“Les dije que nos íbamos a salvar, que confiaran”

Video El País. 08.03.2018

180309 Cte en Mali

 

“Uno es militar las 24 horas del día. Nunca cuelgas el uniforme”, explica el comandante Miguel Ángel Franco Fernández (Valencia, 1974). Ni siquiera, podría añadir, cuando se queda en bañador.

 

Todavía no logra recordar qué música escuchaba a través de los cascos de su MP3, adormilado en una tumbona, cuando le sobresaltó una ráfaga de estampidos secos. No lo dudó un instante. Se puso en pie de un salto y vio cómo quienes le rodeaban se miraban inquisitivos entre sí, sin hacer nada. “Attack! Attack! Go! Go!”, empezó a gritar. Descalzo y en traje de baño rojo, guió a una docena de personas hacia la cima de una colina mientras las balas silbaban a su alrededor.

Eran las 15.40 del 18 de junio pasado y un comando yihadista había irrumpido a tiros en Le Campement, un resort a 45 minutos de Bamako al que acudían los domingos a relajarse los miembros de EUTM Malí, la misión europea de instrucción de las Fuerzas Armadas malienses. El ataque dejó seis muertos, incluido un militar portugués. Cinco yihadistas fueron abatidos.

El comandante Franco, jefe del centro de operaciones de la UE en Malí, tenía una deformación profesional. Cada vez que llegaba a un sitio buscaba las vías de evacuación. Su manía podía resultar cargante: “¿Qué haríamos si atacaran?”, preguntaba al entrar al restaurante. “¡Cállate ya, nos vas a amargar la cena!”, protestaban sus amigos. Aquel día le salvó la vida. Y no solo a él.

Guiado por el militar español, el grupo huyó campo a través. “Había una mujer de apariencia nórdica con una niña de unos siete años y un bebé”, recuerda. “La niña estaba gritando y le indiqué que le tapase la boca, para que no nos descubrieran”. Había que alejarse y esconderse en la maleza.

El comandante Franco no llevaba armas. Se suponía que la zona era segura (hacía más de un año del último atentado en Bamako) y, según las normas de la misión, bastaba con que uno de los militares europeos fuese armado. Franco se fijó en la mochila que llevaba un teniente coronel húngaro. “¿Tienes un arma?, le pregunté. Me contestó que sí. Pensé: si no la ha sacado hasta ahora, ya habían pasado cinco minutos del inicio del ataque, no va a ser capaz. No sé por qué, le miré a los ojos y le dije: préstamela. La sacó, metió el cargador, la montó y me la entregó: tiene 14 cartuchos y el seguro puesto”.

Un oficial italiano le avisó de que se acercaba un yihadista. Tenía el aspecto de los que se ven en televisión, “con turbante negro tapándole toda la cara, salvo los ojos”, recuerda Franco. Iba armado con un Kaláshnikov, frente a su pistola de 9 milimetros parabellum. Es decir, el yihadista podía dispararle a más 300 metros de distancia, mientras que él no le podría alcanzar hasta que estuviera a menos de 50.

“Les indiqué que cuando se produjera el enfrentamiento corrieran hacia la cima de la colina. Recuerdo que les dije que nos íbamos a salvar, que tuvieran confianza. Adopté una posición algo más estable y esperé a que se acercara lo más posible. Respiré, casi con ansiedad, porque quería saber cuanto antes el desenlace. Esperé mucho, más de lo que pensaba. Él avanzaba buscando personas escondidas. Hasta que nos vio. A escasos 15 metros se detuvo. Apuntó y abrió fuego”.

Franco aún no se explica cómo salió vivo. Y lo atribuye a la suerte. Respondió a los tiros y el yihadista se refugió tras un matorral. “Se quedó sorprendido. No esperaba ver a alguien en bañador disparándole”. Avanzó un par de metros, pero recibió los disparos de otro yihadista. “Empiezan a llover tiros y salgo saltando, corriendo, cayéndome, no lo sé”. Se une al grupo que sube la colina.

Se organizan en una posición más alta a esperar otro ataque. A los tres minutos de la primera ráfaga, Franco había avisado al cuartel de Bamako. La fuerza de reacción de la UE está en marcha. “A la hora y media escucho tiros que identifico como de los nuestros. Es un respiro, pero también una preocupación, porque estamos en la línea de fuego y empezamos a recibir disparos propios”.

Un equipo de militares españoles se acerca desde el otro lado de la colina. Franco no quiere abandonar la posición, para no delatar su presencia a los yihadistas. Pero el tiroteo está cada vez más próximo. “Les digo que vamos a subir, que las fuerzas de rescate están ahí. Me pongo en pie y caigo al suelo. No puedo andar. Tengo los pies destrozados. Les digo que se vayan. Recuerdo que las dos mujeres, como siempre las mujeres son más bravas y fuertes, se quieren quedar. Insisto en que estoy bien. Subí arrastrándome, cogiéndome a las ramas, con una sola mano y hacia atrás, como una sanguijuela. Cuando quedaban 15 metros para la cima, escuché hablar en español. Y susurré: “Estamos aquí”. La pesadilla había durado seis horas y media.

 

 

 

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