Teniente general (Ret) Emilio Pérez Alamán

El teniente general analiza la nueva reorganización del Ejército, con ese interrogatorio sobre la polivalencia, en el sentido que una brigada polivalente debe "servir para todo".

La lectura completa del artículo, editado en la Revista Atenea, se puede descargar en el enlace de abajo.

 

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Luis Alejandre. General de Ejército

Varios
«radares avanzados» orientados sobre Defensa anuncian una drástica reducción de cuadros de mando y tropas en los  jércitos, en lo que denomina una vez mas «racionalización de estructuras y supresión de lo prescindible». Eso sí, añadiendo la rchiconocida coletilla de que «no afectará a la operatividad de las fuerzas». Mi mensaje de hoy no va dirigido sólo a los ctuales responsables del Ministerio. Les conozco bien porque conviví con ellos cerca de cuatro años.
Sé de sus capacidades y de su honestidad. Sólo creo que les ha faltado coraje para relevar a personas de fervientes lealtades al régimen que nació el 11-M.
Ángel Acebes no explicó suficientemente a los ministros actuales su amarga experiencia con los mandos de la Policía que no relevó a tiempo.

Hoy debo dirigirme más especialmente a quienes han reducido el presupuesto del Ministerio a cotas tercermundistas, mientras encuentran medios para salvar bancos, para enjugar cuantiosas deudas autonómicas, para sufragar a partidos políticos y sindicatos. La seguridad no es sólo  ncumbencia del Ministerio de Defensa. Sus responsables actuales son sólo depositarios temporales de su administración, por supuesto legitimada por una opción política que ganó unas elecciones. La seguridad es de todos, y por tanto, del Gobierno de todos. ¡Ya tuvimos otros ministros que quisieron suprimir a la Guardia Civil y a la Legión! Lo recordaba hace unos días viendo las emocionantes imágenes de Málaga y de la Legión ante su Cristo de la Buena Muerte. En próxima Tribuna me referiré al eco mediático de este acto, centrado en el Cristo de Palma Burgos, al que aún denominamos Cristo de Mena.

¿Reducciones? En otros momentos quizás diría sí. Hoy digo respetuosamente, no. Basta leer las crónicas que vienen de Cataluña. Imagino la sonrisa de un conocido líder de doble lenguaje al conocer la noticia. Ya nos esquilmó todo lo que pudo en el pacto del Majestic, firmado con Rato en el 96. Ahora pedirá eliminar totalmente nuestra presencia en el Principado. ¡Al tiempo! Ya han leído las primeras declaraciones de uno de los trece xpertos designados para ormar el flamante «Consell per a la Transició Nacional de Catalunya». Sólo ve l Ejército como amenaza a un proceso al que van lanzados. Basta con estar tentos a lo que se mueve en torno a ETA en Noruega, en París o en el propio aís Vasco. Y basta con comprobar las rácticas de determinadas izquierdas, abituales cuando pierden unas elecciones: pancartas, manifestaciones, lataformas, huelgas. Ahora añaden los ataques personales a viviendas, al anzamiento de basuras, al acoso mediático, al griterío. Ojo que del escrache el tiro a la barriga de aquellos que quemaron el Cristo de Mena en los años treinta no hay tanta distancia. Demasiadas veces hemos contado lo que vivimos en Yugoslavia. ¿Alguien puede asegurar hoy que se acabará esta legislatura de forma ordenada? ¿Es completamente descartable un golpe de estado semejante al del 11-M, tras una crisis real o provocada?

Las Fuerzas Armadas, que no tienen nada que ver ni con los sinvergüenzas que han saqueado ciertos bancos y cajas, ni con los administradores públicos que han actuado en beneficio privado, ni con los desbarajustes de unas autonomías que han hecho la guerra por su cuenta, ni con unos gobernantes incapaces y corruptos que han dejado al país en quiebra, pagan ahora los platos rotos. Alguien cree que basta con recordar a las gentes de armas aquella estrofa de Calderón de la Barca –«Aquí la más principal/ hazaña es obedecer,/ y el modo como ha de ser,/ es ni pedir ni rehusar»– para que disciplinados y callados asuman las decisiones políticas. Tengo claro que Calderón se refería al mundo de la milicia, no al de la política.


En tiempos en los que el propio Enrique Rojas dice que «España está ardiendo» y que nuestra sociedad actual ha producido «seres humanos cada vez más endebles, frágiles, inestables, resbaladizos y sin criterios sólidos», nosotros queremos reducir a los seres más fuertes, endurecidos, stables, seguros de sí mismos, leales servidores públicos y con criterios apoyados en valores, de la propia sociedad. «Tiempos de extravío, de masas de gentes a la deriva», termina ratificando el psicólogo sevillano. Y a una de las instituciones que pueden proporcionar nortes, referencias y áncoras, se la esquilma. Ya lo intentaron otros. Las reducciones de este tipo entrañan disputas y recelos entre ejércitos que harán todo lo posible para endosar el mayor peso de la crisis sobre los otros. Se producirán desencuentros entre promociones y dentro de ellas entre compañeros. Los anunciados amplios cupos de reserva para cuadros de mando» no serán más que hervideros de descontentos, recriminadores vitalicios, críticos con quienes permanecerán. Se romperá la debida cohesión, ante la cínica sonrisa de unos pocos. Y ya saben a lo que conduce una falta de cohesión. No. No es el momento.

Diario LA RAZÓN de 3 de abril de 2013

 

     martes, 26 de marzo de 2013

 

El teniente general Juan Carlos Villamía, ex director general de Política de Defensa, ha sido nombrado Consejero en la Misión Obervadora Permanente de España ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) y Asesor para Asuntos de Seguridad Hemisférica, según publica hoy el Boletín Oficial de Defensa.
Villamía estuvo destinado en el Batallón Mixto de Ingenieros XII, en el Servicio Geográfico del Ejército, en el Regimiento de Zapadores Ferroviarios XIII, en el Estado Mayor del Ejército y en el Gabinete Técnico del Ministro de Defensa. Fue Jefe del Regimiento de Transmisiones Estratégicas XXII y Director del Gabinete Técnico del Secretario General de Política de Defensa. Antes de ocupar la Dirección General de Política de Defensa fue Jefe de la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas.

Por Agustín Rosety Fernández de Castro*

La Patria es anterior y más importante que la democracia, y el patriotismo es un sentimiento, mientras que la Constitución no es más que una ley. No veo nada en estas declaraciones del general Chicharro, de quien fui amigo y compañero durante una larga carrera al servicio de España, que no pueda yo mismo suscribir. La Patria es la Nación, en tanto amada por sus hijos. Por eso, el patriotismo es un sentimiento, ese motor que hace a los soldados ofrecer su vida, llegado el caso, en su defensa. Nadie muere por el tenor de un texto jurídico, por fundamental que éste sea.

Lejos de mi ánimo interpretar las palabras ajenas para ofrecer una lectura políticamente correcta, tan sólo deseo expresar su resonancia en mi propia opinión. Estoy retirado, pero soy consciente de que, no por ello, un viejo soldado debe decir lo que quiera. No obstante, también es cierto que la condición militar es compatible con todos los derechos fundamentales, sólo delimitados estatutariamente, sin alterar su contenido esencial. Dicho de otro modo, el militar, aún en activo, no es una especie de ilota, un ciudadano de segunda clase, carente de libertad de expresión. Así pues, puede manifestar su opinión como todo el mundo, siempre que, entre otras cosas, respete el deber de neutralidad política, es decir, que no se incline a favor de postura partidista alguna, sea política o sindical, entre aquellas que sean legítimas.

En este contexto, la salvaguarda de la unidad nacional no es un interés partidista ni, por el contrario, socavarla torticeramente sería un interés legítimo. Nada pues se opone a que se especule acerca de las posibles consecuencias que de una secesión podrían derivarse. En este sentido, estamos de acuerdo con el catedrático González Trevijano: la alternativa a la Constitución sería un suicidio colectivo, y no me parece otra cosa el aventurerismo separatista.

Mi parecer, ya que me es dable publicarlo, es que una hipotética modificación del Artículo 2 de nuestra ley de leyes, para suprimir de él la idea de la indisolubilidad de la Nación, supondría cambiar de Constitución, más que la reforma de ésta. ¿Cómo podría ser de otro modo, si con ello se escamotearía el sujeto constituyente es decir, la Nación misma? Semejante idea supone, ni más ni menos, toda una alternativa a la Constitución, ese suicidio colectivo al que, si no hemos entendido mal, aludía el ilustre constitucionalista interviniente en el acto.

Según he podido leer, el general Chicharro ha rechazado la idea de una hipotética autonomía de las Fuerzas Armadas amparada por el Artículo 8 de la Constitución, puesto que lo contempla en relación con el Artículo 97. Así pues, en tanto el sistema  constitucional se mantenga en pie, el Estado podrá hacer uso de la fuerza pública -milicia incluida, si preciso fuere- para salvaguardar el imperio de la ley. Ahora bien, si el sistema quebrase por dejación de los poderes constitucionales -una situación sólo hipotéticamente concebible- sobrevendría uno de esos episodios revolucionarios que sólo la Historia puede juzgar.

En el momento de tomar las armas que la Nación les entrega para servirla, los militares le juran fidelidad ante la Bandera que la representa. Por eso mismo, las Fuerzas Armadas son una institución nacional y, también por eso, no están al servicio de la Constitución, sino regidas por ella, ni menos aún de los Poderes constitucionales, aunque les deban acatamiento y obediencia. Tan sólo están al servicio de la Nación misma constituida como Estado, vinculados sus miembros por un deber de lealtad del cual nada les puede exonerar, ni aún la eventual quiebra de éste. Honor, Valor, Lealtad, Patriotismo, nunca faltará este norte.

Ningún contratiempo cabe esperar, pues, de nuestros civilizadísimos soldados, marinos y aviadores, pero nadie debe sorprenderse de su preocupación ante el panorama político que la España de nuestros días ofrece. Son, en definitiva, ciudadanos como los demás, aunque un deber más exigente les vincule. Así pues, antes que escandalizarse, como El País, de la opinión de un veterano general en la reserva que ha servido con lealtad durante cuarenta y dos años, sería mejor hacerlo ante el espectáculo de traición, corrupción e impunidad que los ciudadanos contemplamos con mayor o menor resignación día tras día.

Acabamos de conmemorar -ciertamente con menor eco del que la efemérides merecía- el Bicentenario de la Constitución de Cádiz, la primera expresión de nuestra soberanía nacional. España y Libertad son palabras que laten en sus páginas, aún vivas como inspiración. Desde entonces, no hay una sin la otra. La Nación soberana es la garantía de la libertad de sus ciudadanos. Entre nosotros, no hay democracia sin España, ni nuestra Patria viviría dignamente sin libertad. Sencillamente, no cabe elegir.

GB Rosety

Teniente coronel Manuel Badás Ramos

jueves, 21 de marzo de 2013

Acaba de terminar una reunión de compañeros de la Academia General Militar de la XXXVIII promoción. Una comida y una sobremesa, nada más. Ninguno cumpliremos ya los 50 años; hace algún tiempo que lo celebramos. Pero, los lazos trenzados durante los cinco años de internado que vivimos juntos, viéndonos todos los días, sufriendo los rigores del frío zaragozano en aquellos dormitorios con el calor 'animal' como único sistema de calefacción, pasándonos los apuntes sin importarnos el número de promoción que cada uno obtuviese al final de la carrera, o consolándonos cuando el cariño de nuestra novia, en forma de carta (porque no había ni internet ni whatsapp), se retrasaba.

En resumidas cuentas, haciendo una piña de 400 hombres (jóvenes de 20 años) para afrontar juntos las múltiples adversidades de la Academia Militar y, sobre todo, convencidos de nuestro espíritu de servicio a España, nuestra Patria, convencidos de derramar por ella nuestra última gota de sangre, como hicieron nuestros padres, nuestros abuelos, herederos de una tradición y una historia que nos obliga.Esos lazos hicieron que pareciese que todavía estuviésemos allí, en la Academia. Esos lazos hicieron que nos sintiésemos, como dijo en una ocasión Don Camilo, "los amos del mundo, a pie y sin dinero". Don Camilo José Cela se refería a la Infantería, pero hoy lo he sentido aplicable a la profesión militar, a toda la profesión militar, Guardia Civil incluida.

Todos peinábamos canas, bueno, no todos, ¡había alguno que ya no peinaba nada de nada! Todos teníamos hijos (e hijas) que ya nos habían hecho abuelos. Pero todo seguía igual: todavía éramos jóvenes cadetes, éramos el mismo grupo que había jurado Bandera al mismo tiempo, el mismo día, la misma Bandera, el mismo juramento.

No se pueden entender estas líneas si no se viven; no se puede entender lo que es la camaradería si no se vive, si no se sufre, si no se juramenta en grupo. Nosotros nos fuimos de nuestras casas con 16 y 17 años para ingresar en un internado de sacrificio y austeridad, ausente de todo tipo de cariño, en tensión permanente, exigente las 24 horas del día, y, sin embargo, lo recordamos con alegría (hoy ha sido la prueba), porque lo hacíamos por nuestra vocación, la de ser oficiales, con mayúsculas, del Ejército Español.

En la España de hoy, un buen número de los jóvenes, que ahora tiene nuestra edad cuando ingresamos en la Academia General Militar, son 'ninis', porque no admiten ningún tipo de sacrificio o dificultad, lo quieren todo ya, y gratis. En la España de hoy impera la mediocridad: en las cúpulas políticas (centrales, autonómicas y locales), universitarias y educativas, judiciales, legislativas, sociales, y militares también. Y, si alguno no es mediocre, no lo es porque sabe aplicar sus habilidades y sabiduría en enriquecerse a costa de los contribuyentes paletos, yéndose "de rositas" en la mayoría de los casos, por la ya dicha mediocridad de los tribunales.

Pues, a pesar de esto, hoy me he vuelto a sentir el amo del mundo, a pie y sin dinero, miembro de un grupo de privilegiados que ha escogido la vida de servicio a la Patria, sin esperar otra cosa que el poder y saber cumplir con nuestra misión de la mejor manera posible.

No quiero menospreciar a ninguna otra profesión ni grupo. Se puede servir a España de muchas formas, pero ser miembro de una promoción de la Academia General Militar es un privilegio, un honor, y una satisfacción, que sólo pueden comprender y sentir esos, los que pertenecen a la promoción.

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