Los combates de Cagayán

Publicado por Carlos Delgado

 

Podemos decir que los tercios españoles están bastante olvidados históricamente, así como todas sus grandes gestas y victorias militares, pero la que voy a explicar a continuación podría catalogarse como la victoria mas extraña y a la vez menos conocida de todas las realizadas por los tercios españoles. Se trata de los combates de Cagayán (provincia de Filipinas), en los que 40 soldados de los tercios españoles al mando de Juan Pablo de Carrión, comandante veterano, que a los 69 años de edad se enfrento a 1.000 ronines (samurais japoneses sin señor) y ashigarus (infanteria japonesa armada de mosquete) que ejercían como piratas saqueando las costas de Filipinas, Corea y China.

 

 

 

Antecedentes

 

A finales del siglo XVI el Imperio Español tenía el control de prácticamente todas las islas filipinas, gracias a la superioridad tecnológica de la armada española comparada a la de los reinos cercanos a Filipinas, España podía mantener una cierta seguridad marítima en la aguas adyacentes a las islas.

Pero en la década de los 80 de ese mismo siglo, los Wako (piratas japoneses bien armados) comienzan una campaña de saqueo y terror en la isla filipina de Luzón, especialmente en la provincia de Cagayán. Estos pirata llegaron a exigir tributos a la poblacion de esta provincia, e inmediatamente el gobernador español de las Filipinas (Don Gonzalo de Ronquillo) escribe una misiva a Felipe II pidiendo ayuda para combatir contra estos osados piratas.

La ayuda llega con el nombre de Juan Pablo Carrión, un veterano militar de la armada que se propone terminar con la amenaza pirata inmediatamente.

 

 

Beligerantes

Wako (piratas japoneses)

España

 


Fuerzas de combate

 

comandantes:

(Españoles) Juan Pablo de Carrión, 69 años, veterano marino y militar.

(Piratas japoneses) Tay Fusa, pirata mas temido del mar de la china, comandante de una potente flota pirata y mas de 1.000 hombres.

 

Juan Pablo de Carrión

 

 

Tropas:

(Españoles) 40 soldados de los tercios y 7 embarcaciones militares, seis de ellas menores, una llamada la Gloriosa era un potente navío español.

(Piratas japoneses) algo más de 1.000 hombres, algunos samurais, otros ashigarus, fuertemente armados con material portugués y 19 embarcaciones militares, 18 de ellas champanes (barco militar tradicional chino) y un junco (barco militar japonés fuertemente armado)

Ronin (samurai)

 

Mosquetero ashigaru japonés

 

Batalla

 

Cuando Carrión llego al mando de sus 40 hombres y la flotilla de 7 barcos, se puso inmediatamente manos a la obra y buscó sin cesar a Tay Fusa y sus piratas, unos días después Carrión divisó uno de los barcos piratas de Tay Fusa saqueando la costa de Luzón, al momento la flotilla española comenzó el bombardeo hacia la embarcación japonesa, y esta, tuvo que huir rápidamente hacia su base de operaciones. La respuesta de Tay Fusa fue inminente y poco tiempo después apareció con toda su flota de piratas preparados para aniquilar a los 40 hombres de Carrión.

Los combates que precedieron fueron especialmente sangrientos y se libraron tanto en las embarcaciones de las dos flotillas como en las mismas playas de la región, los 40 hombres de Carrión rechazaron las embestidas de samurais japoneses de manera aterradora, mostrando un coraje y una capacidad táctica militar perfecta. Después de varios combates los piratas japoneses de Tay Fusa tuvieron que huir de la región al verse totalmente impotentes por no poder vencer al pequeño grupo de soldados españoles. El resultado fue aterrador para los piratas que perdieron a unos 600 hombres, mas de la mitad de su contingente, y también varias de sus embarcaciones fueron destruidas quedando Tay Fusa muy tocado y obligándole a tener que volver a Japón.

 

 

Los tercios españoles, concretamente estos 40 soldados y su comandante Carrión, han sido los únicos occidentales capaces de vencer a los fieros samurais japoneses, por lo tanto, esta victoria tiene un valor significativo en la historia militar occidental y a la vez refleja la preparación militar y la capacidad moral nunca antes vista de 40 hombres y su comandante que sin temor y con el deber por delante luchan sin miedo en una serie de combates épicos. Esta victoria demuestra la singularidad del soldado español de la época. Como una curiosa anécdota que resume lo sucedido en Cagayán tenemos las viejas leyendas samurais que nos cuentan que estos combates los libraron contra unos demonios mitad peces mitad lagartos a los que llaman “wo-kou” (peces lagarto), dando a entender que la ferocidad con la que lucharon los españoles en aquellos combates no era humana.

 

El sangriento día que España se enfrentó al imperio del Sol Naciente

El Confidencial 14.03.2015

En 1582 tuvieron lugar una serie de batallas entre la Armada Española de Filipinas, al mando del capitán Juan Pablo de Carrión, y piratas japoneses liderados por Tay Fusa: Los combates de Cagayán

 

 

 

Foto: Españoles y samuráis se enfrentaron en una dura batalla cerca de Cagayán, río que da nombre a una región en las costas de Luzón. (Grabado japonés 1857)http://7www.ecestaticos.com/image/clipping/480/c7205d515db185d2750f151c1b94c0af/el-sangriento-dia-que-espana-se-enfrento-al-imperio-del-sol-naciente.jpg 480w">

 

Españoles y samuráis se enfrentaron en una dura batalla cerca de Cagayán, río que da nombre a una región en las costas de Luzón. (Grabado japonés 1857)

 

 

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 – 05:00 H. - ACTUALIZADO: 15.03.2015 - 16:00H.

 

El norte del archipiélago filipino en el siglo XVI, era una extensión de los dominios del infierno. Como bandadas de carroñeros con carta blanca, flotas de piratas chinos y japoneses, asolaban las costas de este archipiélago descubierto para España por Magallanes en los albores del siglo XVI.

 

Desde las islas meridionales del Mar de la China, Hainan y la actual Taiwán, o desde la sureña isla japonesa de Okinawa, hordas de estos aguerridos oportunistas abonados a la violencia más extrema, tan habitantes del mar como una formación de coral o un pez abisal, caían sobre las norteñas regiones de este archipiélago con una cadencia regular y predecible, salvo en la temporada de tifones, en la que afortunadamente para los locales rebanaban cuellos en otras latitudes. Las cabañas avícola y porcina locales se volatilizaban, al igual que los lugareños, que si no conseguían esconderse a tiempo en la frondosa selva local, era vendidos como esclavos en la multitud de mercados dispuestos a tal efecto a lo largo de la costa oeste del Asia meridional. Nada ni nadie, podía con estos pueblos del mar, que literalmente vivían en sampanes y juncos, impregnados en sal y tiznados por un sol implacable.

 

 

 

Cuadro en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión. (Wikipedia)
Cuadro en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión. (Wikipedia)

 

Los llamados “wako” eran una amalgama de delincuentes y exiliados japoneses, que por esasextrañas alianzas del azar habían formado una join venture con chinos y coreanos y todos juntos y en unión, se habían aliado para “afanar” todo lo que estuviera a su alcance. Pobremente equipados y con embarcaciones inapropiadas para largas singladuras, no suponían problema alguno para una fuerza organizada, y eran presa fácil para los barcos europeos artillados. Ahora bien, otra cosa era cuando había que enfrentarlos en tierra.

 

Quiso el destino, que por aquellas procelosas aguas de la isla de Luzón, la más norteña y expuesta a los ataques de estos granujas, apareciera una flota de navíos españoles. Era el año 1580 (año de la unión de España y Portugal bajo el mandato de Felipe II) cuando el gobernador español en Filipinas, Gonzalo de Ronquillo, tuvo noticias de que un fuerte contingente de piratas japoneses estaban saqueando a los indígenas que estaban bajo la protección administrativa española en el Cagayan, un balcón marítimo de la provincia de Luzón.

 

Nada ni nadie podía con estos pueblos del mar que, literalmente, vivían en sampanes y juncos, impregnados en sal y tiznados por un sol implacable

 

En aquel entonces, no más de quinientos españoles conformaban toda la tropa de la que el imperio se servía para el control del archipiélago filipino, si bien hay que considerar el apoyo de los aliados a veces, enemigos otras, indígenas Tagalos; que según les diera el aire ora confraternizaban, ora te hacían una avería importante. Ronquillo tuvo que echar mano de lo más granado que tenía, un contingente expedicionario de no más de cincuenta infantes de marina de los Tercios de la Armada española. Apercibidos estos, fueron enviados sin más dilación al encuentro de estos molestos y crueles piratas, que para sorpresa de los peninsulares, no eran ni más ni menos que los temibles samuráis conocidos como Ronin, o lo que es lo mismo, samuráis sin señor. Entre ellos, también había algunos Ashigaru, samuráis venidos de las clases “no-nobles” o exilados de las cruentas guerras intestinas a las que estaban tan acostumbrados en su Japón natal.

 

Tras avistar una gran embarcación japonesa que había masacrado a la población local, constituida básicamente por pescadores, el capitán Carrión, que era el oficial que estaba al frente de esta expedición, trabó combate cerca del cabo Bogador. Destacada la Capitana, acortó distancias para interceptarla. La diferencia entre ambos bandos era más que notable. La desproporción numérica perjudicaba seriamente a los españoles que en una relación de uno contra diez tendrían como único argumento su superior tecnología armamentística. Pero esta no parecía ser suficiente.

 

 

 

Los guerreros samuráis superaban en número a los españoles
Los guerreros samuráis superaban en número a los españoles

 

Se armaron los cañones de la crujía y los falconetes en cubierta. Tras una breve oración los hombres se cubrieron con todo el metal a su alcance. Abordado el junco, le fueron lanzadas unas ráfagas de metralla que destrozaron el casco por la amura de babor y dejaron la cubierta como una alfombra o, dicho con más propiedad, como una pista de patinaje habida cuenta de los estragos causados por la artillería española antes del abordaje. Dado que el bordo de la nave española era más alto que la de los piratas, el asalto se antojaba fácil en principio. Pero a pesar de la masacre inicial, los nipones no estaban derrotados ni mucho menos.

 

Probablemente, por primera vez en la historia, dos escuelas de esgrima antagónicas se enfrentaron a muerte en la cubierta de aquella embarcación mientras ambos barcos, iban a la deriva empujados por una suave brisa en medio de un griterío infernal. La técnica de las dos espadas toledanas que introdujeron los tercios en sus batallas europeas se mostraba más eficaz que la ágil katana, pues su acero era infinitamente inferior en calidad. También había que considerar la enorme protección brindada por el exoesqueleto metálico de los peninsulares frente a la muy ligera dada por los petos –más ornamentales que otra cosa– de los japoneses.

 

En una relación de uno contra diez, los españoles tendría como único argumento: su superior tecnología armamentística

 

Tras ventilar esta primera escaramuza no sin dificultades, a pesar de la escabechina infligida a los orientales, Carrión continuó remontando el río Grande de Cagayán dándose de bruces con una veintena  de sampanes a los que pillaron in fraganti con las manos en la masa. Estaban saqueando a destajo una pequeña ciudad  y causando una matanza gratuita ante gentes indefensas del todo. Abriéndose paso con las culebrinas y arcabuces, tras un combate muy trabado, habían facilitado el tránsito a mejor vida a más de doscientos japoneses.

 

Tras esta segunda somanta, los piratas de Okinawa reflexionando sobre los escarmientos recibidos y  al parecer no satisfechos con los correctivos aplicados anteriormente, decidieron plantar cara de nuevo –sería la última vez–, en la larga playa de Birakaya a los cuarenta infantes restantes del Tercio del Mar.

 

Difícilmente se puede analizar esta sucesión de escaramuzas a las que se enfrentaban con regularidad los tercios en Filipinas y calificarlos de batalla o batallas, pero si se pueden englobar por su clara localización y por su acción sostenida en el distrito de Cagayan en un frente como tal. Lo cierto, es que erosionaban constantemente a las guarniciones locales, mermándolas por goteo.

 

Aun hoy, sin determinar con exactitud, se cree que Carrión y sus hombres se enzarzaron en esta cristalina playa desde el alba temprana hasta transcurridas cerca de cuatro horas de combate de una intensidad extraordinaria. Esta escaramuza en particular fue especialmente cruenta por lo desequilibrado y descompensado en el número de combatientes. Cerca de seiscientos nipones se abalanzaron como una horda hacia la posición española sin poder penetrar el cerrado grupo de alabarderos. Mientras estos contenían a los enfurecidos orientales, los arcabuceros disparaban sin compasión con una cadencia letal. Finalmente, el inevitable cuerpo a cuerpo llegaría y la esgrima occidental se impondría. La matanza posterior fue antológica.

 

Habían facilitado el tránsito a mejor vida a más de doscientos japoneses

 

Tras esta confrontación, la cabal idea de darse a la fuga se impuso entre los atizados samuráis, que desordenadamente se volvieron hacia el mar abierto sin mirar atrás, pues el pavor infundido por los Wo–cou o peces lagarto (pues así llamaban a los españoles), creó precedente entre sus pares, que no volverían a pisar las Filipinas para los restos hasta la Segunda Guerra Mundial. Los indígenas locales, los Tagalos, respirarían aliviados. El halo de invencibilidad de los samuráis, había quedado en entredicho.

 

Estas escaramuzas a día de hoy son el único testimonio debidamente documentado de un enfrentamiento armado entre europeos y samuráis, aunque a veces cierto tipo de cine nos haga creer lo contrario.

 

España mantuvo las Filipinas hasta el cese de hostilidades con los EEUU, allá por 1898, en la que el episodio de la heroica resistencia de Baler, acaparó la atención de la prensa internacional durante cerca de un año. A nivel local, el eco de los también llamados “últimos de Filipinas”, serviría para poner sordina a la muy evitable pérdida de vidas humanas españolas y a la posterior sangría económica, de la tristemente recordada como Guerra de Cuba.

 

One Magazine 17.03.2017

¿Sabías que los soldados irlandeses salvaron Gerona de los franceses?

¿Sabías que los soldados irlandeses salvaron Gerona de los franceses?

Por A. Manzano

 

Viernes 17 de marzo de 2017, 13:53h

  

 

A lo largo de la historia del Ejército español nos encontramos historias curiosas y prácticamente desconocidas, muchas de ellas protagonizadas por tropas extranjeras al servicio de España. Con motivo del Día de San Patricio, patrono de Irlanda, explicamos una de las más importantes.

Hubo un tiempo, los siglos XVI y XVII, en que en las filas de nuestro Ejército, el de la antigua Monarquía Hispánica, al lado de los soldados españoles formaban italianos, flamencos y borgoñones. Había otras tropas, aunque con una relación menos directa con España, como los alemanes y los suizos, incorporados mediante contratos de servicio mercenario, que era mucho más frecuente en aquel tiempo y con muchas más tropas de lo que puede parecernos ahora. Otras tropas, muy leales, eran los argelinos –los Mogataces- y marroquíes –los Moros de Paz- que, por preferir la acción española en Orán, Melilla y Ceuta, se pusieron al servicio de España. 

De entre todas las tropas extranjeras al servicio de España, los más apreciados fueron los irlandeses. En aquellos siglos XVI y XVII hubo varios tercios con soldados procedentes de esta isla que se escapaban de ella y se alistaban en el Ejército español para eludir la represión religiosa británica, motivada por el anglicanismo de los invasores.

En el siglo XVIII, el Ejército español tuvo cinco regimientos de Infantería formados por irlandeses, cuyos nombres eran referencias a su tierra de origen: ‘Irlanda’ –la españolización del inglés ‘Ireland’-, ‘Hibernia’ –su antiguo nombre en latín-, ‘Ultonia’ –en latín, la parte norte-,‘Waterford’ y ‘Limerick’ –dos de los condados del sur-.

La vinculación de los irlandeses con España era muy fuerte y su afecto por ella importante. Se debía a que aquí habían encontrado una Patria que les era negada en su isla por los invasores ingleses. Muchos de sus apellidos han llegado hasta ahora, españolizados.

La defensa de Gerona

En 1808, el Regimiento de Infantería de Línea ‘Ultonia’, cuyo patrón era naturalmente San Patricio, formaba parte de la guarnición de Gerona en aquellos tiempos de la invasión napoleónica. Junto a él estaban el Regimiento ‘Borbón’, el 2º de ‘Voluntarios de Barcelona’,‘Migueletes’ de Gerona y de Vich, artilleros –150 cañones defendían la ciudad-, zapadores e, incluso, marineros llegados desde la cercana Rosas. Por supuesto, los civiles y eclesiásticos de Gerona contribuyeron a la defensa de la ciudad, bajo el mando del mariscal de campo –hoy en día sería general de división- Mariano Álvarez de Castro.

El 13 de junio de 1809, las tropas españolas que defendían Gerona sumaban 5.723 hombres -de ellos, unos 800 eran irlandeses- que fueron reforzados entre julio y septiembre con 3.770 soldados más de otros regimientos llegados desde otras partes de Cataluña.

Los oficiales irlandeses que destacaron más en la defensa de Gerona fueron:

  • Coronel graduado: Rodulfo Marshall. Murió por las heridas recibidas durante el asedio. En su testamento había dejado escrito: “…yo muero gustoso por la España”
  • Teniente coronel: Pedro O’Daly
  • Sargentos mayores: Eduardo Mac Karty y Enrique O’Donnell
  • Comandantes: Guillermo Nach y Juan O’Donovan
  • Capitanes: Manuel O’Sullivan, Edmundo O’Ronan, Leonardo Fitz Gerald, Lorenzo Fitz Gerald y Miguel Peirson
  • Subteniente Tomás Magrat

La extraordinaria violencia del asedio que a lo largo de casi siete meses los franceses sometieron a Gerona a fin de arrasarla, se comprende con las siguientes cifras: la bombardearon con 80.000 balas rasas, 11.900 bombas y más de 7.900 granadas.

El día 19 de septiembre de 1809 fue el peor del bombardeo francés. Más de 200 piezas de artillería dispararon continuamente y, creyendo que los defensores ya no podrían resistir más, los franceses trataron de asaltar Gerona pero sufrieron una humillante derrota. Tras dejar ante las murallas de la ciudad unas 1.500 bajas, tuvieron que retirarse. Entre los defensores, sólo este día, hubo más de 250 bajas entre muertos y heridos. Este día fue, desde entonces, ‘El Día Grande’ de la defensa.

En total, el asedio francés causó entre los defensores de Gerona 5.211 muertos entre los militares y unos 5.000 entre los civiles, casi la mitad de sus habitantes.

El heroísmo de los soldados irlandeses

Los irlandeses del Regimiento ‘Ultonia’ forman parte, desde luego, de esa larga lista de héroes españoles a los que se les reconoce muy poco su esfuerzo y sacrificio en la defensa de los intereses nacionales; en el caso concreto que tratamos, es la defensa de Gerona ante los invasores franceses.

En reconocimiento al valor de los regimientos irlandeses, desde mediados del siglo XVIII gozaban de la concesión del lema honorífico “In omnem terram exhivit sonus eorum” tomado del Salmo 18, versículo 4. Es un juego de palabras que hace referencia a que la fama de su valor y heroísmo se difunde por toda la Tierra como el sonido del arpa, el símbolo irlandés que aparece en los escudos de sus banderas.

Tan famoso ha sido este Regimiento que, ya sólo formado por españoles, ha ido sobreviviendo a todas las reestructuraciones y reorganizaciones de la Infantería llevadas a cabo a lo largo de los siglos XIX y XX. Finalmente, en uno de los últimos procesos de reducción del Ejército de Tierra, el famoso Regimiento de Infantería ‘Ultonia’ dejó de existir en 1986. Sin embargo, el sonido heroico de su arpa sigue resonando en nuestros oídos porque nunca olvidaremos a estos soldados pelirrojos y de apellidos extraños que, gracias a ellos, están entre los nuestros.

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Marcelo Adrián Obregón. UN HÉROE BURGALÉS ENTRE LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS. -Por Francisco Blanco-

 

El 15 de octubre de 1899, reunido el pleno del Ayuntamiento de la localidad burgalesa de Villalmanzo en sesión extraordinaria, se toma por unanimidad el acuerdo de nombrar hijo predilecto del pueblo a su paisano, el soldado Marcelo Adrián Obregón, uno de los 33 heroicos supervivientes del asedio de los insurgentes filipinos a la iglesia de Baler, que han pasado a la historia de nuestras gestas militares como “Los Últimos de Filipinas”. Para perpetuar este homenaje, se colocó una lápida con su nombre en una de las principales calles del pueblo.

Marcelo había nacido en el 1877, quedándose huérfano de padre y madre cuando sólo contaba 10 años de edad; su abuela materna y un tío se hicieron cargo de su crianza y educación hasta que en 1891, ya con 14 años, le colocaron de “botones” en un comercio de Madrid. En la capital de España estuvo trabajando hasta que le llegó el  momento de cumplir con el servicio militar.

A principios de 1896 fue embarcado para Filipinas, donde llega en el mes de febrero, siendo destinado al Batallón Expedicionario de Cazadores nº 2, entrando inmediatamente en campaña contra los rebeldes tagalos, contra los que combatió en Silán, los montes de Paray, Managondón y Bulacán, hasta que en el mes de junio de 1898 llegó con su compañía para proteger el pequeño poblado de Baler.

Baler, un antiguo “barangay” fundado por los franciscanos en el siglo XVII, era una población de apenas 2.000 habitantes, perteneciente a la provincia de Nueva Écija, en la isla de Luzón, que ya había sido atacada por los tagalos en la insurrección de 1897, causando la muerte de 10 soldados de una guarnición de 50, provocando, además, el suicidio del teniente Mota, jefe del destacamento; el resto de la guarnición pudo ser evacuado tras la firma del pacto de Biac-na-Bató.

En esta segunda ocupación, la Compañía estaba al mando del capitán de Infantería D. Enrique de las Moreras, y la integraban 2 tenientes, 1 teniente médico, 2 sanitarios, uno de los cuales era indígena; 5 cabos, entre los que también había un indígena, un corneta y 45 soldados, todos ellos de modesta condición y procedentes de las más diversas regiones de España. Tan sólo Marcelo Adrián Obregón era burgalés.

En la noche del 26 de junio, tras unos días de tensa calma, pero sin que se observara la presencia del enemigo, en los cerros que dominaban el pueblo empezaron a arder numerosas hogueras que iluminaron fantasmagóricamente el campamento, anunciando la amenazadora y cercana presencia de un fuerte contingente de tagalos dispuestos al ataque. Ante semejante amenaza, el capitán de las Moreras decide refugiarse con todos sus hombres en la iglesia del pueblo, único edificio que ofrecía ciertas garantías de seguridad y de defensa. Acompaña al destacamento el párroco fray Cándido Gómez Carreño, que también decide refugiarse en su iglesia.

Cuando amaneció el día 27, después de una larga noche llena de inquietud, una patrulla de exploración hizo una salida, comprobando que el pueblo había sido abandonado por sus habitantes; sólo se había quedado el maestro Lucio Quezón, que volvió con ellos al refugio de la iglesia.

A partir de este momento, la iglesia de Baler se convirtió en un fortín perfectamente organizado para defenderse de un asedio que no tardaría en producirse, pues el día 30 sufrieron el primer ataque de los insurgentes filipinos, que hirieron en un pie al cabo Jesús García.

Se cavaron trincheras alrededor de la iglesia, se tapiaron ventanas, se reforzaron puertas y ventanas, se levantaron parapetos y en lo alto de la torre se estableció un puesto de vigilancia, que en numerosas ocasiones estuvo ocupado por el burgalés Marcelo, quien, según parece, era el mejor tirador de la Compañía; incluso se empezó a perforar un pozo, que a los 4 metros de profundidad comenzó a manar agua potable, que era, sin duda, su mayor carencia, pues estaban bien abastecidos de alimentos y municiones.

Lo que no podían suponer los sitiados es que al encerrarse en aquella iglesia, confiando probablemente en que no tardarían en acudir tropas en su ayuda, daban comienzo a una épica defensa numantina, que se iba a prolongar durante casi un año entero.

Poco a poco, la situación del destacamento se empezó a complicar, debido, en primer lugar, al continuo hostigamiento de los tagalos, que disparaban impunemente contra la iglesia desde las casas más cercanas del poblado, llegando incluso a bombardearla con cañones españoles capturados en Cavite por los rebeldes, causando daños en el tejado y las fachadas del edificio, que sus defensores tuvieron que apresurarse a reparar; por suerte, entre los soldados sitiados había canteros y albañiles que pudieron afrontar con éxito las tareas de reparación. Afortunadamente, también había cocineros y panaderos que se ocupaban de la intendencia; sastres que trataban de conservar lo mejor posible los cada vez más andrajosos uniformes y hasta un zapatero que trataba de reparar las destrozadas alpargatas. Otro gran problema apareció cuando los alimentos que tenían almacenados se empezaron a deteriorar al no poderlos conservar en condiciones normales por falta de sal, aumentando considerablemente el riesgo de contraer enfermedades infecciosas, como el beriberi y la disentería. La primera víctima del terrible beriberi fue el teniente Zayas, que falleció el 18 de octubre de 1898; poco después, el 22 de noviembre, por las mismas causas le siguió el capitán de las Moreras, por lo que el teniente Cerezo tuvo que hacerse cargo del mando. Ambos oficiales fueron enterrados con honores militares.

También se produjeron algunas deserciones, tanto del personal indígena como de soldados españoles, incapaces de soportar la vida en aquellas condiciones cada vez más infrahumanas. El cabo Vicente González y el soldado Antonio Menache, fueron fusilados al ser sorprendidos cuando intentaban fugarse del recinto.

La cada vez más crítica situación obliga a los sitiados a efectuar dos salidas, una para destruir una casa cercana, desde la que los asaltantes les acribillaban impunemente y otra en busca de verduras y hortalizas con que mejorar su cada vez más deficiente alimentación, que iba minando seriamente su salud y su resistencia física. En esta última salida aprovecharon la sorpresa y el desconcierto de los tagalos para pegar fuego al resto del poblado, con lo que consiguieron mejorar su posición defensiva, al ampliarse considerablemente el espacio entre los atacantes y los defensores. También consiguieron apoderarse de algunas calabazas y otras hortalizas que les sirvieron para mejorar su dieta y paliar momentáneamente los terribles efectos del beri-beri.

Pero el asedio continuó y los intentos realizados por los casi 800 tagalos atacantes, al mando del coronel Calixto Villacorta, para apoderarse de la iglesia fueron rechazados una y otra vez por el heroísmo de los soldados españoles, que preferían morir antes que rendirse. Sin embargo, dentro del recinto de la iglesia la situación era cada vez más desesperada; el terrible beriberi, al que se unió la disentería, fueron diezmando a sus ocupantes, causándoles hasta 14 bajas, a las que hay que añadir tan sólo dos por los disparos de los atacantes. Como es de suponer, el resto de aquellos esforzados defensores también se encontraba afectado por las enfermedades, o en un estado físico calamitoso, casi incapaces de sostener un fusil entre sus manos. También se produjo alguna deserción más, como la de un sanitario filipino, que se apresuró a comunicar a sus paisanos la triste situación de los sitiados.

En semejante situación, tampoco se enteraron que eran los últimos combatientes de una guerra que España ya había perdido ante el avasallador poderío militar yanqui. El teniente Cerezo se negó a dar crédito a los diferentes emisarios que se acercaron a parlamentar, asegurando que la guerra había terminado y también la ocupación española en las islas; pensó que eran burdas mentiras de los filipinos para conseguir su rendición. Finalmente, el 1 de junio de 1899 se presenta el teniente coronel español Aguilar Castañeda, que le entrega unos periódicos españoles que reflejan detalladamente la capitulación del Ejército español en Cuba y en Filipinas.

Ante semejante evidencia, el teniente Cerezo reúne a su harapienta y maltrecha tropa para informarles de la nueva situación y les propone entregar el puesto que tan heroicamente habían defendido, pero exigiendo una honrosa capitulación, para lo que redacta el siguiente escrito: “Capitulamos porque no tenemos víveres, pero deseamos hacerlo honrosamente. Deseamos también no quedar prisioneros de guerra. Si no es así, pelearemos hasta morir, o moriremos matando”.

Aceptada inmediatamente su petición por el teniente coronel Simón Tecson, jefe de los sitiadores, el día 2 de junio de 1899 el teniente Martín Cerezo manda izar la bandera blanca de rendición, a la que respondió el toque de corneta de los sitiadores, acto seguido, los 33 supervivientes, con la bandera española a la cabeza, abandonan en formación la iglesia de Baler, que durante 11 largos meses habían convertido en una fortaleza inexpugnable. Entre ellos se encontraba el soldado burgalés Marcelo Adrián Obregón.

Los restos de la Compañía del Batallón Expedicionario de Cazadores nº 2, con el teniente Cerezo al frente, fueron recibidos con entusiasmo por los soldados filipinos, que les rindieron honores militares y les aclamaron al grito de“¡Amigos, amigos!”.

El 6 de julio, escoltados por los mismos soldados filipinos que les habían sitiado, llegaron a Manila, donde fueron recibidos por el presidente de la nueva y flamante República de Filipinas, D. Emilio Aguinaldo, que les expresa la profunda admiración que su valerosa gesta le ha causado, al tiempo que les informa sobre el Decreto firmado por él mismo sobre su capitulación, que dice lo siguiente:

“Artículo único: Los individuos de que se componen las citadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos, y en su consecuencia, se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlak”

a 30 de junio de 1899. El Presidente de la República: Emilio Aguinaldo.

El 29 de julio los últimos de Filipinas embarcan en el vapor “Alicante” rumbo a Barcelona, donde llegan el 1 de setiembre. Su increíble odisea había llegado a su final, ahora les tocaba recibir gloria y honores.

Marcelo Adrián Obregón, después de ser condecorado, homenajeado y agasajado, se reincorpora a su antiguo puesto de trabajo en un comercio madrileño, al tiempo que reinicia sus relaciones con su antigua novia, Hilaria Cuesta, con la que pronto acabará casándose, aunque de este matrimonio no nacerá ningún hijo. Desde entonces su vida transcurrió sin grandes sobresaltos hasta que, en julio de 1936, otra guerra, esta vez fratricida, volvió a alterarla y volvió a vivir dentro de un cerco de fuego, en el que las casas y las personas eran destrozadas por las bombas de los asaltantes. Logró escapar del cerco de Madrid junto con su mujer y refugiarse en el pequeño pueblo conquense de Buenache de Alarcón, de donde ella era natural y donde tenían una sobrina. Pero en esta ocasión no pudo llegar a ver el final de la contienda. Murió un poco antes de que acabara, el 13 de febrero de 1939, siendo enterrado en una modesta y anónima sepultura del cementerio de aquel pueblo.

Su memoria se hubiese perdido si su sobrino, Eladio Adrián, no se hubiese empeñado en recuperarla, consiguiendo que en el año 2000 sus restos fueran exhumados e identificados.

Marcelo Adrián Obregón fue el último de “Los últimos de Filipinas” (1), en ser enterrado en el Mausoleo a los Héroes de Cuba y Filipinas que en su memoria se erigió en el cementerio de La Almudena de Madrid. El 15 de noviembre de ese mismo año se volvió a honrar públicamente la memoria y la gesta de éste héroe burgalés, en un acto público con presencia de autoridades militares y civiles, que consistió en celebrar una misa de campaña ante el féretro colocado sobre un túmulo con la bandera española, tras la cual se dio lectura al artículo 16 de las Reales Ordenanzas Militares, que dice así: “Los ejércitos de España son herederos y depositarios de una gloriosa tradición militar. El homenaje a los héroes que la forjaron es un deber de gratitud y un motivo de estímulo para la continuación de su obra”. A continuación fue leído un relato de la gesta de la iglesia de Baler y un soneto en su memoria, acabando el acto con la inhumación de los restos de Marcelo Adrián Obregón, seguida de un responso y una descarga de artillería. Para siempre, sus restos reposarán junto a sus compañeros de asedio y su memoria pasó del olvido a la gloria.

NOTA:

Los restos de los 17 enterrados en la iglesia de Baler fueron exhumados el 9 de noviembre de 1903 y enviados ese mismo año a España en el vapor filipino “Isla de Panay”.

Paco Blanco, Barcelona, agosto 2014

 

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