160627 Toledo

La admirable ciudad de Toledo añade de antiguo a sus innumerables glorias efectivas la fronda de otras tantas leyendas y tradiciones que comenzaron a adquirir forma concreta casi en la misma época en que cristalizaba la lengua castellana. En efecto, la primera versión de una de esas leyendas más conocidas, la de la cueva de Hércules y subterráneo del palacio real, data de la crónica del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada (1175?—1247).

 A partir de entonces no ha habido generación que no se interese por semejantes misterios, comprendidas las más recientes que los estudian todavía con más ahínco, además de usar criterios y métodos propios de la ciencia y la técnica actuales. Merced a esta evolución la arqueología ha salido beneficiada de un acervo de noticias e investigaciones que en su origen estuvieron estimuladas por la curiosidad y la fantasía. Vamos a repasar rápidamente las sucesivas versiones dadas en el curso de los tiempos al tema central de la cueva toledana mágica llena de maravillas pasmosas.

 El primer planteamiento del obispo Jiménez de Rada refiere que en Toledo había un palacio que había estado cerrado desde tiempo inmemorial y el rey Rodrigo lo mandó abrir. 

No encontró nada en él sino un arca cerrada y dentro había un paño donde estaba escrito lo siguiente: Cuando estas cerraduras fueren quebrantadas y el arca y el palacio fueren abiertos y lo que allí hay fuere visto, entrarán en España gentes de tal manera como en este paño están pintadas y la conquistarán y serán de ella señores. La pintura representaba hombres de figura y vestido "así como agora andan los alárabes". No hay que repetir que el infortunado don Rodrigo, de quien trataremos en un capítulo posterior, se apesadumbró mucho ante semejante anuncio. Este suceso fue recogido por los cronistas y aun los historiadores de los siglos siguientes y pasó a conectarse con otras leyendas toledanas referentes a la fundación de la ciudad. 

Estas narraciones eran parientes de las falsas crónicas que ya veremos que no pecaban de tímidas ni cortas. No sólo manejaban dragones, osos y otras fieras sino también las figuras más renombradas de la antigüedad, reales o imaginarias, dándoles parte en la fundación de Toledo. Surgen así variadas historias toledanas que coinciden en centrarse en una cueva guardada por un dragón y abundan en vincular con ella al remoto rey de España Hércules Egipcio, uno de los sucesores del todavía más antiguo Túbal, y otros fundadores de este país, cuyas figuras se entretejen en diversas formas con la repetida cueva y en su caso, con el dragón que la guarda. Más adelante, este manojo de fábulas se combinó con la nombradía que adquirió Toledo de emporio de las ciencias ocultas, derivación de su fundada fama como centro de cultura durante largos siglos. 

El repertorio de ensoñaciones que rodeaba a la cueva se aumentó en tiempos pasados con diversas fábulas de que en ella había un tesoro y que éste había sido buscado en vano por diferentes hombres que habían perdido la vida en el empeño, máxime cuando alguna de las versiones afirma que el tesoro estaba guardado por un perro espantoso que los devoraba. Ante la notoria inexistencia de cuevas en Toledo, la cavidad en cuestión se conectó con el verídico y real subterráneo de la parroquia de San Ginés. Este templo existió, fue demolido en 1841 y lo ha estudiado mi ilustre amigo don Julio Porres, columna básica de los estudios toledanos. 

Aplicando al sótano de esta iglesia la curiosidad que inspiraba la irreal cueva de Hércules, el cardenal Juan Martínez Silíceo había ordenado en el año 1546 que fuese explorado por un equipo que entró con linternas, cuerdas y comida. Pasaron el día en su registro y al salir declararon que habían caminado media legua y habían visto unas estatuas, al parecer de bronce, de las que cayó una con gran ruido. Luego toparon con un curso de agua que no pudieron atravesar y se volvieron penetrados del frío y la humedad, por cuyo efecto enfermaron y murieron casi todos. El ingeniero don José Antonio García-Diego, que ha estudiado detenidamente la llamada cueva de Hércules, apenas admite otra veracidad en esta historia que la de que el cardenal encargó semejante exploración, pero todo lo demás lo considera fabuloso, empezando por que en aquel subterráneo haga frío, ya que él mismo bajó y dice que pasó "un calor bastante respetable" en él. 

En el siglo pasado empezó a ser visitada la cripta de la iglesia de San Ginés. La primera bajada se efectuó en 1839 y cuenta León María Carbonero que la hizo su padre. Tras levantar una losa y descender con una escalera de mano, encontraron un espacio lleno de restos humanos, que parecía corresponder a la zona intermedia entre el suelo de la iglesia y la bóveda del subterráneo y estaría dedicada a la inhumación de los feligreses. 

Señalaron luego la clave de un gran arco que acaso daba acceso a "la cueva", pero aparecía obstruido por escombros que impidieron otras averiguaciones. En 1851 se realizó otro descenso que es reseñado por José Amador de los Ríos, hombre de crédito, aunque no vio la cueva que le fue descrita por uno de sus visitadores. 

Refleja la desilusión de los aficionados: buscaban el palacio mágico de la leyenda y encontraron unas bóvedas fuertes, no muy amplias, cerradas por piedra viva, que habían correspondido a otra estructura y no conducían a ninguna parte. No menos decepcionantes han sido otros intentos de demostrar que la cueva se comunicaba con largas vías y salía al exterior en bocas muy distantes de Toledo. Este enfoque se trasmuta, según algunos, en la hipótesis de que la entrada de la cueva de Hércules se encuentre lejos de la capital, por ejemplo en el paraje de Higares, a 12 km. de la misma. Los ingenieros García-Diego y Fernández Casado han explorado y estudiado aquel mismo local inferior de la iglesia mencionada y lo identifican con el sótano de la casa número 3 del callejón de San Ginés y parte de la planta baja del número 2 de la calle del mismo nombre. Estiman que el recinto constituye el depósito terminal del abastecimiento romano de aguas de Toledo, que empezaba en la presa de Alcantarilla, desde la que el agua era conducida por un canal de unos 36 km. hasta la ciudad, salvando la hoz del Tajo mediante un acueducto. La obra era un "castellum" de distribución del agua hacia cisternas y tuberías de la ciudad pero no es imposible que estuviera conectada con otros recintos abovedados, que han sido también explorados en parte. Julio Porres opina que, después de su empleo por los romanos, esta estructura sirvió de depósito de agua anexo a la mezquita. En fecha más reciente, la Confederación Hidrográfica del Tajo efectuó la encomiable tarea de vaciar en parte los escombros de aquel recinto, a instancias del señor Fernández Casado. De este modo, ha sido posible inspeccionarlo mejor, admirar con más precisión sus sólidas arcadas y medir la capacidad del depósito de aguas que fue, la cual se ha estimado en un total de 150 metros cúbicos, que por lo demás no eran de retención pasiva, puesto que el agua entraba y salía sin cesar. 

Otra leyenda toledana famosa está igualmente conectada con restos de edificios antiguos mal definidos por la tradición. Nos referimos a la historia de la hermosa Cava, presuntamente violada por el rey Rodrigo, del cual estropicio derivó nada menos que la pérdida de España, país tantas veces perdido y recobrado, dicho sea de paso, que a la postre uno se siente inclinado a pensar que o nunca ha estado muy perdido o nunca se ha rehecho de veras, como se desprende de la brillante revisión histórica de Carlos Rojas , la Españeta, publicada en 2000 por esta misma Editorial. Volvamos al erótico problema de la hermosa Cava, o Florinda la Cava, según también se la llama. 

Era ésta la hija (otras versiones dicen que la esposa) del conde don Julián o don Yllán, gobernador de Tánger y/o Ceuta en nombre de los reyes visigodos Vitiza y luego Rodrigo. 

Cuando en seguida tratemos de este último monarca repetiremos que nuestra presencia en aquellas plazas norteafricanas estaba inserta en una amplia dominación visigoda sobre el Magreb y una íntima comunicación entre éste y la península .[2] Don Julián, denominado por otros Urbano, pudo ser un impecable gobernador visigodo que, al estallar la guerra civil sucesoria entre los hijos de Vitiza y Rodrigo, optó por los primeros y pactó con los moros algunas avenencias para contar con su ayuda en la lucha, como volveremos a decir pronto.

 Don Julián había enviado a su hija a la corte toledana para que fuese educada allí y en su momento casase con un magnate adecuado. La hermosura de la joven y la ligereza del soberano —que no ha dejado fama de sensatez por ningún concepto— ocasionaron que éste violase a su pupila. La Cava notició a su padre y éste, para vengarse, entregó su plaza a los moros y los ayudó a pasar el estrecho, además de combatir luego a su lado contra las huestes de Rodrigo. Esta historia consta en autores árabes desde el siglo IX en adelante y aparece todavía con más vigor en la tradición cristiana, dentro de la cual ayuda a explicar el hundimiento del reino visigodo y la entrada de lo que hemos venido llamando hasta hace pocos años el infiel marroquí. 

Más de un autor cristiano, al denostar a la Cava, dice que su nombre significa en árabe "mala mujer", cosa que no es verdad. "Aqaba" significa cerro, y un cerro hay en Toledo cerca de las supuestas ruinas del Baño, y en este cerro están la plaza, bajada y travesía de la Cava, que no es la hermosa atropellada sino la loma. Hubo allí en efecto unos baños de la Cava, pero el nombre aludía al Jugar y no a la beldad. En Toledo sigue contemplándose en la orilla del Tajo "un torreón despedazado en parte por las injurias de los siglos, el cual es conocido con el peregrino nombre de 'Los Baños de la Cava'... por suponerse que don Rodrigo tuvo su palacio frente a esta torre, debió tener la Cava sus baños allí para que pudiera el rey solazarse en contemplarla desde lo alto de uno de los miradores... ", escribía en 1845 José Amador de los Ríos, ya mencionado antes como apreciable autor de Toledo Pintoresca. 

Las ruinas se alzan unos doscientos metros aguas abajo del puente de San Martín y se vinculan con éste por una cortina defensiva que nace de la muralla de la ciudad y termina en el mismo río dentro de cuyas aguas está el último de sus torreones. No hace mucho tiempo, Julio Parres encontró bajo el nivel del río un pilar que faltaba concretar, y se valió para ello de la colaboración de un equipo subacuático del regimiento de Ingenieros de Alcalá, y dos ingenieros de Caminos. Reconstruidas y cuidadas, estas ruinas dan testimonio de un puente, a la vez que son jalón referencial de una leyenda amorosa reiterada desde hace mil años. 

Otra leyenda que tiene su punto culminante en Toledo hilvana nada menos que cuatro civilizaciones: la hebrea, la romana, la visigoda y la musulmana, y cuenta con bastante fundamento y verosimilitud. 

Trátase de las vicisitudes de la Mesa de Salomón, que sin duda existió en la realidad, aunque en su acepción más popular se la dipute de cuento de las Mil y Una Noches, entre los cuales figura. La crónica de Ibn Abd al-Hakam (m. 871) refiere que cuando Tarik, al frente de los norteafricanos, conquistó Toledo, preguntó por la mesa de Salomón, que era lo único que le interesaba. La pieza se encontraba "en una fortaleza que se llama Firas a distancia de dos días de Toledo, y a cargo de ella estaba un sobrino de Rodrigo que pidió salvaguarda para él y los suyos a Tarik. Éste llegó hasta él y se la concedió, siendo fiel a la misma. Y le dijo: "¡Dame la mesa!", y se la entregó. La mesa tenía una cantidad de. oro y piedras preciosas como no se había visto jamás. Tarik le arrancó una pata con sus piedras preciosas y oro, colocando otra semejante en su lugar". 

Tal astucia le fue útil a Tarik cuando hubo de entregar la mesa a su superior Muza, y éste se la ofreció al califa de Damasco como cosa propia. Tarik, delante del soberano, protestó diciendo que la había conquistado él, y en prueba sacó de entre sus ropajes la pata auténtica que había arrancado en Toledo. 

Ahorramos descripciones y ponderaciones de lo rica y espléndida que era la joya, cuajada de piedras preciosas, porque los autores difieren en los detalles y andan a la greña en ver quién la enaltece más. No disienten menos en explicar cómo les parece su origen y traslación, pero lo que sacamos en limpio es que el rey de Israel, Salomón. mandó hacerla, los romanos se la llevaron con el botín de Jerusalén cuando Tito conquistó esta ciudad, los visigodos de Alarico la cogieron cuando tomaron Roma, los ostrogodos se la arrebataron a éstos, junto con el tesoro romano, al conquistar Carcasona, y en el año 526 el rey ostrogodo Teodorico le devolvió tal tesoro a su yerno, el rey visigodo Amalarico. Éste fue asesinado, como tantos otros de su serie, y las riquezas pasaron a Toledo. 

En estas adquisiciones, devoluciones y traslados se atestigua que el tesoro regio, según señaló Menéndez Pidal, tenía valor de símbolo de la monarquía, y lo mismo debía de pensar Tarik cuando sentía tanto afán por capturar la mesa. Repetiremos luego que los moros invasores se tomaron la molestia de concertar unos tratados con los hijos de Vitiza, defensores de su propia herencia, lo cual sugiere que deseaban revestir su conquista de títulos y símbolos de legitimidad. 

La suerte de la mesa de Salomón es objeto de noticias tan diversas y vagas antes de su paso por Toledo como después de su expolio por los musulmanes: unas fuentes dicen que el califa la desmontó para aprovechar sus componentes; otras que fue a la Meca, donde acaso sería objeto de nuevo saqueo cuando los cármatas asaltaron la ciudad en el año 930; las de más allá la sitúan en Bagdad donde la habrían cogido los turcos en 1058, y aun habría habido luego nuevas aprehensiones de ella en los azares del Oriente medio. Lo que parece daro es que donde estuvo segura una buena temporada fue en Toledo.

Misterios de Toledo 27.06.2016

Leyendas de Toledo. 27.06.2016

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Pedro Voltes

 

EN LOS MISTERIOS DE TOLEDO, el coronel Beltrán Gómez-Alba, nos remite el siguiente comentario sobre Siruela:

Lo que hoy se conoce como Siberia Extremeña con Siruela en su centro, pertenecieron al reino musulmán de Toledo( no al de Badajoz) hasta su conquista por Alfonso VI en 1085. Estos territorios por estar alejados de la capital toledana, no se incorporaron en esa fecha a Castilla, quedando como tierra de nadie en la frontera entre musulmanes y cristianos. Tras las Navas de Tolosa, un caballero placentino afincado en Toledo, Alfonso Téllez de Meneses en 1222 ocupo y conquisto la comarca, vendiendo algunos castillos y donando el resto al Arzobispo de Toledo…..la historia es larga. Templarios, Alcantarinos…en 1314 la orden de Alcántara entrego la tierra de Siruela de forma vitalicia a Diego Garcia de Toledo, mayordomo del Infante Pedro de Castilla y Molina, retorno luego a Alcantarinos y luego al Concejo de Toledo….Como veis, desde tiempos de moros, siempre la Siberia Extremeña fue toledana y extremeña. Hoy seguimos siéndolo, de alguna manera, ya que pertenecemos a esa Diócesis desde 1085 y nos oponemos a algunas maniobras políticas, que intentan sacarnos de ella, por cuestiones económicas de rentas del Monasterio de Guadalupe, pero esa es otra historia. Lo cierto es que los extremeños de la Siberia con Siruela en su centro, estamos muy orgullosos y satisfechos de ser extremeños y pertenecer episcopalmente a Toledo desde 1085. 


 

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