Mi teniente coronel: Carta abierta a un militar español

 

Por Josele Sánchez.- Esto, más que un artículo periodístico, es una carta abierta al teniente coronel de Infantería del Ejército español, don Juan Antonio Barberá Payá, una carta que, pese a ser abierta, no espera respuesta alguna por entender que el destinatario está sometido al régimen de disciplina militar y lo último que persigue este pobre articulista es enfrentar al destinatario con la jerarquía castrense a la que se debe.

Ilustrísimo Señor: tuve el honor de servir a sus órdenes en la Compañía de la Policía Militar nº 32 cuando yo era poco más que un adolescente todavía imberbe y usía un jovencísimo teniente recién salido de la Academia. El destino a la que pertenecíamos era, por aquel entonces, una unidad especial de la tercera Región Militar y como tal no fue mi mili el típico periodo de pérdida de tiempo, imaginarias, instrucción por salir del paso y cantina. Nuestra unidad, usía lo recordará perfectamente, era dura, muy dura, con una preparación física y militar de la más alta exigencia.

Fuimos adiestrados como auténticos soldados, nos prepararon concienzudamente en el uso de armas cortas y largas, en el manejo de granadas y explosivos, en acciones de intervención inmediata, de rescate de rehenes, de toma de edificios, de protección de personalidades, de localización y seguimiento de sospechosos, de información y contrainformación… Y los mandos de la unidad, especialmente usía, mi teniente coronel, eran estrictos, extremadamente serios, hasta el límite exigentes, tipos duros como los que aparecen en las películas de marines americanos.

Sin embargo eran, también, humanos y en su caso, mi teniente coronel, todo un ejemplo de hombría, de dureza y de buen hacer. Para un chavalín como yo, que no entraba en el ejército por vocación sino porque, por aquel entonces, todos los españoles varones estábamos obligados a prestar servicio militar a España, usía se convirtió en un referente y muchas de las cosas que vi y aprendí de su comportamiento me han servido el resto de mi vida civil. Aprendí que no existe el “no puedo”, que física y mentalmente siempre se puede dar más, que la vida es servicio y sacrificio. Y aprendí, también, que mi nación es lo primero, que el compromiso por España es de por vida y que no hay mayor honor que servir a la patria.

 

Recordará usía, mi teniente coronel, que a quien suscribe la presente carta, lo mismo que a miles, que a cientos de miles, que a millones de españoles de mi generación, de generaciones anteriores y de generaciones posteriores (hasta que un presidente de triste recuerdo decidió terminar con el servicio militar obligatorio) nos obligaron a jurar por nuestra conciencia y honor, ante Dios y ante la Patria, defender a España en cualquier circunstancia hasta derramar, si fuera necesario, la última gota de nuestra sangre. Y recuerdo perfectamente las palabras que usía pronunció cuando nos licenciamos y cómo nos recordó que el juramento de lealtad a España no terminaba con el servicio militar y que también en nuestra vida civil quedábamos comprometidos de por vida con la patria.

Resulta pues, mi teniente coronel, que a mí no ha venido la patria ni tampoco se me ha aparecido Dios para eximirme del juramento que en su día me obligaron a prestar. Entiendo que tampoco habrán sido dispensados de tal juramento los millones de españoles que establecieron -de manera obligatoria insisto- idéntico compromiso de defender a España hasta derramar, si fuera necesario, la última gota de sus respectivas sangres. Ni siquiera se ha dictado un Decreto de Ley en virtud del cual el gobierno de España nos exonera de cumplir con aquello que en su día juramos.

Así las cosas, mi teniente coronel, ¿qué debo hacer cuando se pone en peligro la unidad de la patria?, ¿puede usía guiarme, como lo hizo mientras estuve a su mando?, ¿puede explicarme de qué modo debo ser fiel a mi juramento en un momento en el que el secesionismo ataca de manera contundente a la unidad y permanencia de España y los gobernantes son incapaces de repeler de modo eficaz esta amenaza? Yo, como los millones de españoles que fuimos obligados a jurar defender a España, en cualquier circunstancia, hasta derramar, si fuera necesario, la última gota de nuestra sangre podemos constituirnos en la mayor amenaza para el mundo separatista. Vamos que, pese a la cantidad de muertos que ha dejado, lo de ETA puede ser un juego de niños en comparación con la que se les viene encima a quienes atentan contra la unidad de la patria.

Sé que esto que acabo de decir suena a una amenaza jurídicamente querellable. Y lo es. Se trata de una amenaza en toda la regla. El Estado (que es el eufemismo amariconado que ahora se utiliza para evitar la palabra nación, patria e incluso España) no puede quitarnos los conocimientos militares y armamentísticos que en su día aprendimos. Y todavía menos puede impedir que algunos, acaso muchos, de quienes en su día fuimos obligados a prestar ese juramento, seamos hombres de palabra –como nos enseñó usía- gentes de bien que cuando establecen un compromiso lo cumplen hasta las últimas consecuencias.

De este modo ya pueden sentir el miedo en el cuerpo todos los secesionistas antiespañoles. Ya pueden mirar para ambos lados de la calle antes de salir de casa, revisar los bajos de sus coches, cambiar sus itinerarios habituales y dejar de ir a los locales de costumbre porque cientos, miles, acaso cientos de miles de españoles pueden ser sus enemigos potenciales, enemigos obligados por juramento a defender a España hasta la última gota de sus sangre.

Entiendo que usía no pueda contestar esta carta, pero espero que se sienta culpable de haber engendrado españoles como quien suscribe y que de pasar algo gordo, de liarse parda como acaso ocurra en este país antes llamado España, usía y todos los que de igual manera formaron a tal cantidad de españoles se vean obligados a responder ante la justicia por habernos enseñado que la patria es lo primero y por haber conseguido que nos lo creyéramos.

 

 

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28 April 2017

 

 

 

 

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