190114 Gral Alejandre

ENERO 11, 2018

Nunca han sido fáciles las relaciones entre política y milicia, cuando solo es cuestión de mutuo respeto, de «ponerse en la piel del otro»

EL PRESIDENTE MACRON HABÍA LANZADO UN DURO MENSAJE AL HOMBRE DE SU MÁXIMA CONFIANZA. LA CABEZA DEL GENERAL FUE OFRECIDA EN BANDEJA DE PLATA AL NACIONALISMO.EL TIEMPO HA DADO LA RAZÓN A UN HOMBRE QUE SE HA MOSTRADO FIRME EN SUS LEALTADES.

Con este título, el general Pierre de Villiers, anterior Jefe de Estado Mayor de la Defensa francés (CEMA), se ha despedido de sus hombres y mujeres del Ejército, la Armada y el Ejercito del Aire y –añadiría– de la opinión pública de nuestro vecino del norte. El libro,(1) aparecido el pasado noviembre, recoge su difícil decisión de dimitir tomada en fechas inmediatas al 14 de julio, día de la Fiesta Nacional de Francia, día que constituye no solo una manifestación militar sobre los Campos Elíseos, sino también memorial por los caídos, recuerdo a los heridos y veteranos, reencuentro de la «grandeur» con su ciudadanía.

En vísperas del desfile, ante una amplia representación de mandos nacionales y extranjeros, entre los que destacaba la presencia del Jefe de Estado Mayor norteamericano, el Presidente Emmanuel Macron había lanzado un duro mensaje al hombre de su máxima confianza, con el que despachaba semanalmente: «Il n´est pas digne d´etaler certains dêbats sur la place publique. Je pris d´engagements; je suis vôtre chef» (2).

De Villiers, bajo cuyo mando habían aumentado las misiones de las Fuerzas Armadas tras los atentados de Orly, París y Niza, había defendido en sede parlamentaria unos presupuestos adecuados a las nuevas misiones. La historia venía de lejos: «El Ministerio de Defensa ha sido el mayor contribuyente en la revisión a la baja de las políticas públicas desde 2007», señalaba De Villiers. Ahora se trataba de la congelación de un crédito concedido de 850 millones de euros, un 2,6% del presupuesto total. Fue la gota que colmó el vaso. Su disgusto trascendió y dio pie a la contundente reacción de Macron

El siguiente 17 de julio, «en la soledad de mi despacho» tomó la decisión de presentar su dimisión, hecho que consideró como un deber. Ponía fin a 43 años de carrera una persona especialmente querida por sus tropas, ante la pública denuncia de un joven presidente de 39 sin la menor experiencia militar, quizás contagiado por los modos de su invitado especial Trump, presente en París para conmemorar el centenario de la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. «Si se puso en duda mi dignidad–reflexiona De Villiers– difícilmente podía seguir con lealtad sirviendo a mi Presidente y a Francia: «la relación de confianza entre el Jefe de las Fuerzas Armadas y su Jefe de Estado Mayor estaba demasiado degradada para que yo pudiese continuar en mi puesto»; «la verdadera lealtad consiste en decir siempre la verdad a su jefe; la verdadera libertad es ser capaz de hacerlo, cualesquiera que sean sus riesgos y consecuencias». Indiscutible ejercicio de coherencia. No entraré en el juicio que me merecen estos hechos. Tengo demasiado respeto a L´Armée, tildada muchas veces como «la grande muette» (3) para poder presentar con objetividad un tema tan delicado.

Nunca han sido fáciles las relaciones entre política y milicia, cuando solo es cuestión de mutuo respeto, de «ponerse en la piel del otro». Y aunque casi siempre la opinión publica vea con buenos ojos la sanción o cese de un mando militar, no calibra las consecuencias que para su seguridad pueden tener. A los hechos me remito.

Recientes aún los ecos de la última Pascua Militar, nos retrotrae Francisco Rosell (4)en un magnifico articulo a las consecuencias de una anterior celebrada en la Capitanía General de Sevilla en 2006. En la tradicional alocución, su titular, el Teniente General José Mena, repitiendo palabras ya pronunciadas en otros estamentos, las mismas utilizadas contra el Plan Ibarretxe, amparándose en nuestro texto constitucional, llamó la atención sobre la preocupante deriva del proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña asumido por el presidente Zapatero. Este había prometido al generalato que el Estatut «descarrilaría constitucionalmente y se quedaría en la cuneta». La cabeza del General fue ofrecida en bandeja de plata a un nacionalismo que ha enseñado recientemente sus garras. Ya entonces se había empeñado en borrar de unas piedras de Tremp –que no de los corazones– el lema «A España servir hasta morir» que presidia la Academia Básica de Suboficiales; había exigió suprimir el bello nombre de nuestras Capitanías; se había apropiado de un importantísimo patrimonio militar en Barcelona y en Viella y borrado un brillante pasado castrense en las Atarazanas y en Montjüic.

Y un mando leal, bien preparado, culto, con don de gentes, honesto, responsable, cercano a sus tropas, llegó a ser tildado de golpista por los mismos que ahora han atentado contra la legalidad constitucional. No sé lo que pasaría por su cabeza al escuchar a nuestro Rey Felipe VI el 3 de octubre denunciando «deslealtades insoportables». Ciertamente, el tiempo ha dado la razón a un hombre que se ha mostrado firme en sus lealtades, que entendió que el silencio no podía ser solo el refugio de los débiles.

¿Servir? ¡Tampoco es fácil!

(1). Arthème- Fayard. Nov. 2017.250 paginas.

(2) «No es digno establecer ciertos debates en la plaza pública. Yo he tomado decisiones; yo soy vuestro jefe».

(3) L´Armée/ la gran muda o silenciada, nombre equivalente a nuestro Ejército.

(4) «Aquella Pascua de 2006». El Mundo 7 de Enero 2018.

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