Dios a no se sabe dónde, pues se les prohibía tajantemente habitar en los territorios peninsulares y en los de ultramar. El Borbón estaba rebotado por las presuntas injerencias de la orden en el Motín de Esquilache, intervención todavía hoy insuficientemente demostrada. Pero aquel rey que casi roza la excelencia en su tiempo de gobernanza, pudo haber patinado con esta decisión. El caso, en resumen, es que hizo caja con las expropiaciones que afectaron a las propiedades de la Compañía de Jesús, amén de deshacernos de más de seis mil intelectuales y científicos de un plumazo, algo que parece haberse convertido en deporte nacional y cuestiona la Marca España.

Portolá, sin entender las ordenes de su rey, las acató con la máxima corrección, dando un tratamiento exquisito a los sorprendidos orates.

El caso es que, como no había en aquel desolado paraje nadie con la altura suficiente como para dirigir aquello con solvencia y sin sobresaltos, Portolá, por méritos propios, sería elegido gobernador de California por el virrey de Nueva España. Una de las primeras órdenes sería la de impedir el colapso de la prédica del cristianismo en aquellas latitudes, y del buen funcionamiento de las misiones como pequeños emporios que acrisolaban cultura  y mercadeo. La logística y la organización casi militar de los jesuitas era insustituible y el antaño buen funcionamiento de estos aislados pero eficaces enclaves que actuaban como un perfecto engranaje y eco de "civilización", devinieron provisionalmente en un caos, hasta que la llegada del visitador general José de Gálvez  permitiría compartimentar adecuadamente competencias en la administración. El problema es que entretanto, la gestión de las misiones quedó en manos de comisionados, en la mayoría de los casos, antiguos soldados que expoliaron los bienes que contenían las paredes que tan laboriosamente habían albergado uno de los mascarones de proa de España en aquellos confines. En fin, el acabose.

 

 

La misión de San Carlos Borromeo.
La misión de San Carlos Borromeo.

 

Un territorio totalmente desconocido

La Alta California, conocida hoy simplemente como California, fue ocupada debido a la visión estratégica que tenía José de Gálvez para evitar que cayera en manos de una nación extranjera, entendiendo que los rusos desde Alaska podrían llegar a ser una amenaza más que potencial, por lo que se puso manos a la obra.

La trascendental decisión de Gálvez para ocupar la Alta California fue tomada en 1768, para lo que organizó una serie de expediciones, dos por tierra y otras dos por mar, para conducir a la tropa y a los predicadores hacia su destino. Aunque hubo suerte varia, pues vientos adversos retarían a los obstinados conquistadores, el conjunto de los expedicionarios culminarían sus objetivos.

España nunca tuvo más de cinco mil soldados distribuidos en un espacio equivalente a la mitad de lo que hoy ocupa el territorio continental de EEUU

Muchos de los integrantes de aquella épica estaban muy enfermos de escorbuto y otros muchos habían fallecido por el camino o habían entregado sus cuerpos al mar. No era una misión fácil. La mayor responsabilidad  era la de explorar y ocupar la bahía de Monterrey. En ese puerto precisamente fue donde el famoso navegante Sebastián Vizcaínohabía arribado en 1602 más de siglo y medio antes.

Portolá encargó al Padre Serra hacerse cargo de los enfermos y se puso el traje de faena para llevar a cabo la exploración por un territorio totalmente desconocido. Fue llegando a Monterrey el 24 de mayo de 1770, atravesando extensiones de impecable pureza estética al tiempo que de enorme dificultad operativa, que oficiarían una misa cerca del roble donde los misioneros que habían acompañado a Sebastián Vizcaíno habían dado gracias al creador de casi todas las cosas, y se había tomado posesión de esas tierras en nombre de la Corona Española.

A principios de junio de 1770 iniciarían la construcción de la Misión de San Carlos Borromeo y su escuela a la par que fundaban el presidio de  Monterrey para albergar descarriados. Esta gesta desarrollada con recursos humanos muy limitados –España nunca tuvo más de cinco mil soldados distribuidos en un espacio equivalente a la mitad de lo que hoy ocupa el territorio continental de EEUU–, afortunadamente fue bien financiada.

En el invierno del año 1786, a petición propia, sería trasladado a Lérida donde rendiría el último pasaje de su cuaderno de bitácora.

Innumerables parques y avenidas, escuelas, universidades, centros sociales y lugares públicos recuerdan en la avanzada California la memoria de Gaspar de Portolá. Aquí, en España, salvo una fiel sociedad de amigos en Catalunya, mejor no preguntar .

Una referencia olvidada que hoy reivindicamos desde estas páginas.

 

Años 70 y 80

https://youtu.be/IeLv8IvRsF8

La Academia General Militar (1982)

youtu.be

Documental producido por NO-DO en 1982 dedicado a la Academia General Militar

 

 

Los combates de Cagayán

Publicado por Carlos Delgado

 

Podemos decir que los tercios españoles están bastante olvidados históricamente, así como todas sus grandes gestas y victorias militares, pero la que voy a explicar a continuación podría catalogarse como la victoria mas extraña y a la vez menos conocida de todas las realizadas por los tercios españoles. Se trata de los combates de Cagayán (provincia de Filipinas), en los que 40 soldados de los tercios españoles al mando de Juan Pablo de Carrión, comandante veterano, que a los 69 años de edad se enfrento a 1.000 ronines (samurais japoneses sin señor) y ashigarus (infanteria japonesa armada de mosquete) que ejercían como piratas saqueando las costas de Filipinas, Corea y China.

 

 

 

Antecedentes

 

A finales del siglo XVI el Imperio Español tenía el control de prácticamente todas las islas filipinas, gracias a la superioridad tecnológica de la armada española comparada a la de los reinos cercanos a Filipinas, España podía mantener una cierta seguridad marítima en la aguas adyacentes a las islas.

Pero en la década de los 80 de ese mismo siglo, los Wako (piratas japoneses bien armados) comienzan una campaña de saqueo y terror en la isla filipina de Luzón, especialmente en la provincia de Cagayán. Estos pirata llegaron a exigir tributos a la poblacion de esta provincia, e inmediatamente el gobernador español de las Filipinas (Don Gonzalo de Ronquillo) escribe una misiva a Felipe II pidiendo ayuda para combatir contra estos osados piratas.

La ayuda llega con el nombre de Juan Pablo Carrión, un veterano militar de la armada que se propone terminar con la amenaza pirata inmediatamente.

 

 

Beligerantes

Wako (piratas japoneses)

España

 


Fuerzas de combate

 

comandantes:

(Españoles) Juan Pablo de Carrión, 69 años, veterano marino y militar.

(Piratas japoneses) Tay Fusa, pirata mas temido del mar de la china, comandante de una potente flota pirata y mas de 1.000 hombres.

 

Juan Pablo de Carrión

 

 

Tropas:

(Españoles) 40 soldados de los tercios y 7 embarcaciones militares, seis de ellas menores, una llamada la Gloriosa era un potente navío español.

(Piratas japoneses) algo más de 1.000 hombres, algunos samurais, otros ashigarus, fuertemente armados con material portugués y 19 embarcaciones militares, 18 de ellas champanes (barco militar tradicional chino) y un junco (barco militar japonés fuertemente armado)

Ronin (samurai)

 

Mosquetero ashigaru japonés

 

Batalla

 

Cuando Carrión llego al mando de sus 40 hombres y la flotilla de 7 barcos, se puso inmediatamente manos a la obra y buscó sin cesar a Tay Fusa y sus piratas, unos días después Carrión divisó uno de los barcos piratas de Tay Fusa saqueando la costa de Luzón, al momento la flotilla española comenzó el bombardeo hacia la embarcación japonesa, y esta, tuvo que huir rápidamente hacia su base de operaciones. La respuesta de Tay Fusa fue inminente y poco tiempo después apareció con toda su flota de piratas preparados para aniquilar a los 40 hombres de Carrión.

Los combates que precedieron fueron especialmente sangrientos y se libraron tanto en las embarcaciones de las dos flotillas como en las mismas playas de la región, los 40 hombres de Carrión rechazaron las embestidas de samurais japoneses de manera aterradora, mostrando un coraje y una capacidad táctica militar perfecta. Después de varios combates los piratas japoneses de Tay Fusa tuvieron que huir de la región al verse totalmente impotentes por no poder vencer al pequeño grupo de soldados españoles. El resultado fue aterrador para los piratas que perdieron a unos 600 hombres, mas de la mitad de su contingente, y también varias de sus embarcaciones fueron destruidas quedando Tay Fusa muy tocado y obligándole a tener que volver a Japón.

 

 

Los tercios españoles, concretamente estos 40 soldados y su comandante Carrión, han sido los únicos occidentales capaces de vencer a los fieros samurais japoneses, por lo tanto, esta victoria tiene un valor significativo en la historia militar occidental y a la vez refleja la preparación militar y la capacidad moral nunca antes vista de 40 hombres y su comandante que sin temor y con el deber por delante luchan sin miedo en una serie de combates épicos. Esta victoria demuestra la singularidad del soldado español de la época. Como una curiosa anécdota que resume lo sucedido en Cagayán tenemos las viejas leyendas samurais que nos cuentan que estos combates los libraron contra unos demonios mitad peces mitad lagartos a los que llaman “wo-kou” (peces lagarto), dando a entender que la ferocidad con la que lucharon los españoles en aquellos combates no era humana.

 

El sangriento día que España se enfrentó al imperio del Sol Naciente

El Confidencial 14.03.2015

En 1582 tuvieron lugar una serie de batallas entre la Armada Española de Filipinas, al mando del capitán Juan Pablo de Carrión, y piratas japoneses liderados por Tay Fusa: Los combates de Cagayán

 

 

 

Foto: Españoles y samuráis se enfrentaron en una dura batalla cerca de Cagayán, río que da nombre a una región en las costas de Luzón. (Grabado japonés 1857)http://7www.ecestaticos.com/image/clipping/480/c7205d515db185d2750f151c1b94c0af/el-sangriento-dia-que-espana-se-enfrento-al-imperio-del-sol-naciente.jpg 480w">

 

Españoles y samuráis se enfrentaron en una dura batalla cerca de Cagayán, río que da nombre a una región en las costas de Luzón. (Grabado japonés 1857)

 

 

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 – 05:00 H. - ACTUALIZADO: 15.03.2015 - 16:00H.

 

El norte del archipiélago filipino en el siglo XVI, era una extensión de los dominios del infierno. Como bandadas de carroñeros con carta blanca, flotas de piratas chinos y japoneses, asolaban las costas de este archipiélago descubierto para España por Magallanes en los albores del siglo XVI.

 

Desde las islas meridionales del Mar de la China, Hainan y la actual Taiwán, o desde la sureña isla japonesa de Okinawa, hordas de estos aguerridos oportunistas abonados a la violencia más extrema, tan habitantes del mar como una formación de coral o un pez abisal, caían sobre las norteñas regiones de este archipiélago con una cadencia regular y predecible, salvo en la temporada de tifones, en la que afortunadamente para los locales rebanaban cuellos en otras latitudes. Las cabañas avícola y porcina locales se volatilizaban, al igual que los lugareños, que si no conseguían esconderse a tiempo en la frondosa selva local, era vendidos como esclavos en la multitud de mercados dispuestos a tal efecto a lo largo de la costa oeste del Asia meridional. Nada ni nadie, podía con estos pueblos del mar, que literalmente vivían en sampanes y juncos, impregnados en sal y tiznados por un sol implacable.

 

 

 

Cuadro en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión. (Wikipedia)
Cuadro en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión. (Wikipedia)

 

Los llamados “wako” eran una amalgama de delincuentes y exiliados japoneses, que por esasextrañas alianzas del azar habían formado una join venture con chinos y coreanos y todos juntos y en unión, se habían aliado para “afanar” todo lo que estuviera a su alcance. Pobremente equipados y con embarcaciones inapropiadas para largas singladuras, no suponían problema alguno para una fuerza organizada, y eran presa fácil para los barcos europeos artillados. Ahora bien, otra cosa era cuando había que enfrentarlos en tierra.

 

Quiso el destino, que por aquellas procelosas aguas de la isla de Luzón, la más norteña y expuesta a los ataques de estos granujas, apareciera una flota de navíos españoles. Era el año 1580 (año de la unión de España y Portugal bajo el mandato de Felipe II) cuando el gobernador español en Filipinas, Gonzalo de Ronquillo, tuvo noticias de que un fuerte contingente de piratas japoneses estaban saqueando a los indígenas que estaban bajo la protección administrativa española en el Cagayan, un balcón marítimo de la provincia de Luzón.

 

Nada ni nadie podía con estos pueblos del mar que, literalmente, vivían en sampanes y juncos, impregnados en sal y tiznados por un sol implacable

 

En aquel entonces, no más de quinientos españoles conformaban toda la tropa de la que el imperio se servía para el control del archipiélago filipino, si bien hay que considerar el apoyo de los aliados a veces, enemigos otras, indígenas Tagalos; que según les diera el aire ora confraternizaban, ora te hacían una avería importante. Ronquillo tuvo que echar mano de lo más granado que tenía, un contingente expedicionario de no más de cincuenta infantes de marina de los Tercios de la Armada española. Apercibidos estos, fueron enviados sin más dilación al encuentro de estos molestos y crueles piratas, que para sorpresa de los peninsulares, no eran ni más ni menos que los temibles samuráis conocidos como Ronin, o lo que es lo mismo, samuráis sin señor. Entre ellos, también había algunos Ashigaru, samuráis venidos de las clases “no-nobles” o exilados de las cruentas guerras intestinas a las que estaban tan acostumbrados en su Japón natal.

 

Tras avistar una gran embarcación japonesa que había masacrado a la población local, constituida básicamente por pescadores, el capitán Carrión, que era el oficial que estaba al frente de esta expedición, trabó combate cerca del cabo Bogador. Destacada la Capitana, acortó distancias para interceptarla. La diferencia entre ambos bandos era más que notable. La desproporción numérica perjudicaba seriamente a los españoles que en una relación de uno contra diez tendrían como único argumento su superior tecnología armamentística. Pero esta no parecía ser suficiente.

 

 

 

Los guerreros samuráis superaban en número a los españoles
Los guerreros samuráis superaban en número a los españoles

 

Se armaron los cañones de la crujía y los falconetes en cubierta. Tras una breve oración los hombres se cubrieron con todo el metal a su alcance. Abordado el junco, le fueron lanzadas unas ráfagas de metralla que destrozaron el casco por la amura de babor y dejaron la cubierta como una alfombra o, dicho con más propiedad, como una pista de patinaje habida cuenta de los estragos causados por la artillería española antes del abordaje. Dado que el bordo de la nave española era más alto que la de los piratas, el asalto se antojaba fácil en principio. Pero a pesar de la masacre inicial, los nipones no estaban derrotados ni mucho menos.

 

Probablemente, por primera vez en la historia, dos escuelas de esgrima antagónicas se enfrentaron a muerte en la cubierta de aquella embarcación mientras ambos barcos, iban a la deriva empujados por una suave brisa en medio de un griterío infernal. La técnica de las dos espadas toledanas que introdujeron los tercios en sus batallas europeas se mostraba más eficaz que la ágil katana, pues su acero era infinitamente inferior en calidad. También había que considerar la enorme protección brindada por el exoesqueleto metálico de los peninsulares frente a la muy ligera dada por los petos –más ornamentales que otra cosa– de los japoneses.

 

En una relación de uno contra diez, los españoles tendría como único argumento: su superior tecnología armamentística

 

Tras ventilar esta primera escaramuza no sin dificultades, a pesar de la escabechina infligida a los orientales, Carrión continuó remontando el río Grande de Cagayán dándose de bruces con una veintena  de sampanes a los que pillaron in fraganti con las manos en la masa. Estaban saqueando a destajo una pequeña ciudad  y causando una matanza gratuita ante gentes indefensas del todo. Abriéndose paso con las culebrinas y arcabuces, tras un combate muy trabado, habían facilitado el tránsito a mejor vida a más de doscientos japoneses.

 

Tras esta segunda somanta, los piratas de Okinawa reflexionando sobre los escarmientos recibidos y  al parecer no satisfechos con los correctivos aplicados anteriormente, decidieron plantar cara de nuevo –sería la última vez–, en la larga playa de Birakaya a los cuarenta infantes restantes del Tercio del Mar.

 

Difícilmente se puede analizar esta sucesión de escaramuzas a las que se enfrentaban con regularidad los tercios en Filipinas y calificarlos de batalla o batallas, pero si se pueden englobar por su clara localización y por su acción sostenida en el distrito de Cagayan en un frente como tal. Lo cierto, es que erosionaban constantemente a las guarniciones locales, mermándolas por goteo.

 

Aun hoy, sin determinar con exactitud, se cree que Carrión y sus hombres se enzarzaron en esta cristalina playa desde el alba temprana hasta transcurridas cerca de cuatro horas de combate de una intensidad extraordinaria. Esta escaramuza en particular fue especialmente cruenta por lo desequilibrado y descompensado en el número de combatientes. Cerca de seiscientos nipones se abalanzaron como una horda hacia la posición española sin poder penetrar el cerrado grupo de alabarderos. Mientras estos contenían a los enfurecidos orientales, los arcabuceros disparaban sin compasión con una cadencia letal. Finalmente, el inevitable cuerpo a cuerpo llegaría y la esgrima occidental se impondría. La matanza posterior fue antológica.

 

Habían facilitado el tránsito a mejor vida a más de doscientos japoneses

 

Tras esta confrontación, la cabal idea de darse a la fuga se impuso entre los atizados samuráis, que desordenadamente se volvieron hacia el mar abierto sin mirar atrás, pues el pavor infundido por los Wo–cou o peces lagarto (pues así llamaban a los españoles), creó precedente entre sus pares, que no volverían a pisar las Filipinas para los restos hasta la Segunda Guerra Mundial. Los indígenas locales, los Tagalos, respirarían aliviados. El halo de invencibilidad de los samuráis, había quedado en entredicho.

 

Estas escaramuzas a día de hoy son el único testimonio debidamente documentado de un enfrentamiento armado entre europeos y samuráis, aunque a veces cierto tipo de cine nos haga creer lo contrario.

 

España mantuvo las Filipinas hasta el cese de hostilidades con los EEUU, allá por 1898, en la que el episodio de la heroica resistencia de Baler, acaparó la atención de la prensa internacional durante cerca de un año. A nivel local, el eco de los también llamados “últimos de Filipinas”, serviría para poner sordina a la muy evitable pérdida de vidas humanas españolas y a la posterior sangría económica, de la tristemente recordada como Guerra de Cuba.

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