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Teniente coronel Manuel Badás Ramos

jueves, 21 de marzo de 2013

Acaba de terminar una reunión de compañeros de la Academia General Militar de la XXXVIII promoción. Una comida y una sobremesa, nada más. Ninguno cumpliremos ya los 50 años; hace algún tiempo que lo celebramos. Pero, los lazos trenzados durante los cinco años de internado que vivimos juntos, viéndonos todos los días, sufriendo los rigores del frío zaragozano en aquellos dormitorios con el calor 'animal' como único sistema de calefacción, pasándonos los apuntes sin importarnos el número de promoción que cada uno obtuviese al final de la carrera, o consolándonos cuando el cariño de nuestra novia, en forma de carta (porque no había ni internet ni whatsapp), se retrasaba.

En resumidas cuentas, haciendo una piña de 400 hombres (jóvenes de 20 años) para afrontar juntos las múltiples adversidades de la Academia Militar y, sobre todo, convencidos de nuestro espíritu de servicio a España, nuestra Patria, convencidos de derramar por ella nuestra última gota de sangre, como hicieron nuestros padres, nuestros abuelos, herederos de una tradición y una historia que nos obliga.Esos lazos hicieron que pareciese que todavía estuviésemos allí, en la Academia. Esos lazos hicieron que nos sintiésemos, como dijo en una ocasión Don Camilo, "los amos del mundo, a pie y sin dinero". Don Camilo José Cela se refería a la Infantería, pero hoy lo he sentido aplicable a la profesión militar, a toda la profesión militar, Guardia Civil incluida.

Todos peinábamos canas, bueno, no todos, ¡había alguno que ya no peinaba nada de nada! Todos teníamos hijos (e hijas) que ya nos habían hecho abuelos. Pero todo seguía igual: todavía éramos jóvenes cadetes, éramos el mismo grupo que había jurado Bandera al mismo tiempo, el mismo día, la misma Bandera, el mismo juramento.

No se pueden entender estas líneas si no se viven; no se puede entender lo que es la camaradería si no se vive, si no se sufre, si no se juramenta en grupo. Nosotros nos fuimos de nuestras casas con 16 y 17 años para ingresar en un internado de sacrificio y austeridad, ausente de todo tipo de cariño, en tensión permanente, exigente las 24 horas del día, y, sin embargo, lo recordamos con alegría (hoy ha sido la prueba), porque lo hacíamos por nuestra vocación, la de ser oficiales, con mayúsculas, del Ejército Español.

En la España de hoy, un buen número de los jóvenes, que ahora tiene nuestra edad cuando ingresamos en la Academia General Militar, son 'ninis', porque no admiten ningún tipo de sacrificio o dificultad, lo quieren todo ya, y gratis. En la España de hoy impera la mediocridad: en las cúpulas políticas (centrales, autonómicas y locales), universitarias y educativas, judiciales, legislativas, sociales, y militares también. Y, si alguno no es mediocre, no lo es porque sabe aplicar sus habilidades y sabiduría en enriquecerse a costa de los contribuyentes paletos, yéndose "de rositas" en la mayoría de los casos, por la ya dicha mediocridad de los tribunales.

Pues, a pesar de esto, hoy me he vuelto a sentir el amo del mundo, a pie y sin dinero, miembro de un grupo de privilegiados que ha escogido la vida de servicio a la Patria, sin esperar otra cosa que el poder y saber cumplir con nuestra misión de la mejor manera posible.

No quiero menospreciar a ninguna otra profesión ni grupo. Se puede servir a España de muchas formas, pero ser miembro de una promoción de la Academia General Militar es un privilegio, un honor, y una satisfacción, que sólo pueden comprender y sentir esos, los que pertenecen a la promoción.

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